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lunes, 27 de abril de 2026

Acto de presentación de RELATAZOS EN EL CAMAROTE (la intrahistoria)


Pues ya tuvimos nuestro acto de presentación, el pasado lunes 20 de abril de 2026, del libro Relatazos en el camarote, disponible en sus librerías de confianza. Ya está en redes sociales el reportaje fotográfico, así que esto funcionará a guisa de pequeña "crónica". 

Primero intervino Dani, responsable de la Biblioteca "Alonso de Covarrubias", con unas pinceladas biográficas. Se debe reconocer que hace una inmensa y valiosa labor, no solo por custodiar y prestar libros, sino de difusión de la literatura, con múltiples actos (apoyado por la Concejalía de Cultura). El sitio, desde luego, se presta. Ideal para presentaciones, y con una ubicación inmejorable, con la Plaza Mayor y la Colegiata de San Benito Abad al lado.


Aquí un viejo conocido (bueno, conocido no sé, pero viejo... )


Después le tocó el turno a José Antonio Rodríguez-Tembleco Gálvez, gran amigo desde la tierna infancia (como se verá en sus palabras). Escritor también, con (hasta el momento) dos obras publicadas: Relatos de lo humano y sobrehumano, Editorial Popular, 2023, y la novela Brumas sobre Blackhorne, publicado en la misma editorial hace muy poquito, en noviembre de 2025. ¡A qué esperan para leerlos!


Todos sabemos lo que es una morsa: es caza mayor.

Estas fueron sus palabras:

«Hola a todos. Para mi es un placer estar aquí con vosotros, y en especial acompañando a Sergio. Me enorgullece enormemente poder hablar en su presentación, y que haya contado conmigo para hacerlo.

Aún recuerdo cuando éramos unos críos, y nos reuníamos en su casa para escribir en su viejo Amstrad 286. Por aquel entonces ambos ya teníamos claro que la literatura sería parte de nuestra vida. Recuerdo lo impresionante que era entrar en su cuarto y ver aquella estantería de pared llena hasta arriba de libros, de los que se sentía profundamente orgulloso. No era para menos, ya que en todas esas páginas se gestaron el gran escritor que tenemos hoy aquí presentado su obra.

Su libro Relatazos en el camarote es la culminación de muchos años de trabajo, de escribir y reescribir, de honrar de una manera más que decente a nuestros grandes referentes literarios. Tuve la suerte de poder leer esos relatos a lo largo de estos años, y también he tenido la inmensa fortuna de poder leerlos ahora, viendo la calidad y madurez que ha puesto en cada una de esas líneas de los catorce relatos que forman esta magnífica obra.

Los cuentos rezuman un estilo precioso, cuidado, sin dejar lugar a nada que no esté ahí porque él quiere que así sea. Su riqueza léxica y sus construcciones transmiten no sólo una calidad envidiable para cualquiera de los que nos dedicamos a escribir, sino que se ven un amor por cada palabra, cada diálogo y cada párrafo que convierten esta obra en un torrente de calidad literaria, con un estilo pulido y con una tremenda clase.

No entraré en que contiene cada relato, porque eso es algo que os recomiendo encarecidamente que hagáis vosotros adentrándoos entre las páginas de su libro, pero puedo aseguraros que no os dejarán indiferentes. Os transmitirán una cascada de emociones que os dejarán con ganas de leer mucho más de su autor, y espero y deseo que este sea sólo el primer peldaño de una obra extensa y valorado como se merece.

Para terminar, darle la enhorabuena por haber culminado hoy aquí el trabajo de años. Como amigo mío, siempre presente, incansable e incondicionalmente, me alegro de corazón que una parte de él ya siempre vaya a estar a disposición de todos nosotros. Y creerme, si os gusta leer, deberíais hacerlo, sin duda alguna. ¡Enhorabuena, compañero, más que eso, un hermano, que sea el primer éxito de muchos!»


Según Von Sternberg, el eminente fisiólogo, siempre hay un grupo de fagocitos blancos...

Ahora venía el plato, se suponía, fuerte. Esto es, yo. No tenía intención de dar mucho la brasa, aunque mi sobrino me dijo luego: «jorobar, habéis hablado mucho». En fin, no todos los chistes van a ser buenos. Os arrojo mi discurso. Y allá van, señores: 

«Buenas tardes queridas amigas, queridos amigos (aunque en la entrada he visto a uno con un ladrillo), familia y demás personas y animales de compañía (creo que no me dejo a nadie). Muchas gracias por venir. Aprovecho este inicio para dar las gracias a Dani, responsable de la biblioteca, por organizar este acto, a la concejalía de Cultura del Ayuntamiento, con María, y al Alcalde, Tomás, por permitirme el uso de esta sala y de esta Biblioteca. Y, muy especialmente, a José Antonio, escritor y gran amigo desde hace tiempo, un hermano para mí (nuestros bisabuelos ya se trataban como hermanos), por su generosidad y disponibilidad, y sus emotivas palabras.

Hoy es la presentación en sociedad de mi libro RELATAZOS EN EL CAMAROTE (al igual que tantos otros, he venido a hablar de mi libro). Un libro de relatos cortos que tuvo su inicio hace casi treinta años, cuando era un estudiante de carrera. Como ya han dicho quienes me han precedido en la palabra, fui aficionado a la lectura desde pequeño. Aunque no fui precoz ni me metí en temas sesudos cual niño prodigio. Tomo las palabras de mi compañero juntero y escritor, Carlos Rodrigo, “leí antes a Tintín, a Mortadelo y a Zipi y Zape, que a Homero, Stevenson o Cervantes”. A mí me gustaban las historietas cortas, con dibujos y mucha acción, y con humor; cuando venía a esta biblioteca, supuestamente a estudiar o a hacer trabajos del colegio, leía comics de Tintín y Asterix y Obelix. Que se lo digan a Paula, lo que nos tenía que aguantar la pobre…

También fui un niño al que le gustaba mucho la televisión. No me perdía nunca Barrio Sésamo (venía corriendo del colegio todas las tardes para verlo), con Espinete, Don Pimpón, Chema el panadero y Julián el quiosquero, y La Bola de Cristal, con la bruja Avería (y su «¡viva el mal, viva el capital![1]»), los electroduendes, y series como la familia Munster, La Pandilla o Maika, la niña del espacio. Y no digamos las series de dibujos: Dragones y Mazmorras, La vuelta al mundo de Willy Fogg, Érase una vez… el hombre, Ulises 31, David el Gnomo (muy difícil ver ese último capítulo ¡SLITZWEITZ!). El cine tampoco podía faltar; me vi mucho cine clásico: las películas de los Hermanos Marx, Chaplin, Buster Keaton, Laurel y Hardy; Hitchcock, pelis del oeste (Ford, Leone), del espacio, de aventuras. Sin dejar de lado que todos los domingos iba al cine de los Bernardos, a ver películas de acción, terror y comedias. Y sin olvidar, además, mi primer ordenador: un Spectrum Sinclair 48K, con juegos como el Bomb Jack. Mi generación estuvo apegada a eso que ahora llaman “nuevas tecnologías”. Nosotros salíamos mucho a la calle, a jugar, pero también tuvimos nuestros aparatitos.

La afición por la lectura de libros, digamos más en serio, me vino en el Instituto de Ocaña, el Alonso de Ercilla, con mi profesor de Literatura, José María Granados (al que llamábamos Pepito), además de por el contacto con amigos (como José Antonio), o el influjo materno. La literatura fantástica y de terror me encantaba (y encanta), El señor de los Anillos, Poe, Lovecraft, Stephen King, pero también el humor (con el Eduardo Mendoza de novelas como Sin noticias de Gurb o El laberinto de las aceitunas; el Jardiel Poncela de La tournée de Dios, y su dedicatoria que dice «A Dios, que me es muy simpático»; o el Mark Twain de Un yanqui en la corte del Rey Arturo) o la ciencia ficción, con Isaac Asimov, y su ciclo de la Fundación, y Philip K. Dick. Leía cualquier cosa que cayera en mis manos, desde un libro de Valle Inclán, Unamuno o Pío Baroja, hasta de Oscar Wilde o de Robert Louis Stevenson; desde novela negra, policiaca (con la gran Agatha Christie), a novela histórica. El autor que más me gustaba, desde luego, era Edgar Allan Poe, con sus inolvidables relatos (como La caída de la casa de Usher o Los crímenes de la calle Morgue). Quizá de ahí me vino la inspiración para escribir estos relatazos, del placer de leer a autores que me hacían volar la imaginación, y me divertían e intrigaban a partes iguales.

