sábado, 26 de julio de 2014

Derecho, moral, Constitución

El positivismo metodológico postula una «forma de aproximarse al Derecho»[1], un procedimiento mediante el que se consigue alcanzar la verdad del Derecho. Su mejor argumento es el de la separación entre Derecho y moral, también conocido como «tesis de la neutralidad», constituyendo la tesis central de lo que se entiende por positivismo jurídico. Según esta tesis lo que define conceptualmente al Derecho no es su contenido, en mayor o menor armonía con la moral, sino su particular modo de hacer efectivo ese contenido[2]; empleando un símil literario, podemos decir que el Derecho es una novela en la que no importa el argumento, sino el estilo, la forma. Así pues, lo que caracteriza al Derecho es el empleo de la fuerza para hacer valer sus prescripciones; este es su ingrediente principal. Por supuesto, el Derecho presenta siempre una conexión con el sistema normativo de la moral[3], que tiene que ver con su contenido; pero este enlace con la moral es un rasgo contingente en el sentido de que el Derecho puede estar conectado con cualquier tipo de moral. Como bien resume el profesor Prieto, «la idea es, pues, que el Derecho no tiene por qué expresar el dictamen de la moral, sino que es el producto de una convención, de un mero acto de voluntad»[4]. En definitiva, el Derecho no tiene por qué ser necesariamente justo, no existiendo, a este respecto, una obligación moral de obedecerlo.

Joergelman. Bibliotecabufete. Dominio Público.

 
Pues bien, el constitucionalismo se opone frontalmente a esta concepción positivista, apostando por el punto de vista contrario. Y esto es así porque la Constitución, en función de sus principios[5], se ha “rematerializado”, concentrando en su texto lo que Luis Prieto cita como «ética de la modernidad»; es decir, se ha introducido en la norma suprema, que es una norma jurídica, una gran cantidad de valores morales, siendo los más destacables la democracia y los derechos fundamentales, tantas veces traídos a colación. Los principios constitucionales han “positivizado” una ética[6]; son, dicho rápidamente, Derecho y moral al mismo tiempo[7]. Así, la ética positivizada por la Constitución deja de estar a extramuros del Derecho, como un criterio que sirve para medir la justicia del sistema jurídico, para fundirse con el mismo Derecho, erigiéndose, además, en criterio de validez del resto de normas gracias a la supremacía de la Constitución[8]. Esto es lo que se denomina «desplazamiento del juicio moral»[9], que lleva aparejado una conexión entre Derecho y moral, conexión producida, como acabamos de ver, por la Constitución. Ni que decir tiene que, de esta anunciada conexión, se deduce una obligación moral de obediencia al Derecho. Sin embargo, esto no entra en contradicción con la tesis positivista de la separación, puesto que ésta nunca negó que tal unión pudiera darse, sino que se limitó a esclarecer que tal ligazón no era, de por sí, necesaria. Para ser más exactos, si nos atenemos a la clásica distinción entre moral social y moral crítica[10], lo que la tesis de la separación niega con rotundidad es la vinculación entre el Derecho y la segunda, mientras que concede sin reparos una conexión con la primera, esto es, con la moral social sentida por una comunidad[11]. Y las Constituciones modernas no dejan de establecer una conexión entre Derecho y moral social, ya que los principios pueden tener un contenido moral de lo más variable, es decir, pueden tener cualquier contenido moral[12], por lo que si conectan al Derecho con alguna moral es con la moral social. Ahora bien, si desde estos planteamientos constitucionales se ha sugerido esta conexión es porque se partía del convencimiento de que la moral que aparecía reflejada en la Constitución era la moral crítica, verdadera, esclarecida, cosa que no es así[13]. Una moral se institucionaliza en un texto normativo cuando es mayormente compartida por una comunidad, pero, si esto es así, entonces esa moral es una moral social, perfectamente revisable desde otras posturas más críticas. Luego debemos mantener la tesis positivista de la separación entre Derecho y moral.

En consecuencia, el profesor Luis Prieto, sopesando todos estos argumentos, ve plausible la formación de un «constitucionalismo positivista»[14], de una teoría que propugna una Constitución como «consenso de moralidad pública», como punto de vista acerca de la justicia, pero, al mismo tiempo, reconoce abiertamente que la Constitución no abarca por sí misma toda la moral. De este modo, aun reconociendo que todo Derecho representa una posición moral, se posibilita, desde la instancia de una moral crítica, la revisión de su contenido, la discusión sobre su justicia o injusticia[15]. Este modelo, que Luis Prieto considera semejante al tipo de ciencia jurídica propuesto por Luigi Ferrajoli, se muestra respetuoso con la tesis positivista de la separación entre Derecho y moral, permitiendo, por lo demás, que se mantengan ideales tan arraigados como la democracia y los derechos básicos de las personas por medio de esa crítica constante a la justicia de la Constitución[16].                    




