martes, 27 de mayo de 2014

El vigía luminoso

EL VIGÍA LUMINOSO.


Skimejon0717. Faro. Dominio Público.


NOTA PREVIA. El manuscrito que tengo el honor de presentar a continuación fue hallado por la expedición Quinlan-Caydan el pasado 22 de agosto de 2003. Durante el transcurso de sus investigaciones a lo largo de la costa norte de Egipto estos oceanógrafos, entre los que orgullosamente me incluía, descubrimos, casi por casualidad, una vieja arca en el fondo marino, a unos veinte metros de profundidad. Sus dimensiones eran regulares, aproximadamente un metro tanto de ancho, largo y alto. El material del que estaba compuesta era una extraña mezcolanza de diversos metales, nunca vista hasta entonces, que le daban un peso extraordinario. Decidimos, ante la imposibilidad de acceder a sus prístinos secretos, trasladar la caja inmediatamente a la ciudad de Marsa-Matruh, donde, por mediación de nuestro colega egipcio y codirector, Hosni Caydan, expertos en cerrajería nos revelarían su preciado contenido.

Así se hizo, y lo que encontramos fue una serie de pergaminos, algunos de ellos muy deteriorados y estropeados, escritos en griego clásico. Como ninguno de nosotros sabíamos hablar tan antigua e ilustre lengua, nuevamente nos tuvimos que poner en marcha, esta vez rumbo a la Universidad de El Cairo, en busca del inestimable magisterio del Catedrático en Filología Griega Robert Chester. Desgraciadamente, perdimos la caja durante el viaje; unos desarrapados de la zona tuvieron la perspicacia de creer que el llamativo objeto albergaba en su interior un legendario tesoro, y, sin ningún ápice de duda, nos sustrajeron el arca. Aunque, afortunadamente, no se llevaron los escritos, ya que no cometimos la imprudencia de dejarlos dentro de su milenario receptáculo.

El profesor Chester tradujo en total diez pergaminos, y no sin grandes dificultades, puesto que el griego que había en ellos escrito, a pesar de datar del siglo I antes de Cristo, era prolijo en arcaísmos. En su mayoría, estas pieles eran anotaciones de lo que parecía ser el registro de una biblioteca; sólo un escrito, el que aquí nos ocupa, despertó la curiosidad entre todos nosotros. Este pergamino en cuestión, el menos malogrado de todos, recogía, en unos caracteres trazados de forma frenética y precipitada, una especie de breve relato donde se describían las últimas peripecias de su protagonista. No pretendo desvelar su insólito argumento, que a todos nos dejó boquiabiertos, pero sí diré, como dato curioso, que la isla a la que alude debió guardar una simetría de distancias respecto a los puntos terrestres más cercanos. En efecto, a juzgar por los escasos datos que aporta el manuscrito, distaba unos 220 kilómetros (118 millas náuticas, más o menos) tanto de Creta, en dirección sureste, como de Cárpatos y Rodas, en dirección sur-sureste; no siendo menos sorprendente los aproximadamente 300 kilómetros que la separaban tanto de Finike, en la costa turca (en su momento la región de Licia), como de la costa egipcia. Los cartógrafos a los que consultamos reseñaron, con tenaz insistencia, esta noticia típica de novelas de misterio. Ignoramos, eso sí, la relevancia que, más allá de la mera curiosidad, pueda despertar esta constatación.

Y, sin nada más que añadir, dejo paso a la lectura del manuscrito, esperando, con furtiva ansiedad, que quien lo lea pueda arrojar algo de luz sobre su inquietante misterio. Doy sinceramente las gracias al profesor Chester por su adecuada traducción. 

EL MANUSCRITO. «Cuando el gélido invierno deposite su tupida siembra en la tierra, sabrás, con certeza, que los dioses han salido de su inmemorial letargo. Entonces ellos te mostrarán un albino sendero que conduce a la morada ancestral donde no existe la fatiga ni el trabajo, y donde la felicidad y el regocijo son eternos. Síguelo sin titubear, pobre mortal. Que tus piernas sean robustas y tu voluntad pétrea, o la silenciosa tierra de Ádelos verá satisfecha su ansia de saber con el mérito de su nombre.» Así rezaba uno de los múltiples oráculos que versaban sobre la oculta isla de Ádelos, mi patria, que yo, con la insensata torpeza del infame Epimeteo, azote para los hombres que se alimentan de pan, no fui capaz de comprender. Lastimosa e invisible Ádelos, ya nadie te podrá socorrer; aparte de tus condenados hijos, pocos hombres te han contemplado en plenitud. Y si lo han hecho, no podrán venir a tiempo: ni los valientes cretenses, puesto que el estéril ponto interpone más de mil doscientos estadios entre nuestras islas, en la dirección que sopla Argestes; ni los fatuos rodenses, que nos congratulan con sus cereales y frutas, ya que Bóreas debe recorrer la misma distancia sobre el azulado mar para viajar desde esa isla a la nuestra. Pero sólo pierdo el tiempo lamentándome vanamente por lo que vendrá, que ya no me concierne. No obstante, y ya que la cólera divina me lo permite, escribiré como pueda el trágico itinerario que mi desdichada alma recorrió en esta última jornada, para que sirva de advertencia y escarnio al resto de mortales.