Por ello, he de decir que cuando me he puesto, a mi modo, a escribir un relato siempre me tengo en mente como lector. Forma y fondo: que la redacción y el estilo sean correctos, pulcros, pero fluidos; que la historia sea interesante, que tenga gancho, que impulse la imaginación del lector. Que el relato no sea un latazo; que sea un relatazo. Sin lector, no tiene sentido un libro. No me guio por modas o por tendencias de rabiosa actualidad (no me he leído el libro de ese escritor que parece la versión postmoderna de Marianico el corto, ¡qué se le va a hacer¡), ni tampoco me guio por lo que más vende. Escribo las historias que, como lector, me gustaría leer, y por eso este homenaje a los autores que más me han marcado. Misterio, terror, fantasía, humor, aventuras, sueños (alguna pesadilla), cierta nostalgia; como en el mundo del romanticismo: caos, imaginación, pasión. Estos catorce relatazos buscan emocionar, atrapar al lector, con historias variadas y enfoques atractivos, con una voz que permita el goce estético, pero también alguna reflexión (tranquilos, no hay filosofías rebuscadas). Estos relatos buscan dejar huella en el lector, con ganas de más.

Y todo esto sin ataduras, con total libertad. Sin libertad no hay creatividad. Suscribo las palabras de mi profesor y amigo, el escritor Santiago Sastre: sin libertad la literatura se verá afectada de forma negativa. Contra la tijera. Hay que repudiar la censura (sobre todo en forma de autocensura, que ocurre cuando el autor somete a criba lo que escribe, pensando si sentará bien o mal), repudiar el revisionismo, la reescritura de obras desde las ideologías, que son como corazas que nos alejan de la comprensión cabal y racional del mundo en el que habitamos, y que encorsetan y estrangulan lo más genuinamente humano: la imaginación. Si algo quiere hacer valer este libro, en su modesta aportación, es la fuerza de la imaginación.

Para terminar, quisiera contaros un chiste de, en mi opinión, uno de los mejores escritores del siglo XX: el cineasta Woody Allen. En el comienzo de su célebre película Annie Hall, el director neoyorquino nos suelta un monólogo en el que comienza contando el chiste de dos mujeres mayores que están en un hotel de alta montaña, y una de ellas dice «Vaya, aquí la comida es realmente terrible», a lo que la otra contesta «Sí, y además las raciones son tan pequeñas». Con esta chanza el bueno de Woody nos quiere ilustrar sobre cómo ve la vida: como algo lleno de soledad, tristeza y sufrimiento, y que encima pasa muy rápido. Pues bien, esto último es incontestable (ya decía Chaplin que la vida es tan breve que apenas da tiempo a ser un aficionado), así que espero, que con cosas como la afición a los libros, a la literatura y al saber en general, y, sobre todo, a compartir la amistad, hagamos que el menú que tenemos sea sabroso y apetecible. ¡Muchas gracias!»

No podía tener mejor lectora. ¡Eternamente agradecido!

 

La guinda del pastel fue que María Luisa Mora, poeta, escritora y amiga (tengo una entrada en este blog sobre uno de sus libros, El pan que me alimenta, Ediciones Vitrubio, ¡imprescindible!), se animara a leer el comienzo de uno de mis relatos. ¡Todo un lujo! Fue muy emotivo (a mí también me pasa que no sé vivir sin corazón). Un acto sencillo, entretenido (pese a lo que diga el sobrinete), con risas, acompañado de familiares y amigos. Agradezco de corazón a todos su presencia y cercanía. 

Lo último fueron las foticos, los abrazos y una minifirma de libros. Hasta parecía un escritor de verdad (y un ser humano de verdad). Pues eso, muchas gracias a todos por compartir este momento. Lo llevaré siempre en el corazón. 

 

Me nombraron hijo pródigo de Yepes. ¡Es broma!

 



[1] Como escribió Fernando Savater, pertenezco a una generación de niños «que fueron educados por la bruja Avería en la execración del capitalismo y la ceguera ante sus alternativas», en su artículo Despertador, de 26/03/2022, El País. 





viernes, 17 de abril de 2026

Presentación del libro RELATAZOS EN EL CAMAROTE, de Sergio Encinas Hernández-Sonseca, día 20/04/2026

 

Después de su fulgurante entrada en el mercado literario, el próximo lunes, 20 de abril de 2026, a las 17:00 horas, en la Biblioteca Pública “Alonso de Covarrubias”, de Yepes (Toledo), tendrá lugar la presentación del libro Relatazos en el camarote, de Sergio Encinas Hernández-Sonseca.

 


Intervendrán distintas personalidades con conocimientos en la materia (puede ser más dudoso lo primero que lo segundo). Ambiente agradable, sala acogedora, sorpresas para los despistados, algún juanete en el pie y sonrisas para todos. Nunca se había hecho nada igual. ¡No se lo pierdan!

martes, 16 de diciembre de 2025

Publicación del libro Relatazos en el camarote, de Sergio Encinas Hernández-Sonseca

Este camarote abre su puerta para dar cabida… al que abre la puerta del camarote. Sí, después de un tiempo pensándolo, y de más de un tiempo preparándolo, me lanzo al ruedo de la publicación (mi gran estreno será en Las Ventas, en la feria de abril), con una obra que reúne algunas de mis narraciones cortas. El libro lleva por título Relatazos en el camarote, variación del inicial nombre Para leer en el camarote. Agradezco a Santiago Sastre, mi querido profe, mi admirado escritor, con su cercanía, talento y creatividad, este cambio; y otros de la portada. Cualquiera de sus libros merece la pena: sin ir más lejos, los del detective Augusto Alpesto (ya van cinco, el último Cristobalón).  




El volumen recoge catorce relatos escritos durante los últimos veintiocho años. Tranquilos, si publico otro espero no tardar otros tantos. Creo que las narraciones tienen distintas temáticas y tonos, aspirando en muchos casos a ser un cumplido homenaje a los libros y escritores que mejor me lo han hecho pasar. El sueño de todo aquel que disfruta con la lectura: estar en compañía de las mejores amistades, de los más admirables.



La palabra “relatazos”, así como los bocetos de la portada, se los debo a mi amigo de hace muchos años (somos viejunos) Samuel Rodríguez. También agradezco la ayuda en la publicación de mi otro amigo (de unos cuantos años, ¡vaya tela!), José Antonio Rodríguez-Tembleco, escritor ya consolidado (compren Brumas sobre Blackhorne y no se arrepentirán). A mi compañero de trabajo, y exitoso escritor de novela negra, Manuel Blázquez, por guiarme en este sendero librero (compren Las cruces del alba y pásenlo genial). Y a Ghonz, que convirtió la idea primigenia de la portada en un portadón: como digo, que el contenido esté a la altura del continente.  

El libro está disponible en amazon. ¡¡Qué mejor regalo para las fiestas navideñas que un libro de relatazos!! ¡¡A que están esperando!! Inmejorable oportunidad. ¡¡Oferta de lanzamiento!!

viernes, 14 de noviembre de 2025

Presentación de la novela Brumas sobre Blackhorne, de José Antonio Rodríguez-Tembleco Gálvez

Este camarote abre su puerta a un nuevo polizón. ¡Y también dos huevos duros! ¡Otros dos más! En esta ocasión para anunciar a los cuatro vientos (aunque el tercero creo que ya lo sabe) la próxima publicación del libro Brumas sobre Blackhorne, de mi amigo José Antonio Rodríguez-Tembleco Gálvez. Si quien entre en este camarote gusta de las historias de misterio, de islas ocultas, de niebla a lo Carpenter (que miedo me dio esa peli en el cine de los Bernardos), está de enhorabuena y tiene una cita ineludible. Publica Editorial Popular.

La presentación del libro tendrá lugar en Yepes, en el Centro Cultural “Calderón de la Barca”, el día 29 de noviembre de 2025, a las 19:00 horas.




