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sábado, 15 de marzo de 2014

Takeshi Kitano: talento para lo trágico y lo bufonesco

En esta ocasión presento otro artículo recogido en la revista Zona libre. Fue en el número 7, de mayo de 2005, en cuya portada aparece un cuadro atribuido a Luis Tritán, discípulo del Greco, sobre el martirio de San Sebastián (portada que incluyo a continuación). Este artículo es un breve repaso por la vida y obra de Takeshi Kitano, polifacético personaje que en España empezó a conocerse a través del programa Humor amarillo, a principios de los noventa con la televisión privada (en Japón se conocía como Takeshi´s Castle). A este artículo le iban a seguir otros (desde la sección Culturiza.T) sobre distintas películas de Kitano, pero lamentablemente el número 7 de Zona libre fue el canto del cisne de esta revista, que no se volvió a publicar más.




TAKESHI KITANO, TALENTO PARA LO TRÁGICO Y LO BUFONESCO.

Si hay un artista que, en la actualidad, da siempre que hablar, y bastante, ese no puede ser otro que Takeshi Kitano. Aunque en nuestro país es recordado casi exclusivamente por el alocado programa Humor amarillo, que Tele 5 emitió a principios de los noventa (¿quién no recuerda los trompazos que esos insensatos orientales se pegaban con las zamburguesas?), este japonés que ronda los 58 años ha hecho algo más que entretenimiento televisivo; así lo prueban los innumerables oficios que ha desempeñado, donde, de una forma u otra, ha desarrollado siempre una vena artística muy personal, a saber: periodista deportivo, columnista en diarios nipones, novelista, poeta, moderador de debates, actor de cine y televisión, cineasta y, por encima de todo, cómico. Porque, a pesar de que ahora está mucho más interesado por el cine, su gran aspiración fue, desde el principio, el mundo de lo risible.

Ciertamente, este estudiante de ingeniería rompió el corazón a sus padres cuando fue expulsado de la facultad y decidió que su fin en la vida (imperdonable fin) era convertirse en cómico. Para ello, no dudó en aceptar cualquier tipo de trabajo que lo mantuviera cerca de los escenarios, ya fuera de camarero o ascensorista. Precisamente en el ascensor conoció al director del teatro que, sabedor de sus intenciones, una noche le dio la oportunidad de “estrenarse” cuando el cómico que debía actuar se ausentó. La cosa no salió mal, ya que no trabajó más en el elevador; es decir, continuó con sus actuaciones, depurando su estilo. De este modo conoció a Kioshi Kaneko, con el que formó el transgresor dúo “The Two Beats”, pareja artística del manzaï (estilo cómico parecido al Club de la comedia) que obtuvo gran aceptación en teatros y locales, lo que les catapultó directamente a la televisión y radio niponas. Gracias a la pequeña pantalla, Takeshi Kitano (que entonces se hacía llamar Beat Takeshi, sobrenombre que después ha mantenido cuando se acredita como actor) se encumbró a lo alto de la popularidad, siendo un rostro muy reconocible en su país durante la década de los setenta.

martes, 25 de febrero de 2014

Cultura basura en la televisión: libertad a pesar de todo

Este artículo fue recogido en el número 6, de mayo de 2004, de la ya desaparecida revista Zona libre, una revista juvenil editada por la Concejalía de Cultura y Juventud del Ayuntamiento de Yepes. Hay algunas cosas que me corregiría hoy, pero en líneas generales mantengo lo escrito entonces.

CULTURA BASURA EN LA TELEVISIÓN: LIBERTAD A PESAR DE TODO.

    Desde hace un tiempo existe en la televisión ─concretamente, en La 2─ un programa de debates que aborda temas de candente actualidad y llamativo interés. En este artículo voy a  centrar la atención en un debate que tuvo como cuestión a discutir la fama, tal y como hoy es entendida; fue, todo hay que reconocerlo, una de las pocas ocasiones en las que el medio televisivo se torna reflexivo y crítico consigo mismo y con los demás medios. A grandes rasgos, el punto principal del coloquio giró en torno a los famosillos de medio pelo, esos personajillos que, sin destacar a ningún nivel ─ni profesional, ni artístico, ni humano siquiera─ pueblan o copan de forma insidiosa la mayor parte de los contenidos en televisión y prensa. Se afirmó, o se reconoció, por algún contertulio, que antes, hace unas décadas, la gente se formaba un nombre en la sociedad por sobresalir en algo (música, cine, literatura...), mientras que ahora, para ser famoso, tan sólo basta alimentar la frivolidad o el morbo del respetable; en otras palabras, que ahora perfectamente se puede sostener aquello de que «la fama es fácil conseguirla; lo difícil es merecerla».