Me encontraba esta mañana, como es habitual en mi, trabajando en la suntuosa biblioteca de la pólis, tesoro del saber y único orgullo de la diminuta Ádelos. Estaba organizando y colocando los valiosos escritos que había traído de mi último viaje a Atenas, a esa Atenas dominada y sojuzgada por el bárbaro poder de los ausonios del Lacio. Llevaría, poco más o menos, unas tres horas trabajando con los volúmenes cuando, impetuosamente, mi vista empezó a nublarse. Atolondrado como estaba, decidí que lo mejor era salir a dar una vuelta por el ágora, en busca de alguna distracción o compañía. No hallé ni lo uno ni lo otro; el glacial frío que anidaba en cada recoveco invitaba a todos los habitantes a permanecer en algún sitio cerrado, a buen cobijo. Agarrando firmemente mi manto, para cubrir herméticamente el cuerpo, dirigí mis pasos a una pequeña casita a las afueras de la ciudad, donde solía ir para relajarme y apartarme de los pensamientos tempestuosos. Pensé que esto sería lo mejor; no deseaba, para nada, recibir la diatriba de insulsas pláticas que, provenientes tanto de mujer como de esclavos, me aguardaban en mi casa de la pólis. Además, había cumplido con los sacrificios y demás ritos religiosos, por lo que no había nada, a excepción del trabajo en la biblioteca, bastante avanzado, que me obligaba a permanecer en ese lugar.

Salí por la puerta oriental, custodiada por dos fornidos guardianes, no sin antes admirar la desafiante y enorme torre que regía la pólis, desde la que se podía escrutar todo el mar circundante. Esta arcaica construcción, de casi doscientos pies, había sido erigida en un atávico pasado donde apenas alcanza la memoria; varios libros de la biblioteca, como la recopilación de nuestro sabio local Menígenes, afirmaban que fue obra de los conspicuos vecinos del sur, los egipcios. A medida que, con invariable resolución, me alejaba de la pólis, podía comprobar como los remolinos y turbulencias que se estaban formando en lo alto del cielo ocultaban lentamente el alto torreón. Asombrado, empecé a sospechar que se avecinaba una nevada, espectáculo novedoso en una isla que se caracterizaba por la bonanza de sus temperaturas. En toda mi vida, que no ha sido precisamente corta, jamás había visto algo igual y, por lo que puedo recordar, tampoco había leído en la biblioteca alguna información que corroborara lo contrario.

Tras recorrer unos trescientos pies desde la muralla, el camino comenzaba a descender. Rodeado de espesos arbustos y algún que otro olivo, el camino serpenteaba graciosamente por la ladera que descendía hasta terminar en el amplio valle donde se ubicaba mi casa de recreo. Un furibundo viento soplaba de frente, acompañado por el tétrico roce de las ramas. No me amilané y seguí caminando. Cuando percibí los gañidos de los perros de las casas colindantes a la mía, comprendí que el trayecto estaba llegando a su final. Enseguida, pensé, la hierática estatua de Palas Atenea, de ojos glaucos, aparecerá en todo su esplendor. Y así fue. Situada en la encrucijada inmediatamente anterior al conjunto de casas campestres, la diosa hija del Tonante levantaba, con gesto adusto, su mano izquierda, apuntando directamente en dirección a la torre que presidía la silenciosa ciudad de Ádelos. Pasé respetuosamente, sin detenerme, y en poco tiempo divisé mi humilde casa.

Una vez dentro del hogar, encendí un fuego y preparé una frugal comida; con tanta sobriedad, cualquier conciudadano me podría haber dicho que parecía uno de esos incultos romanos comedores de gachas. Terminé rápidamente el refrigerio y me dispuse a leer varios libros de filosofía. Me recosté en un confortable lecho y, de forma gradual, fui cayendo en una dulce ensoñación; podía sentir unos extraños ruidos, como de proyectiles que golpearan vivamente el techo. Me dormí profundamente.

Un terrorífico estruendo me devolvió, sobresaltado, a la vigilia. Torpemente, con vacilación, logré salir de mi habitáculo y, con el vello erizado, pude contemplar el níveo manto que el cielo, ahora calmado, había arrojado sobre nuestra isla. Todo era tan extraño... No se oía nada, ni tan siquiera el balido del ganado. Parecía como si el blancuzco paisaje se lo hubiera tragado todo. Llamé excitadamente a algunas casas, pero no obtuve ninguna respuesta. Con los miembros ateridos por el inusual frió, inicié una tortuosa marcha hacia la ciudad, introduciendo pesadamente los pies en la nieve.

Al volver a cruzarme con la rutilante figura de Atenea observé como, con ojos inyectados, la belicosa diosa me seguía indicando la posición de la torre. Entonces, oteando hacia lo alto de la ladera, contemplé, absorto, una flamígera fortificación. Apesadumbrado, estimé que se trataba de la insigne torre, que había sido incendiada. Sin embargo, ardía con un fuego pálido, casi tan blanquecino como la nieve que cubría la muralla y las casas. Armándome de valor, continué reptando, como pude, por el ascendente camino, sin importarme mi integridad física. En mi hipnótico caminar, me desplomé multitud de veces sobre el congelado elemento, que me provocó, al contactar con mis manos, una agobiante quemazón en ambas palmas.