Recordamos a los despistados que en este camarote ya se hizo hueco al anterior libro de José Antonio, Relatos de lo humano y sobrehumano, del que tuve el honor de escribir una breve introducción.

¡¡Enhorabuena José Antonio!! Y a los demás, a rascarse el bolsillo con el libro. Merece la pena

sábado, 9 de diciembre de 2023

Publicación del libro "Relatos de lo humano y sobrehumano", de José Antonio Rodríguez-Tembleco

Tras unos cuantos años de retiro (voluntario), vuelve este blog a la carga. Abrimos con entusiasmo este camarote (a pesar de que los tiempos no animan al entusiasmo). Y lo hace en una ocasión muy especial, una de esas ocasiones que dieron sentido, en su momento, a su creación. El motivo no es otro que la publicación del libro Relatos de lo humano y sobrehumano, de mi amigo José Antonio Rodríguez-Tembleco, cuya presentación tendrá lugar en Yepes el próximo sábado 16 de diciembre, a las 17:30, en el Hospital de San Nicolás, muy cerquita de la Plaza Mayor. La edición corre a cargo de Editorial Popular. 




Para quien guste de leer pequeñas (que no insignificantes) piezas de literatura de terror y misterio, de vivir situaciones agobiantes, en este libro tiene una cita ineludible. El avispado, e interesado, lector puede degustar, en este blog, un entrante: en la entrada publicada el día 31 de agosto de 2014, con el relato Dos tramos de escalera. Este camarote ya apostó en su momento (¿qué son unos cuantos días?) por el talento del autor.

Nada más, por ahora. Desde este camarote, esperamos que el libro tenga una excelente acogida y que se lea mucho. ¡¡Enhorabuena José Antonio!!

viernes, 6 de marzo de 2015

En el mirador de Carlos Rodrigo

Hoy recibimos en el camarote a Carlos Rodrigo, escritor, poeta, articulista, compañero juntero (con el riesgo que eso tiene hoy) y un sinfín de cosas más. Sin duda, una de esas ocasiones especiales para las que este blog nació.
Nuestro autor ha publicado recientemente un libro de relatos, titulado El Mirador de Rilke, que presentará en la Biblioteca de Castilla-La Mancha, en Toledo, el próximo lunes 9 de marzo, a las 19:00 horas. La edición corre a cargo de Editorial Amarante, y se encuentra en ebook y formato tradicional. Para quien guste de la poesía, Carlos Rodrigo tiene publicado un poemario, Nubes y claros, en Editorial Celya, con prólogo de Luis Alberto de Cuenca.
Para abrir boca, Carlos ha tenido la gentileza de mandar tres relatos al camarote, de placentera degustación. Para mí es una buena noticia para la literatura y confío en que su libro se venda muy bien. ¡¡Enhorabuena Carlos!!   



EL SUEÑO DE ONETTI
Luigi soñó que estaba tendido encima del catre, estirado como una momia, respirando larga y tímidamente como si tuviera miedo de incomodar a alguien. Los ojos muy abiertos y fijos en el techo blanco-sucio, que tenía una grieta con dos afluentes que iban a morir en las esquinas. Permanecía en la misma posición durante un tiempo indeterminado un minuto, una hora, y no lograba pensar en nada concreto, pasado, presente o futuro. Sólo alguna imagen inconexa, ni siquiera vivida o que se aproximara a algo parecido a un deseo. Cuando despertó su realidad no difería ni un ápice al sueño. Sólo recordaba aquella frase de su padre mirándose al espejo: “a ese miserable se le han muerto hasta los sueños”.

I CONGRESO INTERNACIONAL DE SERES MALDITOS
 … Bernard Fokke llevaba sentado en la cofa del palo mayor de “el buque volador” una eternidad. Y aunque esto del tiempo era, es, y será  siempre (o nunca según se mire) relativo, según teorizaba, desde no mucho, otro judío lejos del mar de Las Hébridas que ahora singlaba, ciertamente la situación empezaba a resultarle insoportable.
En esto, el destino y el mar, que ahogan pero no aprietan, acercaron unos cantos hacia sus oídos. “Las pesadas de las sirenas otra vez -farfulló-, estas desahogadas se creen que nací ayer”. Pero a medida que era más nítido el sonido, percibió que estaba ante un velero cochambroso, cuyo sonriente capitán le espetó:
— ¿Hacia Ítaca?
— Todo a babor.-replicó-.
— Si llega usted antes diga a Penélope que la quiero y que me espere.
Y es desde entonces que Fokke, algo misógino, romántico incurable, poco dado a finales crepusculares, y defensor de que un segundo no dura siempre un segundo, se toma las cosas con filosofía, y sentado en la cofa situada en el cuello del palo mayor de su barco, fuma en una vieja pipa de madera de boj un tabaco indefendible que extrañamente nunca se consume, mientras espera tiempos y espacios mejores…

ADIÓS SIN EL CORAZÓN
Por mucho que dijeran con la boca chica sus familiares y amigos, la presión se masticaba en el ambiente y el aire era irrespirable. En el pueblo ya no la miraban igual desde los rumores de infidelidad. Con independencia de su veracidad, siempre algo queda. Eva se sentía marcada y desprotegida. Así que cuando  se le acabaron las lágrimas, primero las de rabia, luego las de impotencia, y por último las de indefensión, decidió poner fin a un matrimonio en el que ya no creía. Con cabeza alta y paso decidido se dirigió al dormitorio, abrió el falso cajón junto a la cama de matrimonio, y tras empuñar la pistola, sin vacilaciones, enfiló hacia el salón. A menos de un metro, tras cuadrarse, y sin pestañear, descerrajó un único, certero e inapelable disparo en pleno corazón del retrato de su esposo. Era el último favor que le hacía. “A fin de cuentas un cuadro con una historia detrás se vende mejor en el mercado, que se lo digan a Cela y su Miró rasgado” — pensó en voz alta sonriendo—. Dejó el arma humeante y se marchó con lo puesto. Para el viaje de la libertad no precisaba equipaje.

CARLOS RODRIGO LÓPEZ

domingo, 31 de agosto de 2014

Dos tramos de escalera

En esta entrada presento un cuento de un amigo, José Antonio Rodríguez-Tembleco (por supuesto, con su permiso), que ganó una de las ediciones del desaparecido concurso "Cuéntame un cuento", la de 2004, que organizaba la concejalía de cultura del Ayuntamiento de Yepes. Aficionado a la literatura, ha recibido la llamada de las musas en muchas ocasiones. Una muestra de lo que podríamos llamar "literatura yepera", dicho sin maldad. 


Jodylehigh. Escaleras. Dominio Público.

DOS TRAMOS DE ESCALERA

Fue la curiosidad, sí. Ella fue la culpable de esto como lo ha sido de tantas y tantas desgracias. Mi madre siempre me recordaba que fue esa misma curiosidad la que llevó a mi padre a marcharse de casa. Curiosidad por otros lugares, por otras mujeres…

Esa curiosidad me empujó a pensar qué es lo que mamá guardaba en el desván para que me estuviera prohibido acercarme a él. Siempre, de pequeño, imaginaba que en ese desván habitaban todos los seres de leyenda que mi madre nombraba con la intención de que el miedo pudiera con esa curiosidad tan extendida en mi familia.

Pero cuando creces esos seres se desvanecen de tu memoria como una tormenta veraniega, pero la curiosidad sigue ahí. Varias veces había necesitado hacer acopio de voluntad para no romper la promesa que le hice a mi madre de no subir esos dos tramos de escalera, para vencer esa curiosidad tan singular en los hombres y acentuada en mi familia.

Pero ya no podía soportarlo. Esa curiosidad me comía por dentro, no podía dormir, apenas si prestaba atención a mis tareas rutinarias y lo que es peor, iba en aumento. Llegué a la conclusión de que mi salud dependía única y exclusivamente de averiguar que escondía mi madre en el desván, detrás de una puerta que nunca había visto.

Fue hace un momento, pero parece que han pasado días. Me levanté en medio de la noche, impulsado por un mal sueño. Fui hacia el baño para despejarme un poco y, sin saber cómo, me encontré enfrente de los dos tramos de escalera que tantas vueltas daban en mi cabeza.