     Sin embargo, no es mi intención dilucidar si esta última aseveración es solo aplicable a nuestro tiempo ─algo dudoso, por supuesto─, sino, más bien, apuntar qué origina este tipo de fama, esta clase de famoso-casposo, para entendernos mejor. Y, sin pretender ser dogmático, estimo que la respuesta se encamina hacia lo que ahora se conoce como cultura basura, una cultura muy ligada al consumismo y al neoliberalismo imperantes en la actualidad. De sobra es conocida la cantidad de veces que aparece esta palabra en diversos aspectos de lo que, podríamos denominar, es nuestra realidad cotidiana: contratos basura, comida basura, telebasura, etc; en consecuencia, todas estas manifestaciones, relativas a costumbres, leyes y hábitos, conforman, a mi juicio, una cultura. Y una cultura no es algo que hagan unos cuantos señores con mucho poder e influencia desde sus despachos, sino que es algo mucho más complejo, algo que, desde luego, requiere la participación de los demás miembros (o de un buen número de ellos) de una sociedad. Así, y teniendo en cuenta únicamente la vertiente mediático-social, estos señores pueden, y están en su derecho, idear ciertos programas y ciertos contenidos, que luego calificamos de basura por su vulgaridad y pobreza, pero esto no basta para que estos programas, y los famosetes que los protagonizan, se consagren automáticamente; es necesario, cómo no, la aceptación del público, que es quién verdaderamente los aupa al estrellato, los convierte en parte de su vida, una parte, las más de las veces, muy importante. Sociedad y cultura van unidas, aunque no sean exactamente lo mismo. Ahí tenemos los datos, en millones de espectadores, de programas tan deleznables como Gran Hermano o la Selva de los Famosos, o las cifras, en millones de ejemplares, de las revistas del corazón que se venden semanalmente. En este sentido, tiene toda la razón del mundo el filósofo Gustavo Bueno ─que, por cierto, participó en el programa de La 2─, cuando dice que «cada sociedad tiene los famosos que se merece»; es decir, cada sociedad comparte una cultura, y producto de esa cultura ─en este caso, cultura basura─ es el tipo de famoso al que se quiere seguir y emular. En nuestro afán de consumir, invadidos por la publicidad, consumimos de todo, y las vidas de los demás no van a ser una excepción que nos detenga. Por eso, guiados por este consumismo y por una alarmante falta de valores, no tenemos ningún reparo en compartir y consagrar esta cultura, peyorativamente llamada cultura basura, y todas sus consecuencias.

     No obstante, una cultura no es algo que permanezca inalterable por el resto de los tiempos. Aunque para muchas personas la cultura es algo parecido a lo inevitable, a lo que es así porque así es, lo cierto es que nada ha cambiado, ha variado, tanto en este mundo como la sociedad y la cultura. No hay más que ver el profundo cambio que ha dado nuestro país en los últimos veinticinco años para darse cuenta de lo que estoy hablando. Como bien dice otro filósofo español, «lo “natural” entre los humanos es producir cultura»; el hombre, en contacto libre con otros hombres, genera cultura. Por eso hay que admitir que somos responsables del tipo de cultura que predomina en nuestra sociedad; es decir, no es algo que nos venga impuesto desde arriba, por narices, sino que, como ya dije antes, requiere nuestra aceptación, nuestro consentimiento (a nadie se le obliga por ley a ver la tele o a comprar una revista), de modo que yo no considero inevitable que millones de personas vean cierto programilla. En efecto, en el uso de nuestra libertad de elegir, nosotros decidimos si vemos o no un programa en cuestión (y ahí están la gran cantidad de programas y series que no duran más de una semana porque la gente, sencillamente, no los ve), con lo que la famosa excusa «es que no hay otra cosa en la tele» no tiene validez alguna. Así, en vez de quejarse amargamente sobre nuestra televisión y nuestra prensa (echándole la culpa a las cadenas o a quien sea), lo que debemos hacer, si queremos desterrar la basura, es reclamar, con el uso de nuestra libertad, otro tipo de televisión, otro tipo de contenidos; esto es, otro tipo de cultura. Tenemos otras muchas opciones para dedicar nuestro tiempo; en caso contrario, parecería que, tras siglos de civilización, la única alternativa del hombre actual es telebasura o telebasura. Esto es una simpleza intolerable. Yo, personalmente, no creo que nuestra libertad esté en tan paupérrimo estado.