Unos oscuros pájaros comenzaron a surcar el grisáceo cielo mientras, a mi espalda, el ensordecedor murmullo de lo que parecía ser una gigantesca ola se extendía por todas partes. Me sentí azorado, aturdido; mi ingenua mente no podía dosificar todo este cúmulo de experiencias. Y así ocurrió lo inevitable, ya que, picado por una insana curiosidad, me di la vuelta para observar ese magno acontecimiento, al tiempo que un trueno en forma de lamento restalló desde la llameante torre. No vi ninguna ola, pero sí agua, mucho agua. Todo el valle estaba inundado por un líquido verdoso, putrefacto, del que emergieron, ante mis desorbitados ojos, los tres hijos de Gea y Urano «cuyo nombre no debe pronunciarse», esos tres «monstruosos engendros» de los que nos hablara Hesíodo en su Teogonía, cuyas palabras reproduzco. Cada una de estas criaturas infernales, poderosa arma del Tonante, emprendió, con su centenar de brazos, la destrucción de la isla; su implacable proceder era mimético y calculado, dirigido, sin duda, por el padre de dioses y hombres. Entonces, ¡oh, divina providencia!, el enigma se aclaró. De forma diáfana el viejo oráculo se apareció en mi mente, tan sencillo como una adivinanza infantil. Pero ya nada podía hacer, porque, con mi ruinosa constatación, comprendía las señales divinas cuando éstas ya se habían producido y no antes, como es propio de los seres inteligentes y astutos. Desolado, retomé mi camino ante la vorágine destructiva de los uránidas. Mi tiempo se acababa.

Entré en la desértica polis; la antigua torre, antes llameante como un faro, ahora era tan solo un montón de escombros. Me dirigí a la biblioteca donde, en estos momentos, termino de escribir, tembloroso, estas líneas. Espero tener tiempo suficiente para guardar este escrito en el arca, a salvo, quiéralo Zeus, de la destrucción y del olvido.… Porque, ¿quién conoce la voluntad divina?… No hemos superado la prueba de los dioses, y, por eso, ellos castigan nuestra vanidad: primero, el Tonante con la destrucción; y, después, Mnemósine con el olvido, enemigo de toda certeza. Nuestra única riqueza y motivo de arrogancia, la biblioteca, se perderá para siempre; los poemas del divino Homero, los diálogos de Platón, las obras del estagirita, las tragedias de Esquilo, las comedias de Aristófanes, la Historia de Heródoto, los tratados del recientemente fallecido Cicerón.…  El oráculo se ha cumplido, ingrata isla. Pronto te ocultarás entre las viscosas aguas, invisible para los mortales, como presagiara tu calamitoso nombre…

(fin del manuscrito)


viernes, 16 de mayo de 2014

Objeción democrática a la justicia constitucional

En esta entrada presento la segunda objeción democrática hacia el neoconstitucionalismo, que forma parte de un trabajo de doctorado elaborado para el área de Filosofía del Derecho de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo, del que ya publiqué una parte hace un mes. Ahora los dardos se dirigen hacia una institución que siempre da que hablar en la arena política: el Tribunal Constitucional. Para mi siempre será incalculable el valor de las clases de mis maestros: Luis Prieto y Santiago Sastre. A ellos les debo el interés en estas cuestiones.


Openclips. Justicia. Dominio Público.


SEGUNDA OBJECIÓN DEMOCRÁTICA: CONTRA EL CARÁCTER CONTRAMAYORITARIO DE LA JUSTICIA CONSTITUCIONAL.


Esta segunda objeción, o “versión de la objeción”, dirige sus fuerzas hacia uno de los rasgos característicos del constitucionalismo moderno: la presencia en los sistemas jurídicos de unos órganos, de corte judicial, encargados de preservar la Constitución y su contenido. Estos órganos, ya sean los tribunales ordinarios o un tribunal constitucional, realizan, en su defensa de la Constitución, una función de depuración del ordenamiento jurídico que choca irremediablemente con el producto del poder legislativo, la ley[1]. Es decir, los jueces constitucionales tienen como misión principal expulsar del ordenamiento aquellas leyes que infrinjan o violen la Constitución, que es una norma jerárquicamente superior a la ley. Y, si bien puede admitirse sin problemas que la Constitución sea un texto superior a la ley, lo que esta segunda objeción no acepta de buen grado es que se confíe en un órgano judicial (esos jueces ordinarios o ese tribunal constitucional) tan tamaña labor (la expulsión de una ley), principalmente porque, por lo general, este órgano no es elegido democráticamente, al contrario de lo que sucede con el órgano que aprueba la ley; resumiendo, como dice el profesor Laporta: «lo que nos demanda esta segunda pregunta o segunda versión de la objeción democrática son las razones que abonan que sea un grupo de jueces no elegido democráticamente, un grupo de sabios, el que imponga sobre el órgano legislativo una decisión»[2].

En principio, cabría preguntarse por qué las constituciones actuales pergeñan una justicia constitucional con tan amplio poder[3]. Sin duda, podría pensarse que esto es una consecuencia natural del carácter supremo que ostenta la Constitución; pero, como bien apunta Luis Prieto, «esta no es una opinión pacífica»[4]. Así, Francisco Laporta entiende que la presencia de un procedimiento de control constitucional no se deduce “necesariamente” de la primacía de la Constitución[5]; es más, el propio Luis Prieto alude al hecho de que existen sistemas jurídicos donde la Constitución, sin perder su jerarquía, no se encuentra garantizada por una justicia constitucional, «bien porque se prescinda de todo sistema de control, bien porque éste se encomiende o articule a través de órganos políticos.»[6] Sin embargo, la rematerialización operada en la Constitución, la introducción en los textos constitucionales de un amplio catálogo de derechos (los derechos fundamentales), ha producido una “mutación” en la Constitución, cuya consecuencia inmediata ya fue anotada al principio de este trabajo, que no es otra que la contemplación de la misma como una norma jurídica más del sistema, aunque superior a las demás. Por ello, «si la Constitución es una norma jurídica que impone derechos y obligaciones, parece del todo indispensable un sistema efectivo de tutela jurisdiccional, de modo no muy distinto a como nos parece indispensable en relación con el resto de las leyes.»[7] En este sentido, podría dar la impresión de que, sin esta garantía jurisdiccional, todo el esquema trazado por la Constitución queda truncado, inacabado, como bien recuerda Luis Prieto.

lunes, 28 de abril de 2014

¿Placentera navidad?