No entendía por qué, ya que para ir al baño había otros caminos más cortos, pero creo que fue esa curiosidad que me estaba destrozando la que me llevó allí. La entrada hacia las escaleras era fría, tanto que daba la sensación de que el calor que traía consigo el verano en curso se había desvanecido dando paso a un increíble frío, un frío que te llegaba desde los rincones más ocultos de la antigua casa y que penetraba en el cuerpo como cuchillas afiladas, llegando hasta el mismo alma.

Supuse que esto sería suficiente para apaciguar mi curiosidad, pero esa sensación de ahogo se hacía más intensa ahora que tenía tan cerca lo que mi subconsciente deseaba desde hacía mucho tiempo. Resuelto a continuar, alargué el brazo hasta la llave de la luz y la accioné. No se encendió, aunque no me sorprendió, ya que esta parte de la casa era al menos de la época victoriana, y nadie se había molestado en hacer unos cuantos arreglos, tales como pulir las viejas escaleras de madera o arreglar el sistema eléctrico.

Aún así, me di cuenta que con el mismo brillo de la Luna podía ver lo suficiente para subir sin tropezar; además, la luz eléctrica podría alertar a mi madre, que supuestamente dormía tranquila en su dormitorio.

Decidido a acabar ya con el suplicio, subí el primer escalón. Cuando apoyé el peso de mi cuerpo un chasquido salió de la madera, como si se quejara de dolor por tener que volver a trabajar después de años sin hacerlo. El sonido era apagado, pero con el silencio que reinaba alrededor llegué a temer que mi madre lo hubiera oído. Esperé, temeroso, oír una fuerte reprimenda desde la habitación de mi madre, pero no ocurrió nada. Aliviado, y con un renovado valor al creer, iluso de mí, que la suerte estaba de mi lado, seguí subiendo. La escalera se quejaba a cada peldaño que subía. La poca luz que entraba desde un ventanal dejaba ver claramente la capa de polvo que cubría los escalones. Eso me asustó un poco, ya que deduje que mis huellas habían quedado impresas en la susodicha capa, de manera que a la mañana siguiente me delatarían. Volví la cabeza lentamente, asustado como un niño que rompe un jarrón y no sabe como arreglarlo… pero para mi sorpresa mis huellas no estaban allí: la capa de polvo estaba inalterada, como si nadie la hubiera pisado. Eso me tranquilizó en cierto modo; si bien no dejaba de inquietarme que ninguna huella hubiera quedado impresa.

Entonces el miedo empezó atacarme, el verdadero miedo, ese que poca gente siente verdaderamente; el que te ataca desde lo mas recóndito de tu ser y se expande a una velocidad tan vertiginosa que crees que vas a perder la razón.

Comencé a sentir nauseas, y un mareo tremendo acudió a mi cabeza de tal forma que a punto estuve de caer escaleras abajo. Logré agarrarme a la barandilla y aguanté mi peso con la otra mano sobre la pared. El contacto con ésta era húmedo, frío, como si algo estuviera fluyendo de ella, pero la poca luminosidad con que contaba no me dejó ver de que se trataba.

Pero al final la curiosidad venció al miedo, y reemprendí la marcha. Llegué al rellano entre las dos escaleras, e intenté inhalar una bocanada de aire limpio para tranquilizarme. El aire que inhalé me hizo tambalearme de nuevo, ya que estaba viciado; olía a podredumbre, olía a muerte…

Me di cuenta que el segundo tramo no contaba con luz alguna, de manera que si quería seguir adelante debía ser en la oscuridad, en una total y desesperante oscuridad.

Pero ya había llegado hasta allí y no podía ir marcha atrás. Empecé a subir, palpando la pared y la barandilla al mismo tiempo. Para mi sorpresa los escalones no crujían en este tramo, quizás porque la madera no se había secado al no llegar ningún tipo de luz, o quizás porque no eran de madera, o tal vez…

Mi cabeza empezó a divagar entre pensamientos terribles. Es increíble cómo el miedo te hace recordar todo aquello que puede servir a sus propósitos. Empecé a temblar violentamente, tanto por el frío como por el pánico que empezaba a anteponerse a la curiosidad. Intenté girar hacia atrás, con la lección aprendida y con ganas de que la tibieza de la noche veraniega rozara mi piel para así calentarme tanto física como espiritualmente; pero la oscuridad era total, ya no se veía el primer tramo de escalera, ni se veía el rellano donde casi tropecé por segunda vez; sólo me quedaba seguir adelante, encontrar el final de la escalera, y en este lugar, tratar de encontrar un atisbo de luz para orientarme.

Intenté subir los peldaños que me quedaban lo más rápido posible, pero mi cuerpo ya no respondía como me hubiera gustado. Empecé a subir lentamente, ahogado por la falta de aire puro y por un miedo que ya cubría todo mi ser. Maldije el momento en que se me ocurrió subir a este antro, maldije mi temeridad al no haber obedecido a alguien que seguro sólo intentaba evitarme esto, maldije a esa estúpida curiosidad…

Cuando me hallaba casi sin sentido por el miedo y pensaba que perdería la razón de un momento a otro, mi mano tocó el final de la escalera. El sonido de unos goznes chirriando me devolvió a la realidad. Había llegado a una puerta, y para mi sorpresa estaba abierta…

De la pequeña abertura que había, debido al pequeño empujón que propiné a la puerta, salía algo de luz, no lo bastante para alumbrar los tramos de escaleras, pero sí para poder orientarme lo suficiente en mi regreso escaleras abajo. Pero en ese momento el miedo cedió terreno, y la curiosidad volvió a apretarme el cuerpo. Ya había llegado hasta allí, y no sería en vano. No había sentido tanto miedo y locura como para volver sobre mis pasos sin mi ansiada recompensa; de forma que empujé la puerta poco a poco. Los goznes chirriaron como gritos de terror en la oscuridad; la puerta se abrió.

Sólo tenía que asomarme para ver qué había dentro, sólo tenía que reunir las últimas fuerzas que me quedaban y atravesar ese pequeño quicio, de forma que intenté relajarme y atravesé el umbral…
  
¡Maldita curiosidad, maldita sea! ¡Cuántas veces la curiosidad humana había acabado en tragedia!¡Cuántas veces me dijeron que no subiera esos dos tramos de escalera por nada del mundo!

Al menos en ese momento algo de felicidad se impuso al miedo. Me di cuenta de que mi madre sabía el motivo por el cual me avisaba continuamente que la curiosidad debida a mi procedencia por parte paterna me podía traer problemas. La exigua luz que había en el entorno no era natural, e incluso asustaba más que la propia oscuridad. Con la poca cordura que me quedaba alcancé a divisar el reloj que le había regalado en uno de sus cumpleaños. Entonces supe con certeza lo que mi interior ya me decía desde el quicio de la puerta.

Un tremendo ruido estalló detrás de mí, las escaleras se quejaban más que nunca con un crujido que helaba la sangre. Cientos de lamentos empezaron a atormentarme la cabeza, lamentos y sollozos que nunca sabré si fueron reales o productos de mi destrozada mente.

Una sacudida recorrió todo mi cuerpo de una manera violenta. El ruido que venía de la escalera era más intenso, y se acercaba cada vez más. Los lamentos y sollozos eran cada vez más espeluznantes, de forma que casi no podía oír otra cosa. Sabía que lo que subía por las escaleras llegaría en cualquier momento, y que ya no había marcha atrás.

Al final, la curiosidad ganó, y a un alto precio. Supongo que era preferible así que no haber seguido con ese sufrimiento que cada día me impedía ser yo mismo.

La curiosidad pudo conmigo, igual que pudo con mi padre, igual que lo devoró a él…

Al menos comprendí que mi padre nunca me abandonó, que él nunca se fue. Al menos no yacería sólo, sino que mi cadáver y el de mi padre se harían compañía por siempre…  y para siempre…

JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ-TEMBLECO GÁLVEZ

jueves, 10 de julio de 2014

Un eslabón más en la cadena



UN ESLABÓN MÁS EN LA CADENA.



        Yarald, Alto Príncipe de Trapadocia, no podía ocultar la tempestuosa cólera que afluía a su mente, y que externamente afeaba, todavía más, su rostro simiesco de ojos diminutos, apenas perceptibles, y nariz un tanto aguileña. La causa de tan amargo momento no era otra que el vil ataque perpetrado contra su castillo en Larinia, la noble capital del reino. Mientras cazaba el jabalí el día anterior, por invitación del Duque Arne, una banda de malhechores y desaprensivos, bien organizados, asaltó el vetusto castillo con dardos incendiarios; el edificio ardió como una tea. Su fiel esposa y sus hijas pudieron salvar la vida, al contrario que el resto de su familia, invitados y personal de servicio, que, con tamaña acción, entraron de forma inesperada en el Hades. La burda añagaza había dado resultado, y le infectaba de un dolor que invadía su alma con insidiosa tenacidad, haciéndole fruncir el ceño y apretar los dientes en una mueca horrible, tenebrosa.

        ¡Este ultraje no puede quedar impune! ¡Esta fechoría debe ser castigada! – Bramó fuertemente entre los restos calcinados, ante las atónitas miradas de sus legados y soldados. – Mi justicia sin límites caerá como una pesada losa sobre los culpables, que desearán no haber nacido. ¡Los patriotas me seguirán en esa cruzada contra esas hienas traidoras!


Hans. Fortaleza de Hohensalzburg. Dominio Público.


        La leva de tropas se acometió inmediatamente. Había que responder, fuera como fuera; no se podía permitir que esos rufianes camparan a sus anchas por el reino, preparando, seguramente, nuevas trapacerías que sufrirían los angustiados inocentes. Y, sobre todo, había que buscar un responsable, un cabeza de turco. No tardó mucho tiempo en dilucidar tan acuciante cuestión; las profundas elucubraciones no eran precisamente de su agrado. Incluso rechazó el dictamen del Consejo de Ancianos, que preceptivamente había solicitado, porque le sugerían que indagara algo más, que mejorara las pesquisas antes de tomar una decisión. Pero no; no podía ser. Las pruebas que tenía eran suficientes, determinantes. Y cada segundo de duda, de retraso, horadaba su corazón, que le traía a colación los rostros desesperados y agonizantes de sus familiares. La reflexión es buena para los filósofos, no para los hombres de acción, se decía continuamente.

        ¡Ha sido Arne! – concluyó en un arrebato de ira en presencia de sus sumisos generales. Un rato después, mientras pasaba la mano siniestra por su puntiaguda oreja derecha y la comisura de su boca vagamente trazada, continuó: – Quiero que las tropas estén preparadas y equipadas en dos días. Llamad a todos los nobles. Espero que me proporcionen ayuda en esta lucha contra el mal.

        El Duque Arne, Jefe de la montañosa región de Capatinia, no se sorprendió cuando le comunicaron la acusación. Desde hacia tiempo conocía el malestar que la política de Yarald, que detraía a los ciudadanos de Capatinia el triple de tributos por el simple motivo de ser de distinto credo, suscitaba entre sus paisanos. Además, sabía que las leyes prescribían sanciones más duras a los capatinios, e impedían que pudieran comerciar con otras regiones en igualdad de condiciones. Y tampoco ignoraba los continuos actos vandálicos que, en los últimos años, sus conciudadanos cometían en Capatinia y en otras regiones del reino. Por ello, estuvo secretamente involucrado en el ataque contra el castillo de Yarald, suministrando armas y entrenamiento a sus castigados paisanos, junto con la oportunidad propicia para ejecutar el golpe mortal. Yarald debía aprender que también él era débil.

        Tal y como Yarald ordenó, el ejército estuvo preparado a tiempo. Los principales esbirros del Príncipe no se demoraron, y enseguida pusieron sus huestes al servicio de Yarald. Conocían de sobra el carácter arriscado, algo temerario, de Yarald, y no querían correr riesgos. La partida, tras los auspicios y una frugal comida, fue inminente.

        Las copiosas legiones de Yarald se dedicaron, durante un mes entero, a devastar los productivos campos de cultivo de Capatinia, tras hacer acopio de provisiones en unos saqueos inhumanos, crueles. Multitud de familias desconsoladas vieron como sus casas eran incendiadas, sus mujeres mancilladas y sus hijos esclavizados. Una ola de terror, llegada de más allá de las abruptas montañas, se apoderó furiosamente de la región. La capital, Trasinia, no tardaría en verse sitiada. Las tropas invasoras avanzaban sin arredrarse lo más mínimo.

        Trasinia, la ciudad más grande de la región, no era una urbe esplendorosa, pero estaba fortificada con murallas y empalizada. Abundaban en su interior muchas casas bajas, de construcción sencilla, propias de agricultores y pequeños comerciantes. Desde luego, no eran gentes aptas para el manejo de armas, aunque, dado el caso, podían organizarse para plantar, por lo menos, una trémula defensa. En consecuencia, no es de extrañar el gran desasosiego que provocó en la población el anuncio del advenimiento de las legiones de Yarald. Todos lo sabían: sólo se contaba con los efectivos del Duque Arne, y esto no bastaba para contener durante mucho tiempo el asedio de un ejército cuyas enseñas militares se divisaban por millares. Los vigías describían continuamente los ejercicios de entrenamiento efectuados por el poderoso ejército, apostado no muy lejos de ellos. La tensión de los habitantes era palpable; su desesperanza, indescriptible.

        Durante dos semanas el suministro de víveres quedó cortado en una ciudad ya de por si escasa de alimentos; los estragos a niños y enfermos minaban el ánimo  renqueante de unos hombres desechos. Por culpa de unos pocos, los asaltantes, estaba siendo torturado todo un pueblo. La indignación crecía paulatinamente, y Arne se percató de ello. Para eludir posibles represalias contra su persona, no dudó un instante en pedir una audiencia con Yarald, con el fin de parlamentar sobre una posible solución.

        El encuentro con Yarald no fue fructífero. Ya desde el momento en que Arne reconoció el gesto adusto y la cabellera corta de color ceniciento de Yarald comenzó a sospechar el desenlace. El arrogante Príncipe presionó a Arne para que entregara, sin condiciones, la ciudad, cosa que éste no quiso conceder. En su lugar, un torticero Arne sugirió, algo nervioso, la entrega de los culpables, que se encontraban en los calabozos de Trasinia, a cambio de que Yarald levantara el sitio y dejara de zaherir a su pueblo. Yarald lanzó una mirada hosca a Arne y sentenció el asunto: él se encargaría de descubrir a los culpables, incluido el mismo, y de ajusticiarlos en consecuencia por su felonías; si Arne se oponía, lo haría de igual modo. El medroso Arne respondió que su ciudad no estaba dispuesta a soportar esa humillación, y se marchó. Poco después, Yarald acicateaba a sus soldados para que emprendieran el ataque. Esa caterva de rebeldes sería hostigada hasta la extenuación. Su suerte estaba echada.

        Obviamente, la ciudad no resistió el envite; las legiones de Yarald penetraron en su interior con suma facilidad, luchando con un pueblo en un estado de ánimo deleznable, con hombres repantigados en las calles y mujeres suplicantes. Cuando la cacería cesó, Yarald instaló su Alto Tribunal en el centro de la plaza; él era el único magistrado y el único acusador. Condenó a los que se hallaban encarcelados, según la costumbre de los antepasados, a la pena de azotamiento y decapitación. Los jefes de las principales familias fueron fustigados con inquina, y, entre otras cosas, sufrieron la confiscación de dos tercios de sus fortunas; el resto de varones mayores de veinte años fueron condenados a la esclavitud en las minas. El Duque Arne, máximo promotor del ataque origen de este desastre, se escabulló cobardemente junto con sus sicarios; otros habían recibido el castigo por él.

        Al terminar los procesos, Yarald ordenó limpiar la pestífera plaza. Después de esto elevó una plegaria a los dioses, celebró un opíparo banquete y salió de la ciudad en dirección a su nuevo castillo. El viento sibilante se escurría tenuemente por unas calles desiertas. Todo había acabado.