Aquí presento una de mis incursiones en la literatura, en forma de relato breve. Lo presenté al concurso de cuentos del Ayuntamiento de Yepes, hace ya unos cuantos años (creo que fue en 2001), y el jurado tuvo la desfachatez de darme el primer premio. Por lo menos intenté que fuera divertido.


Falco. Santaclaus. Dominio Público.

¿PLACENTERA NAVIDAD?


            Papá Noel no podía imaginar, ni mucho menos, lo que le iba a ocurrir aquel día. Como cada navidad acometía con la más amplia de sus sonrisas su loable tarea; había estado todo un año preparando este momento concienzudamente. Los juguetes, los ansiados juguetes, ya se encontraban en las alforjas y sacas de su lujoso trineo. Los briosos renos estaban dispuestos a partir en aras de lograr la mayor felicidad del colectivo infantil. En sus casas, los bondadosos niños aguardaban con impaciencia el fruto de esta interminable labor. Todo tenía que salir bien, o desde arriba le podían echar una reprimenda.

            Después de que su esposa le despidiera con maternal cariño, partió, a las doce en punto. El cielo se hallaba calmado, despejado; ni una sola nube se interponía a su paso. Le embargaba la filantropía y, escrutando en lontananza, podía vislumbrar en su alma todo el amor y afecto que iba a despertar en los efebos corazones de toda la chiquillería mundial. No se podía pedir más. ¡Qué agradable resultaba todo!

            El reparto se estaba llevando a cabo según lo planeado, conforme a una tradición que abarcaba enormes siglos: primero, Asia; después África – se tardaba poco – y América, donde había más necesitados que en ningún otro sitio; más tarde, Oceanía, el continente de las islas; y, por último, los privilegiados niños de Europa, la cumbre de la civilización. ¡Hay tantos niños lastimosos y menesterosos a quienes ayudar en su anodina vida! ¡Y tanta la diversión y cariño que hay que proporcionarles!

            Al arribar España hizo una pequeña pausa; también Papá Noel tiene derecho a un pequeño, aunque muy pequeño, descanso. Eran las tres y cuarto de la noche, y la distribución de juguetes no había sufrido ningún retraso; todo iba perfecto. Otros años, recordaba con nostalgia, alguna torcedura de pata de los renos le había hecho temer por su justa misión. Pero esta vez no ocurriría nada de eso, ya que los renos se habían nutrido magníficamente e irradiaban una gallardía inusual. Miró otra vez su antiquísimo reloj: las tres y treinta y cinco minutos. ¡Había que retomar la tarea nuevamente, y con la misma ilusión de siempre!

            Cuando repiquetearon la cuatro Papá Noel aterrizó en un pueblecito de la geografía castellana – no es el que pensáis – y comenzaba a notar algo de agotamiento. Un incómodo sudorcillo le recorría la espalda. Algunas casas de otros pueblos le habían reportado un trabajo colosal, con docenas y docenas de juguetes, y de ello se resentía agudamente su tremendo corpachón. Pero una costumbre es una costumbre, y ya sabemos lo poderosas que son las costumbres. No cesó de pensar en la posible idea de perder algo de peso para los próximos años; había que digerir menos carne y hacer algo de ejercicio.

            Aparcó el trineo en la plaza del pueblo, dejando a los renos beber algo de fresca y cristalina agua de la fuente. Sacó su libreta de pedidos y comprobó una serie de datos: Calle Capullada, número trece; un móvil, un juego de combates para la consola y un Action Man; Enrique Navarro Díaz, diez años, he sido muy bueno y te quiero mucho, Papá Noel.

            ─ ¡Jou, jou, jou, jou! – exclamó Santa, bonachón. Y añadió: – ¡Hay que ver cómo son estos querubines! ¿Calle Capullada? ¡Qué cosa más rara!¡Menos mal que estoy cerca de ese sitio¡ ¡Allá voy¡ – y se lanzó en pos de la felicidad de otro niño más, extrayendo previamente de una saca los regalos solicitados por el muchachillo, e introduciéndolos en un saquito rojo.

            Recorrió en tiempo record la distancia que separaba el trineo de la casa, que no tardó en reconocer. No era una casa ostentosa, pero en ella había algo de postín y de grandeza: su fachada era lisa y de un color beige; las ventanas, grandes y muy sofisticadas, con unos bordes plateados y doble cristal; y el tejado era de una teja muy oscura, robusta, con una chimenea alta y magnificente. Una vez delante de la casa, ascendió acrobáticamente en dos minutos hasta el tejado, y en tres ya se hallaba junto a la vetusta chimenea, ayudándose de unos escalones que deberían comunicar, pensó Santa, alguna terraza o balcón con la chimenea. Se introdujo en el interior de la misma y, ¡zas!, quedó atrapado cual alimaña, cual presa indefensa. No lo podía creer, pero era cierto: se había quedado encajado en mitad de la chimenea, inmóvil, y no podía pedir socorro, ya que sería descubierto. Con desesperación intentó zafarse de esa “encerrona”, mas en vano. Su anciano cuerpo le traicionaba y, con el contoneo, no pudo evitar producir una serie de ruidos, algunos muy estridentes.