        Como curiosidad, unos días antes del ataque al castillo de Yarald un sabio griego visitó Larinia, convidado por el Consejo de Ancianos. Habló, ante estos egregios hombres, sobre la justicia, sosteniendo que «es peor cometer una injusticia que recibirla», y, en el caso de cometer una injusticia, lo mejor es ser castigado correctamente, puesto que «el fin de todo el que se encuentra castigado, al ser castigado correctamente por otro, es volverse mejor». Y añadió: «nadie castiga a los injustos teniendo en mente que cometieron injusticia. El que se dispone a castigar con razón no toma venganza por la injusticia pasada, puesto que no desharía lo hecho». Tal vez estas opiniones no bastan para la vida práctica, para resolver los problemas cruciales, al no decirnos nada en concreto. Por supuesto, es difícil saber si se está plenamente en la verdad. Pero no estaría de más tenerlas en cuenta, sobre todo para no entablar competiciones por la mayor barbaridad, como la protagonizada por Yarald y los capatinios. En caso contrario, acciones como éstas tan sólo son eslabones en una larga, larga, cadena de injusticias.



jueves, 19 de junio de 2014

24D

24D


Geralt. Arbolnavidad. Dominio Público


Nuestro hombre salió de su acogedora casa a eso de las nueve de la noche, perfectamente abrigado y peripuesto para dar un largo paseo por la Avenida Principal. Había estado nevando casi todo el día y, en consecuencia, la calle ofrecía un aspecto inocentemente blanco, que de forma grosera era alterado por las pisadas de los transeúntes y las huellas de los neumáticos. La temperatura estaba varios grados bajo cero, a pesar de que apenas corría el aire. Lo que no dejaba de ser normal por aquellas fechas. Como normal era la apariencia, propia de una postal turística, de la gran avenida: nervudos abetos cuyas empolvadas ramas se hallaban aderezadas de multitud de adornos, desde manzanas, campanas, estrellas, figuras de niños, hasta luces de todos los colores y formas; casas y edificios de fachadas engalanadas con rollizos muñecos de vestimenta carmesí, que simulaban ascender a las ventanas; orondas esculturas realizadas con nieve, posiblemente por manos infantiles, provistas de probóscides que eran simples zanahorias; y la costosa y radiante iluminación, colocada por los operarios municipales, que enarbolaba sus mensajes de felicitación y alegría. Además, cada veinte o treinta metros se habían dispuesto, en farolas y árboles, unos rudimentarios altavoces que no paraban de aullar, atronadoramente, unas melodías repetitivas que versaban sobre el amor, la concordia y la paz. Era, por tanto, un ambiente que hacía las delicias de las numerosas personas que, como nuestro hombre, recorrían el blanquecino pavimento, atestando la vía; no todos los días había una fiesta que celebrar.

No obstante, a nuestro hombre todas estas cosas, aun agradándole la vista en un primer momento, terminaron a la postre por agobiarle; toda esa amalgama de sonidos, luces, gente hablando sin parar y lechigadas de niños correteando de aquí para allá, le produjo una sensación de hastío, de disgusto. Decidió, entonces, apartarse un tanto de todos los demás, buscando algo de soledad en la multitud. Se acercó con paso decidido al escaparate de un comercio de aparatos electrónicos, muy luminoso, y observó atentamente un televisor, situado en la parte externa de la tienda, fuera del alcance de la mano. En su interior aparecía un individuo circunspecto, de tupido y negro mostacho y pobladas cejas. Vestía con pulcritud e iba peinado a raya. Con rostro riguroso, inflexible, pétreo, miraba de frente, como tratando de atisbar todo lo que había fuera de la tienda; se parecía al vigilante hermano del que nos hablara Orwell en su maravillosa novela. El individuo pronunció unas palabras, claramente comprensibles para nuestro hombre: «We´re working over: yesterday, today and tomorrow. Buy your life». Asustado, nuestro hombre desvió la mirada hacia los otros televisores del escaparate y, para despecho suyo, aparecía el mismo rostro inexorable repitiendo la misma frase. Algo martilleaba en la mente de nuestro hombre cada vez que esas insidiosas palabras irrumpían en sus oídos. No era ese el tipo de descanso que buscaba.

Reinició la marcha por la Avenida Principal, entre los codazos y los tropiezos con el resto de viandantes, y se detuvo en la primera bocacalle que encontró. Una imagen llamó su atención. De una oscura puerta, embellecida con tubos de neón, salieron unos extraños individuos de ojos opacos, que portaban unos alargados vasos de cristal y unas botellas de whisky. Cantaban, con voz aguardentosa, unas letras espantosas que sonaban a metal rechinando, al tiempo que rellenaban sus vasos y brindaban con alborozo. A duras penas podían mantener el equilibrio, ya que a su avanzado estado de embriaguez y sus continuos hipos había que añadir las irregularidades de la calzada; bien lo comprobó uno de ellos, que mientras hipaba y se tambaleaba como un descosido resbaló con un trozo de papel, aterrizando ridículamente en el untuoso suelo. Los otros se mofaron de forma cruel del damnificado, y siguieron con sus cantes y sus brindis. Nada cambiaba para ellos. Nuestro hombre quedó desconcertado por lo que había visto: otro escenario que era mejor olvidar. Miró hacia el otro lado de la calle, anhelante; ahí divisó un ingente edificio de verdosas paredes, forradas de carteles que mostraban bellas mujeres y grandes números. Sin dudarlo un instante, dirigió sus pasos hacia ese edificio.

Entró por una puerta de cristal, que se abrió automáticamente cuando estaba a un par de metros de la misma, y pudo contemplar una espaciosa sala alumbrada con minuciosidad y detalle. Filas y filas de estanterías y mostradores estaban preparados en el interior de la sala, exhibiendo prendas de todos los tipos: vestidos, chaquetas, camisas, pantalones, calcetines; ropa deportiva, ropa de niño, ropa de señora; ropa de verano, ropa de invierno; etc, etc. Para completar un tanto el ambiente, se había equipado a la sala de un equipo de megafonía. Esta instalación reproducía, entre otras cosas, canciones machaconas, semejantes a las que se oían en la calle, pero, sobre todo, una serie de taimados mensajes. «La felicidad está al alcance de su mano: adquiera dos prendas a un precio inmejorable y llévese tres», escuchó nuestro hombre con atención; «Gánese el aprecio y cariño de los suyos comprando nuestros productos. Usted no lo lamentará y ellos se lo agradecerán». El ritmo era constante: una canción y después un mensaje. Embotado por los mensajes, nuestro hombre deambuló, perdido y desorientado, por los pasillos, examinando las prendas con una mirada vacía. Entonces se dio de bruces con un mostrador azulado, situado en el centro del pasillo, sobre el que había un monitor; la pantalla mostraba una familiar imagen: el individuo bigotudo, el vigilante de pérfidas intenciones, y su consabida frase: «We´re working over… Buy your life». Nuestro hombre emitió un gruñido de desagrado e hizo un llamativo mohín, huyendo de la sala. Tomó unas escaleras mecánicas, accediendo a la planta superior. Allí se topó con más hileras de estanterías, que, esta vez, albergaban una mercancía diferente: juguetes de todas las clases. Había barcos, aviones, coches, robots, muñecos, juegos de mesa, consolas, bicicletas, y un sinfín de cachivaches y artilugios de lo más variado; la mayor parte de esos aparatos emitían unos ruidos espeluznantes, atroces. Y también había mensajes por megafonía: «Niño, esta es tu oportunidad. Pide al Hombre de Blanca Barba tus regalos, que te lo has ganado. En estas fechas tan señaladas puedes ser feliz». Era lo mismo que en la anterior planta. Nuestro hombre no podía aguantar más en ese edificio; su resistencia disminuía paulatinamente. Se marchó lo más rápido que pudo, no sin chocar antes con un rubio niño lloroso que estaba enfurruñado con su cachazudo padre.