            Con tanto ajetreo Enriquito acabó por desvelarse. Los rumores que lo sacaron de la cama despertaron su punzante curiosidad, por lo que puso rumbo hacia el salón de la casa, decorado con su típico árbol de navidad, su portal de Belén, sus lucecitas y adornos y, por supuesto, sus calcetines. ¡Había que averiguar que estaba ocurriendo!

            ─ ¿Quién anda ahí? – preguntó el niño, al tiempo que escudriñaba con cautela la estancia.

            ─ Soy Papá Noel, niño. Lo lamento en el corazón, pero me he atascado en tu chimenea.

            ─ ¡Sí, hombre, vas a ser tú Papá Noel! ¡Tú eres un ladrón!

          ─ ¡Qué no, querubín! ¡Nada más lejos de mi intención! No te miento: soy Papá Noel. Ayúdame a salir de aquí, por favor, y te daré tus juguetes, más unos dulces si te portas bien conmigo.

       ─ ¡No digas chorradas, mentiroso secuestrador de niños! Papá Noel no es más que una escaramuza de las tiendas y los centros comerciales para poder vender más, que es de lo que se trata. Y tú, so capullo, te aprovechas de ese mito para robar en las casas, pensando que la gente no te hará nada, porque eres un ser caritativo. ¡Y un cuerno! – y, tras unos segundos de meditación, añadió el receptivo niño: – Pero, respecto a la ayuda, sí que voy a hacer algo por ti – y se marchó.

            Cuando Enriquito regresó, a los cinco minutos, portaba una cazoleta de medio litro repleta de agua hirviendo, y los bolsillos a punto de reventar de unos objetos misteriosos. Se equipó con guantes, gorro, orejeras y un buen abrigo, abrió la puerta de la terraza y tomó por una escalera que daba con el negruzco tejado. Caminó acompasadamente por los escalones, sin ninguna impaciencia y con un gran dominio de sí mismo. Al llegar al borde de la chimenea llamó al ladrón, digo, a Papá Noel, que estaba nerviosamente excitado, y lanzó, paulatinamente, unas bombas fétidas. Santa aclamó al cielo, pero éste no atendió sus peticiones; tenían mucho trabajo en la empresa. Por si fuera poco, extrajo Enrique de sus bolsillos unos botes de mermelada, tomate y otras porquerías, vertiendo el pringoso contenido en la cabeza de Papá Noel.

            ─ ¿Qué guarrería es esto? ¡Qué asco! – se quejó Santa, indignado.

            ─ No te gusta la suciedad, ¿eh? ¿Quieres lavarte? ¡Pues toma! – y agarró la cazoleta de agua caliente, derramando el fulgente líquido. Papá Noel aguantó con dignidad la tortura.

        ─ Pero, ¿qué te he hecho yo, que todos los años vengo a traerte tus juguetes? – Intentó convencer al niño. – Yo soy tu amigo, angelito.

            ─ ¡Qué vas a ser tú mi amigo, ladrón! Yo no tengo amigos. ¿Para qué quiero amigos aburridos y tristones, si tengo mi consola y mi ordenador, que me proporcionan mucha más diversión, y sin objetar nada? ¿Para qué quiero conocer gente, si en la tele aparece todo el mundo? ¿Para qué quiero a un fofo, torpe y viejo Papá Noel, que no eres tú, si mi padre me compra lo que yo quiero cuando quiero? Con todo lo que quiero se puede ser feliz.

            ─ Enriquito, eso no es cierto, tesoro. Las personas, los seres humanos, son los únicos que te pueden dar la verdadera felicidad, y no ninguna cosa. Y todos tus juguetes, tus diversiones, te deben servir para acercarte a los demás, no para alejarte de ellos. Los móviles, las consolas, los muñecos, todas las cosas, no pueden darte cariño, comprensión y amistad; una persona, un amigo, sí.

          ─ No te rindes, ¿eh? – y descendió al salón, desde donde se encaminó a su habitación, tomando una escopeta que le regaló, precisamente, Papá Noel el año anterior.

            Lo que siguió en las siguientes horas fue tremendo. Enriquito, que había visto en la tele mucha gente perversa, algunos disfrazados de personas entrañables, dio su merecido a tan ilustre sinvergüenza. Con la furibunda escopeta se dedicó a agujerear el trasero de Santa, donde penetraba el humeante plomo. ¡Todo era como un juego de consola, a los que Enriquito estaba tan acostumbrado!

            El alba despuntaba en el horizonte, y Papá Noel continuaba sufriendo las aberraciones del maquiavélico muchacho: golpes con un cepillo, pelotazos… Incluso llegó el niño a encender la chimenea; eso sí, con unos pocos papeles nada más. Es increíble lo que puede pergeñar una mente infantil de estos tiempos tan desconfiados, mancillando el honor de quien se interponga a su paso.

            El padre de Enriquito se despertó muy temprano. No pudo reprimir una sonrisa al descubrir a su hijo de esa guisa.

            ─ ¿Qué haces, hijo? – le inquirió, frunciendo el ceño de forma cómica.

            ─ Pues que he pillado a un ladrón, de esos que secuestran y torturan, en la chimenea. Le he tenido en jaque toda la noche. No os he querido despertar por esta tontería- argumentó Enriquito, colocando la escopeta en el suelo. – Me quería engañar diciéndome que era Papá Noel. ¡Cómo si yo fuera idiota!

            ─ ¡Muy bien, chico! – bostezó el padre. – Voy a llamar a la policía.

            La autoridad se presentó en quince minutos. Lograron, con titánico esfuerzo, desatascar a Papá Noel, el cual, para ser sinceros, estaba hecho un asco: su cara estaba cubierta de quemaduras; su piel y su barba eran multicolores; su traje estaba ensuciado por unas sustancias viscosas. En fin, un desastre.

            Papá Noel fue condenado por allanamiento de morada a un año y medio de prisión (artículo 202 del Código Penal). Se le decomisó el trineo, los renos y los juguetes. Además, carecía de documentación y, entre otras cosas, se probó que no cumplía con el fisco, por lo que tiene pendientes otros procesos. Por supuesto, Papá Noel negó todas estas acusaciones.

           La moraleja de esta historia, si es que existe, es que, en un mundo sin valores, sin sentimientos, adornado simplemente de materialismo, donde poseer es lo principal, ¿qué futuro tienen las personas de buena fe? Deleznable porvenir en una sociedad cada vez más implacable, más competitiva. Yo me solidarizo con Papá Noel y con todos los que, como él, hacen que pervivan los buenos sentimientos.

viernes, 18 de abril de 2014

Constitución y democracia: una armonía aparente

Esta nueva entrada es parte de un trabajo que presenté para el curso "Teoría del Derecho y Estado Constitucional. La Teoría de la Interpretación y los Derechos Fundamentales", bajo el enriquecedor y valioso magisterio de mi profesor Luis Prieto Sanchís, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Castilla-La Mancha. Trata sobre las relaciones, a veces tensas y no percibidas, entre constitución y democracia. En su texto expongo y me apoyo, principalmente, en las tesis de dos trabajos de dos "pesos pesados" (dicho sin ningún tipo de ironía) de la filosofía del derecho: Francisco Laporta y Luis Prieto. Como en otras ocasiones, los fallos que se puedan detectar en la argumentación sólo son responsabilidad mía. Por supuesto, recomiendo a quien esté interesado en el tema la lectura de los mencionados trabajos (debidamente citados en mi texto), que es muy ilustrativa. 

CONSTITUCIÓN Y DEMOCRACIA: UNA ARMONÍA APARENTE.

PRIMERA OBJECIÓN DEMOCRÁTICA: ¿CONTRA LA SUPREMACÍA DE LA CONSTITUCIÓN O CONTRA SU RIGIDEZ?    


Dicho rápidamente, esta primera objeción cuestiona la capacidad de la Constitución para imponer limitaciones o restricciones a la agenda de los poderes públicos, en especial del poder que representa la voluntad general. Si la democracia es un procedimiento político con el que la voluntad del pueblo suele hallar su mejor expresión, mediante la regla de la mayoría, no se entiende muy bien por qué un determinado texto, la Constitución, se empeña en poner tantos obstáculos a la libre formulación de esa voluntad sobre ciertas materias. Ni siquiera contando con una Constitución votada democráticamente, con un gran consenso, se soluciona el contraste, puesto que, como apunta Francisco Laporta, con el paso del tiempo el documento constitucional se convertiría en una «imposición externa»[1], en algo ajeno a las personas que tienen que “sufrir” las imposiciones de la norma suprema. Es decir, si asumiéramos que la Constitución se justifica por su origen democrático estaríamos dando preferencia a la voluntad de una generación, la constituyente, frente a las demás; parecería que esa generación, inspirada por un poder divino o por el interés general, estuvo tan acertada y fue tan lúcida y altruista que su voluntad no puede ser menos que sagrada. Como se dice normalmente, se estaría dando preferencia a los muertos frente a los vivos, cuando, sencillamente, el mundo pertenece a los vivos[2]. Desde luego, esto no se corresponde con la igualdad que predica el procedimiento democrático. En este sentido, José Juan Moreso resalta el fenómeno conocido como “paradoja de la democracia”, en razón de la cual «Cada generación desea ser libre de atar a su sucesora, sin estar atada a sus predecesoras»[3], lo que promueve la incompatibilidad entre democracia y primacía de la Constitución. A mayor abundamiento, el profesor Laporta agrega que la expresión “democracia constitucional” puede ser un oxímoron[4], lo que hace a ambas palabras mutuamente excluyentes.



Nemo. Grupopersonas. Dominio Público.