Nuevamente en la calle, nuestro hombre se sumergió entre la multitud; esperaba que el aire fresco de finales de diciembre le aclarara un poco el cerebro. Durante un momento así fue, aunque las imágenes que le fueron saliendo al paso le volvieron a turbar. A medida que avanzaba por la Avenida Principal, nuestro hombre comprobó como aumentaba el número de individuos harapientos, astrosos, de rostro amoratado y barba rala. Hombres derrengados, segregados del resto de la sociedad, que pasaba al lado de ellos sin percatarse de su existencia; habían sido expulsados del paraíso porque no eran compradores. La mayoría de ellos estaban recostados sobre cartones, lo que les servía para librarse del gélido contacto con el suelo espolvoreado de nieve. En esa pose, se les podía ver extraer de sus raídos abrigos botellas de licor, que se llevaban a la boca con gran avidez. Cuando nuestro hombre se aproximó, curioso, a uno de ellos, rozando con sus limpios zapatos su asiento de cartones, fue abordado por otro colega, que insistentemente le pedía dinero para un trago. Estupefacto, nuestro hombre sacó la cartera con la intención de atender esa demanda, pero fue frenado en su intento. Unos fornidos policías irrumpieron en la calle desde un furgón, deteniendo al instante a todos los individuos harapientos, que casi no ofrecieron oposición. Minutos después, los policías introdujeron a los desaliñados hombres en el interior del furgón policial, entre increpaciones y empujones; los demás viandantes aplaudieron la heroica acción. Nuestro hombre no comprendió del todo la escena, y con gran esfuerzo consiguió hacerse paso entre la muchedumbre entusiasta, para poder continuar su camino.

Tras comprar unas castañas asadas a una lenguaraz vendedora de moño empingorotado y cabellos azafranados, nuestro hombre vagó unos minutos por la calle, cerrando los ojos muy de vez en cuando. De repente, de un antiguo edificio de marmóreos muros salió una extraña comitiva compuesta por elegantes y altaneros hombres, a cuya cabeza se situaba un individuo vestido con ropajes estrafalarios. En un tono atiplado, ese individuo proclamaba que el ser humano era el principal problema, que todo lo estropeaba con sus viles acciones, que la culpa era suya. Afirmaba, con su voz aguda pero firme, que si todo dependía del hombre, entonces todo era relativo; y si todo era relativo, entonces nada era seguro. «El yugo de la razón ha convertido al hombre en un pigmeo, y todo es vanidad», concluyó ese melifluo individuo, impetrando el perdón. Sus fieles seguidores acompañaban cada frase con un gesto de asentimiento, mientras lanzaban acusadoras miradas al resto de personas que pasaban por ahí. En un primer momento, nuestro hombre se mostró azorado ante esas misteriosas palabras; pero, posteriormente, empezó a sentirse mal, con un malestar desagradable que le encogía el corazón. Se sentía culpable. Prácticamente todo lo que había presenciado le había dejado un regusto amargo, y pensaba que algo tenía él que ver en ello. Ya no quedaba otra opción: debía volver a casa, a descansar.

Con gran pesadumbre, retomó su marcha al hogar, pululando como un fantasma entre la gran multitud que abarrotaba la calle. Todo el mundo le veía, pero nadie se fijaba en él, en su cara triste y pesarosa. Fue un consuelo para nuestro hombre abrir la puerta de su casa y experimentar la calidez entrañable de su personal interior. Regresaban la paz y la tranquilidad a su estado de ánimo. Una vez dentro del hogar, nuestro hombre pensó en recuperar las energías perdidas en el paseo; un humeante vaso de leche y unas galletas se encargarían de ello. Lo dejó todo preparado en una bandeja, al lado de su sillón predilecto, mas no pudo reprimir echar un último vistazo a la Avenida Principal. Acercó la frente al cristal de la ventana: algo había cambiado, porque ya no estaba él ahí, pero todo seguía igual. Quizá eso no tenía remedio. Se sentó en su sillón y se bebió su leche. Gradualmente, de forma placentera, fue cerrando los ojos, hasta quedarse dormido.

Y soñó, soñó…
                   
  


martes, 27 de mayo de 2014

El vigía luminoso

EL VIGÍA LUMINOSO.


Skimejon0717. Faro. Dominio Público.


NOTA PREVIA. El manuscrito que tengo el honor de presentar a continuación fue hallado por la expedición Quinlan-Caydan el pasado 22 de agosto de 2003. Durante el transcurso de sus investigaciones a lo largo de la costa norte de Egipto estos oceanógrafos, entre los que orgullosamente me incluía, descubrimos, casi por casualidad, una vieja arca en el fondo marino, a unos veinte metros de profundidad. Sus dimensiones eran regulares, aproximadamente un metro tanto de ancho, largo y alto. El material del que estaba compuesta era una extraña mezcolanza de diversos metales, nunca vista hasta entonces, que le daban un peso extraordinario. Decidimos, ante la imposibilidad de acceder a sus prístinos secretos, trasladar la caja inmediatamente a la ciudad de Marsa-Matruh, donde, por mediación de nuestro colega egipcio y codirector, Hosni Caydan, expertos en cerrajería nos revelarían su preciado contenido.

Así se hizo, y lo que encontramos fue una serie de pergaminos, algunos de ellos muy deteriorados y estropeados, escritos en griego clásico. Como ninguno de nosotros sabíamos hablar tan antigua e ilustre lengua, nuevamente nos tuvimos que poner en marcha, esta vez rumbo a la Universidad de El Cairo, en busca del inestimable magisterio del Catedrático en Filología Griega Robert Chester. Desgraciadamente, perdimos la caja durante el viaje; unos desarrapados de la zona tuvieron la perspicacia de creer que el llamativo objeto albergaba en su interior un legendario tesoro, y, sin ningún ápice de duda, nos sustrajeron el arca. Aunque, afortunadamente, no se llevaron los escritos, ya que no cometimos la imprudencia de dejarlos dentro de su milenario receptáculo.

El profesor Chester tradujo en total diez pergaminos, y no sin grandes dificultades, puesto que el griego que había en ellos escrito, a pesar de datar del siglo I antes de Cristo, era prolijo en arcaísmos. En su mayoría, estas pieles eran anotaciones de lo que parecía ser el registro de una biblioteca; sólo un escrito, el que aquí nos ocupa, despertó la curiosidad entre todos nosotros. Este pergamino en cuestión, el menos malogrado de todos, recogía, en unos caracteres trazados de forma frenética y precipitada, una especie de breve relato donde se describían las últimas peripecias de su protagonista. No pretendo desvelar su insólito argumento, que a todos nos dejó boquiabiertos, pero sí diré, como dato curioso, que la isla a la que alude debió guardar una simetría de distancias respecto a los puntos terrestres más cercanos. En efecto, a juzgar por los escasos datos que aporta el manuscrito, distaba unos 220 kilómetros (118 millas náuticas, más o menos) tanto de Creta, en dirección sureste, como de Cárpatos y Rodas, en dirección sur-sureste; no siendo menos sorprendente los aproximadamente 300 kilómetros que la separaban tanto de Finike, en la costa turca (en su momento la región de Licia), como de la costa egipcia. Los cartógrafos a los que consultamos reseñaron, con tenaz insistencia, esta noticia típica de novelas de misterio. Ignoramos, eso sí, la relevancia que, más allá de la mera curiosidad, pueda despertar esta constatación.

Y, sin nada más que añadir, dejo paso a la lectura del manuscrito, esperando, con furtiva ansiedad, que quien lo lea pueda arrojar algo de luz sobre su inquietante misterio. Doy sinceramente las gracias al profesor Chester por su adecuada traducción. 

EL MANUSCRITO. «Cuando el gélido invierno deposite su tupida siembra en la tierra, sabrás, con certeza, que los dioses han salido de su inmemorial letargo. Entonces ellos te mostrarán un albino sendero que conduce a la morada ancestral donde no existe la fatiga ni el trabajo, y donde la felicidad y el regocijo son eternos. Síguelo sin titubear, pobre mortal. Que tus piernas sean robustas y tu voluntad pétrea, o la silenciosa tierra de Ádelos verá satisfecha su ansia de saber con el mérito de su nombre.» Así rezaba uno de los múltiples oráculos que versaban sobre la oculta isla de Ádelos, mi patria, que yo, con la insensata torpeza del infame Epimeteo, azote para los hombres que se alimentan de pan, no fui capaz de comprender. Lastimosa e invisible Ádelos, ya nadie te podrá socorrer; aparte de tus condenados hijos, pocos hombres te han contemplado en plenitud. Y si lo han hecho, no podrán venir a tiempo: ni los valientes cretenses, puesto que el estéril ponto interpone más de mil doscientos estadios entre nuestras islas, en la dirección que sopla Argestes; ni los fatuos rodenses, que nos congratulan con sus cereales y frutas, ya que Bóreas debe recorrer la misma distancia sobre el azulado mar para viajar desde esa isla a la nuestra. Pero sólo pierdo el tiempo lamentándome vanamente por lo que vendrá, que ya no me concierne. No obstante, y ya que la cólera divina me lo permite, escribiré como pueda el trágico itinerario que mi desdichada alma recorrió en esta última jornada, para que sirva de advertencia y escarnio al resto de mortales.