     De este modo, en un primer momento parece que el irresoluble divorcio entre estos dos conflictos sólo puede salvarse a favor de uno de ellos. Así, desde las filas de los partidarios de la Constitución se recurre a la teoría de los “mecanismos de precompromiso”, en razón de la cual la Constitución supone un gran pacto objetivo entre todas las fuerzas sociales, cuya misión es evitar que, en un futuro, algunas decisiones irracionales (principalmente democráticas) puedan acabar con todo el proyecto político, haciendo peligrar gravemente la convivencia[5]. En particular, se suele comparar este precompromiso que es la Constitución con el acto de Ulises ante las sirenas que, como es bien sabido, decide encadenarse para no sucumbir a los seductores cantos de estos seres mitológicos. José Juan Moreso define este mecanismo como “atarse a sí mismo”, recalcando que estos mecanismos de precompromiso son usados por las personas en “momentos de debilidad”: «atarse a sí mismo en estas situaciones consiste en excluir determinadas decisiones del futuro, para preservar una decisión del pasado que se valora positivamente»[6]. Este precompromiso, añade Moreso, es una idea «adecuadamente expresada en el ideal de la democracia constitucional»[7], que da pie a la distinción entre poder constituyente y poderes constituidos y que explica por sí mismo que determinadas materias, como los derechos fundamentales, estén “atrincheradas”[8], sobreprotegidas frente a ulteriores decisiones. Sin embargo, Francisco Laporta ha demostrado que el precompromiso tipo Ulises es difícilmente trasladable al terreno de la Constitución, siendo un argumento pobre en la justificación de esas restricciones constitucionales. Ulises muestra un tipo de racionalidad que, aunque imperfecta[9], es válida y útil para el individuo en sí mismo considerado, pero que en el aspecto colectivo no funciona correctamente. Como escribe Francisco Laporta, Ulises es, tanto antes como después de escuchar a las sirenas, la misma persona, mientras que, con el paso del tiempo, las personas que deberán obedecer la Constitución no serán las mismas que la aprobaron; y, en segundo lugar, Ulises toma esa decisión porque sabe con toda certeza que al oír la sensual voz de las sirenas dejará de ser un hombre racional, caerá en un total atolondramiento, algo que, referido a las generaciones futuras que sucederán a la constituyente, sólo puede calificarse como «un gigantesco acto de paternalismo»[10] absolutamente injustificado[11]. Es más, esta fórmula de precompromiso solo ofrece una “explicación contextual” de la primacía constitucional, y no conceptual, como dice José Juan Moreso; esto es, «pertenece a las circunstancias en que es posible referirse a la primacía de la Constitución», por lo que «estas circunstancias no forman parte de una explicación conceptual»[12] de lo que es esa primacía. Por ello, una vez que esas circunstancias cambian o evolucionan, es lógico preguntarse por qué ese documento, la Constitución, ostenta esa primacía y, en definitiva, por qué impone esos límites a las mayorías del futuro.

domingo, 30 de marzo de 2014

Videovigilancia: comentario de dos sentencias del Tribunal Constitucional

En esta entrada presento un comentario a dos sentencias del Tribunal Constitucional sobre un asunto siempre polémico en el ámbito laboral: la videovigilancia. O, lo que es lo mismo, al conflicto que genera el respeto, dentro de la empresa, al derecho que todo trabajador tiene a la intimidad. Este trabajo tuvo su origen en el curso "La vigencia de los derechos fundamentales en la empresa", dirigido por el catedrático de Derecho del Trabajo Antonio Baylos, gran profesor. Por supuesto, todos los errores que estén presentes en el comentario únicamente se deben a mi persona. 


Openclips. Videocámara. Dominio Público.



VIDEOVIGILANCIA. COMENTARIO DE LAS SENTENCIAS DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL 98/2000 Y 186/2000.

Mi comentario se va a circunscribir, como el propio título del trabajo indica, a dos sentencias, ambas del año 2000, la 98/2000 y la 186/2000, en las que fue ponente el magistrado Fernando Garrido Falla. El tema que se discutió en sendas resoluciones del Tribunal Constitucional fue la videovigilancia, haciendo especial hincapié, como es lógico,  en el derecho a la intimidad de los trabajadores en el ámbito de las relaciones laborales. Y es que en todo este asunto siempre van a entrar en colisión dos derechos: por un lado, el derecho a la intimidad del trabajador, consagrado en el artículo 18 de la Constitución Española (CE), y por tanto, un derecho fundamental; y por otro, el poder de dirección y control del empresario, regulado en artículo 20.3 del Estatuto de los Trabajadores (LET), que encuentra su sede constitucional en los artículos 33, relativo al derecho a la propiedad, y 38, que ampara la libertad de empresa. En las siguientes líneas se van a examinar una serie de cuestiones relacionadas con esta confrontación, a propósito de dos sentencias en las que se debatió si el empresario, en uso de esa facultad de vigilancia y control, irrumpió o no en la esfera privada del trabajador, y, en definitiva, vulneró o no ese derecho fundamental.

Resumen de los antecedentes fácticos de las dos sentencias

Primeramente, comenzaré haciendo un somero resumen de los antecedentes fácticos de las dos sentencias en cuestión. La primera de ellas, la 98/2000, de 10 de abril, se dirigía contra la Sentencia de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Galicia de 25 de enero de 1995, dictada en suplicación. Esta sentencia revocó la anterior del Juzgado de lo Social de Pontevedra, que había considerado que la instalación de unos aparatos de escucha y grabación de sonido en las dependencias de caja y sala de juegos por parte de la empresa Casino de La Toja, S.A, durante el verano de 1995 y sin mediar comunicación al Comité de empresa, atentaba contra el derecho a la intimidad de los trabajadores del casino, habida cuenta de que éste ya disponía de un circuito cerrado de televisión que funcionaba correctamente. El Juzgado de lo Social entiende, por ello, que la instalación de esos aparatos de escucha no está suficientemente justificada y excede del poder de control del empresario, permitiéndole conocer todo tipo de conversaciones que tengan lugar en el casino, incluso las de corte privado. Por el contrario, la sentencia del TSJ parte de una tesis distinta, sosteniendo que el centro de trabajo no es un lugar donde el trabajador haga empleo de su derecho a la intimidad,  y justificando las medidas tomadas por la empresa porque suponían un «plus de seguridad»[1] añadido al sistema ya presente en el centro de trabajo. En definitiva, según este Tribunal, la empresa está totalmente capacitada para conocer el contenido de las conversaciones de los trabajadores, tanto de éstos entre sí como con los clientes. Finalmente, el actor, trabajador del casino, presentó recurso de casación para la unificación de doctrina ante el Tribunal Supremo, recurso que fue inadmitido.

viernes, 21 de marzo de 2014

Magistraturas romanas: el dictador

En esta entrada presento parte de un trabajo que elaboré para el curso de doctorado "Derecho y sociedad en Roma: una visión a través de sus clásicos", gracias al valiosísimo magisterio de la profesora Alicia Valmaña. Versa sobre una de las magistraturas romanas, la dictadura, durante los primeros siglos de la República. Por supuesto, no es igual a lo que hoy se entiende por dictadura.

MAGISTRATURAS ROMANAS: EL DICTADOR.    


Una vez más, y como es habitual en todo lo relacionado con las magistraturas, es de obligado cumplimiento citar a Cicerón. Este autor, en Las Leyes, nos ofrece una descripción completa de lo que era la dictadura, escribiendo que «más cuando haya una guerra importante o luchas civiles, que uno solo, por un período no superior a seis meses, si el Senado lo decretare, asuma las mismas facultades legales que los dos cónsules; y que éste sea nombrado con los auspicios favorables jefe del pueblo[i]; y tenga uno que mande la caballería con igual rango y facultades que el administrador de justicia cualquiera que fuere»[ii]. Estas mismas ideas se reiteran en algunos pasajes de La Republica[iii], destacando su cualidad de magistrado sin colega sobre el que recae el poder absoluto en situaciones de extrema gravedad, preferentemente guerras.

Tanto su falta de colegialidad como la duración del cargo, que a diferencia de las otras magistraturas era, a lo sumo, de seis meses, nos revelan en la dictadura una magistratura extraordinaria. Por ello, su nombramiento no se ceñía a los mismos requisitos que los otros cargos, que consistía en que «el cónsul, levantándose de noche nombraba al dictador en silencio»[iv]. En virtud de este nombramiento el dictador recibía las competencias de los cónsules[v] (imperium militar y civil), pudiendo adoptar medidas severas, como el reclutamiento exhaustivo de tropas[vi] o la suspensión de los asuntos públicos[vii] (iustitium), en caso de guerra. Además, todos los demás magistrados, incluidos los cónsules, estaban subordinados al dictador y debían obedecerle[viii]. Por consiguiente, la dictadura era una «suspensión del régimen normal constitucional»[ix], que pretendía, en casos de extremo peligro para la República, eliminar los problemas consustanciales a la colegialidad consular[x], concentrando todo el poder y todas las decisiones en una sola persona.

sábado, 15 de marzo de 2014

Takeshi Kitano: talento para lo trágico y lo bufonesco

En esta ocasión presento otro artículo recogido en la revista Zona libre. Fue en el número 7, de mayo de 2005, en cuya portada aparece un cuadro atribuido a Luis Tritán, discípulo del Greco, sobre el martirio de San Sebastián (portada que incluyo a continuación). Este artículo es un breve repaso por la vida y obra de Takeshi Kitano, polifacético personaje que en España empezó a conocerse a través del programa Humor amarillo, a principios de los noventa con la televisión privada (en Japón se conocía como Takeshi´s Castle). A este artículo le iban a seguir otros (desde la sección Culturiza.T) sobre distintas películas de Kitano, pero lamentablemente el número 7 de Zona libre fue el canto del cisne de esta revista, que no se volvió a publicar más.




TAKESHI KITANO, TALENTO PARA LO TRÁGICO Y LO BUFONESCO.

Si hay un artista que, en la actualidad, da siempre que hablar, y bastante, ese no puede ser otro que Takeshi Kitano. Aunque en nuestro país es recordado casi exclusivamente por el alocado programa Humor amarillo, que Tele 5 emitió a principios de los noventa (¿quién no recuerda los trompazos que esos insensatos orientales se pegaban con las zamburguesas?), este japonés que ronda los 58 años ha hecho algo más que entretenimiento televisivo; así lo prueban los innumerables oficios que ha desempeñado, donde, de una forma u otra, ha desarrollado siempre una vena artística muy personal, a saber: periodista deportivo, columnista en diarios nipones, novelista, poeta, moderador de debates, actor de cine y televisión, cineasta y, por encima de todo, cómico. Porque, a pesar de que ahora está mucho más interesado por el cine, su gran aspiración fue, desde el principio, el mundo de lo risible.

Ciertamente, este estudiante de ingeniería rompió el corazón a sus padres cuando fue expulsado de la facultad y decidió que su fin en la vida (imperdonable fin) era convertirse en cómico. Para ello, no dudó en aceptar cualquier tipo de trabajo que lo mantuviera cerca de los escenarios, ya fuera de camarero o ascensorista. Precisamente en el ascensor conoció al director del teatro que, sabedor de sus intenciones, una noche le dio la oportunidad de “estrenarse” cuando el cómico que debía actuar se ausentó. La cosa no salió mal, ya que no trabajó más en el elevador; es decir, continuó con sus actuaciones, depurando su estilo. De este modo conoció a Kioshi Kaneko, con el que formó el transgresor dúo “The Two Beats”, pareja artística del manzaï (estilo cómico parecido al Club de la comedia) que obtuvo gran aceptación en teatros y locales, lo que les catapultó directamente a la televisión y radio niponas. Gracias a la pequeña pantalla, Takeshi Kitano (que entonces se hacía llamar Beat Takeshi, sobrenombre que después ha mantenido cuando se acredita como actor) se encumbró a lo alto de la popularidad, siendo un rostro muy reconocible en su país durante la década de los setenta.