Me encontraba esta mañana, como es habitual en mi, trabajando en la suntuosa biblioteca de la pólis, tesoro del saber y único orgullo de la diminuta Ádelos. Estaba organizando y colocando los valiosos escritos que había traído de mi último viaje a Atenas, a esa Atenas dominada y sojuzgada por el bárbaro poder de los ausonios del Lacio. Llevaría, poco más o menos, unas tres horas trabajando con los volúmenes cuando, impetuosamente, mi vista empezó a nublarse. Atolondrado como estaba, decidí que lo mejor era salir a dar una vuelta por el ágora, en busca de alguna distracción o compañía. No hallé ni lo uno ni lo otro; el glacial frío que anidaba en cada recoveco invitaba a todos los habitantes a permanecer en algún sitio cerrado, a buen cobijo. Agarrando firmemente mi manto, para cubrir herméticamente el cuerpo, dirigí mis pasos a una pequeña casita a las afueras de la ciudad, donde solía ir para relajarme y apartarme de los pensamientos tempestuosos. Pensé que esto sería lo mejor; no deseaba, para nada, recibir la diatriba de insulsas pláticas que, provenientes tanto de mujer como de esclavos, me aguardaban en mi casa de la pólis. Además, había cumplido con los sacrificios y demás ritos religiosos, por lo que no había nada, a excepción del trabajo en la biblioteca, bastante avanzado, que me obligaba a permanecer en ese lugar.

Salí por la puerta oriental, custodiada por dos fornidos guardianes, no sin antes admirar la desafiante y enorme torre que regía la pólis, desde la que se podía escrutar todo el mar circundante. Esta arcaica construcción, de casi doscientos pies, había sido erigida en un atávico pasado donde apenas alcanza la memoria; varios libros de la biblioteca, como la recopilación de nuestro sabio local Menígenes, afirmaban que fue obra de los conspicuos vecinos del sur, los egipcios. A medida que, con invariable resolución, me alejaba de la pólis, podía comprobar como los remolinos y turbulencias que se estaban formando en lo alto del cielo ocultaban lentamente el alto torreón. Asombrado, empecé a sospechar que se avecinaba una nevada, espectáculo novedoso en una isla que se caracterizaba por la bonanza de sus temperaturas. En toda mi vida, que no ha sido precisamente corta, jamás había visto algo igual y, por lo que puedo recordar, tampoco había leído en la biblioteca alguna información que corroborara lo contrario.

Tras recorrer unos trescientos pies desde la muralla, el camino comenzaba a descender. Rodeado de espesos arbustos y algún que otro olivo, el camino serpenteaba graciosamente por la ladera que descendía hasta terminar en el amplio valle donde se ubicaba mi casa de recreo. Un furibundo viento soplaba de frente, acompañado por el tétrico roce de las ramas. No me amilané y seguí caminando. Cuando percibí los gañidos de los perros de las casas colindantes a la mía, comprendí que el trayecto estaba llegando a su final. Enseguida, pensé, la hierática estatua de Palas Atenea, de ojos glaucos, aparecerá en todo su esplendor. Y así fue. Situada en la encrucijada inmediatamente anterior al conjunto de casas campestres, la diosa hija del Tonante levantaba, con gesto adusto, su mano izquierda, apuntando directamente en dirección a la torre que presidía la silenciosa ciudad de Ádelos. Pasé respetuosamente, sin detenerme, y en poco tiempo divisé mi humilde casa.

Una vez dentro del hogar, encendí un fuego y preparé una frugal comida; con tanta sobriedad, cualquier conciudadano me podría haber dicho que parecía uno de esos incultos romanos comedores de gachas. Terminé rápidamente el refrigerio y me dispuse a leer varios libros de filosofía. Me recosté en un confortable lecho y, de forma gradual, fui cayendo en una dulce ensoñación; podía sentir unos extraños ruidos, como de proyectiles que golpearan vivamente el techo. Me dormí profundamente.

Un terrorífico estruendo me devolvió, sobresaltado, a la vigilia. Torpemente, con vacilación, logré salir de mi habitáculo y, con el vello erizado, pude contemplar el níveo manto que el cielo, ahora calmado, había arrojado sobre nuestra isla. Todo era tan extraño... No se oía nada, ni tan siquiera el balido del ganado. Parecía como si el blancuzco paisaje se lo hubiera tragado todo. Llamé excitadamente a algunas casas, pero no obtuve ninguna respuesta. Con los miembros ateridos por el inusual frió, inicié una tortuosa marcha hacia la ciudad, introduciendo pesadamente los pies en la nieve.

Al volver a cruzarme con la rutilante figura de Atenea observé como, con ojos inyectados, la belicosa diosa me seguía indicando la posición de la torre. Entonces, oteando hacia lo alto de la ladera, contemplé, absorto, una flamígera fortificación. Apesadumbrado, estimé que se trataba de la insigne torre, que había sido incendiada. Sin embargo, ardía con un fuego pálido, casi tan blanquecino como la nieve que cubría la muralla y las casas. Armándome de valor, continué reptando, como pude, por el ascendente camino, sin importarme mi integridad física. En mi hipnótico caminar, me desplomé multitud de veces sobre el congelado elemento, que me provocó, al contactar con mis manos, una agobiante quemazón en ambas palmas.

Unos oscuros pájaros comenzaron a surcar el grisáceo cielo mientras, a mi espalda, el ensordecedor murmullo de lo que parecía ser una gigantesca ola se extendía por todas partes. Me sentí azorado, aturdido; mi ingenua mente no podía dosificar todo este cúmulo de experiencias. Y así ocurrió lo inevitable, ya que, picado por una insana curiosidad, me di la vuelta para observar ese magno acontecimiento, al tiempo que un trueno en forma de lamento restalló desde la llameante torre. No vi ninguna ola, pero sí agua, mucho agua. Todo el valle estaba inundado por un líquido verdoso, putrefacto, del que emergieron, ante mis desorbitados ojos, los tres hijos de Gea y Urano «cuyo nombre no debe pronunciarse», esos tres «monstruosos engendros» de los que nos hablara Hesíodo en su Teogonía, cuyas palabras reproduzco. Cada una de estas criaturas infernales, poderosa arma del Tonante, emprendió, con su centenar de brazos, la destrucción de la isla; su implacable proceder era mimético y calculado, dirigido, sin duda, por el padre de dioses y hombres. Entonces, ¡oh, divina providencia!, el enigma se aclaró. De forma diáfana el viejo oráculo se apareció en mi mente, tan sencillo como una adivinanza infantil. Pero ya nada podía hacer, porque, con mi ruinosa constatación, comprendía las señales divinas cuando éstas ya se habían producido y no antes, como es propio de los seres inteligentes y astutos. Desolado, retomé mi camino ante la vorágine destructiva de los uránidas. Mi tiempo se acababa.

Entré en la desértica polis; la antigua torre, antes llameante como un faro, ahora era tan solo un montón de escombros. Me dirigí a la biblioteca donde, en estos momentos, termino de escribir, tembloroso, estas líneas. Espero tener tiempo suficiente para guardar este escrito en el arca, a salvo, quiéralo Zeus, de la destrucción y del olvido.… Porque, ¿quién conoce la voluntad divina?… No hemos superado la prueba de los dioses, y, por eso, ellos castigan nuestra vanidad: primero, el Tonante con la destrucción; y, después, Mnemósine con el olvido, enemigo de toda certeza. Nuestra única riqueza y motivo de arrogancia, la biblioteca, se perderá para siempre; los poemas del divino Homero, los diálogos de Platón, las obras del estagirita, las tragedias de Esquilo, las comedias de Aristófanes, la Historia de Heródoto, los tratados del recientemente fallecido Cicerón.…  El oráculo se ha cumplido, ingrata isla. Pronto te ocultarás entre las viscosas aguas, invisible para los mortales, como presagiara tu calamitoso nombre…

(fin del manuscrito)