[1] Luis Prieto Sanchís, Constitucionalismo y Positivismo, Fontamara, México, 1999, citado página 11.
[2] Idem, Pág. 12: «lo que lo define (al Derecho) no es aquello que manda o prohíbe, sino la forma de hacerlo» El paréntesis es mío. En la página siguiente el profesor Prieto especifica más esta afirmación, al escribir que «el Derecho se define, no en función de su contenido más o menos coincidente con la moralidad, sino en función de un elemento especifico, como es la organización del uso de la fuerza o, si se quiere, del hecho de que tales contenidos aparecen vinculados al uso de la fuerza».
[3] Idem, Pág. 12, donde se dice que el Derecho «presenta siempre determinado contenido ético susceptible de ser enjuiciado desde el punto de vista de la moralidad».
[4] Idem, citado página 13. Con este argumento se quiere dar cuenta del origen social del Derecho.
[5] El argumento de los principios ha abanderado las críticas lanzadas contra el positivismo. Ver Santiago Sastre Ariza, Ciencia Jurídica Positivista y Neoconstitucionalismo, McGraw-Hill, Madrid, 1999, Pág. 145. En este sentido, merece ser tenida en cuenta la teoría de Ronald Dworkin.
[6] Idem, Págs. 49 y 50.
[7] Para Gustavo Zagrebelsky esto supone uno de los mayores «rasgos de orgullo para el derecho positivo». Los principios constitucionales suponen un intento de positivizar determinados contenidos del derecho natural, que de este modo dejan de estar fuera del Derecho. En este sentido, se suele llamar la atención sobre la connotación  iusnaturalista del constitucionalismo.
[8] «Las normas del sistema ya no sólo deberán respetar determinados requisitos formales y procedimentales, sino que habrán de ser congruentes con principios y valores que son morales y jurídicos a un tiempo», Constitucionalismo y Positivismo, citado página 50. 
[9] Constitucionalismo y Positivismo, Pág. 66: «lo que antes era un juicio moral sobre la justicia de la norma se convierte ahora en un juicio jurídico sobre la validez de la misma».
[10] Hay que precisar que esta distinción es habitual en el ámbito de la filosofía del derecho. De este modo, la moral social se puede definir como el conjunto de exigencias morales compartidas por una comunidad determinada. El jurista John Austin, autor de The province of jurisprudence determined, fue el primero en utilizar la expresión «moral social». El positivismo jurídico no niega que el Derecho esté relacionado con la moral social, algo que sin duda influirá en su aceptación, en su estabilidad. Por otro lado, la moral crítica se puede entender como aquella moral que permite valorar las pautas de la moralidad social desde un punto de vista más autónomo, más personal; también suele ser calificada con los adjetivos de «correcta», «racional», «ideal» o «esclarecida». Aquí el positivismo jurídico es más tajante: no existe una relación necesaria o no contingente entre Derecho y moral crítica. El Derecho no siempre refleja en sus mandatos las exigencias de la moral crítica.
[11] Constitucionalismo y Positivismo, Pág. 73: «el Derecho necesariamente apela a la moral, pero a la moral social o de los operadores jurídicos, que históricamente ha presentado y presenta los más variados contenidos y perfiles, algunos que hoy nos parecen abiertamente inmorales».
[12] «Luego todo parece indicar que si los principios constitucionales acreditan la presencia de la moral en el Derecho... esa moral es la moral social, o sea, cualquier moral», Constitucionalismo y Positivismo, citado página 78.
[13] Idem, Pág. 74.
[14] Idem, Págs. 62 y ss.
[15] Idem, Pág. 63.
[16] Idem, Pág. 64. 

miércoles, 16 de julio de 2014

Magistraturas romanas: el cónsul

El consulado era la más alta magistratura ordinaria del ordenamiento republicano, hasta el punto de que Cicerón alude a la misma calificándola como una magistratura con “poder regio”. Para este autor «los cónsules detentaban un poder que si bien en el tiempo era limitado a un año, tanto por su naturaleza como por su carácter jurídico era semejante al de un rey»[i]. Es decir, el cónsul era el magistrado que heredó el imperium que anteriormente había ostentado el rey, y por ello, en La República, sitúa su aparición en el mismo momento en el que nació el régimen republicano a la caída de Tarquinio el Soberbio[ii]. Símbolo de este imperium recibido de los reyes eran los lictores, portadores de las fasces, que acompañaban a uno de los cónsules de forma alternativa cada mes[iii], y que, entre otros cometidos, se encargaban de ejecutar las sentencias pronunciadas por el magistrado[iv].


15299. Estatuapiedracésar. Dominio Público.


No obstante, según Armando Torrent la magistratura más importante de principios de la República fue un praetor maximus, ayudado por dos praetores minores. El propio Cicerón, en Las Leyes, al referirse al consulado lo hace llamando a los que revisten esta magistratura «pretores, jueces y cónsules», por sus funciones, que consistían en presidir, juzgar y consultar[v]. Probablemente, esta fue la principal magistratura entre el año 509 y el 451 a.C, fecha de la irrupción de los decemviri legibus scribundis. Después de los decenviros, retornaron estos «pretores, jueces y cónsules», aunque la tenaz oposición plebeya consiguió suplantarlos por unos tribunos militares con poderes de cónsul[vi] hasta el año 367, con la lex Licinia de consule plebeio. Tras esta ley, símbolo de la alianza patricio-plebeya, este cargo de pretor-juez-cónsul se dividió en dos: el de cónsul propiamente dicho, en un número de dos y por un año de mandato, máxima magistratura a la que podían acceder los plebeyos; y el de pretor, que se encargaría de la administración de justicia, y estaría reservado en exclusiva a la clase patricia. En definitiva, se había producido una importante reforma en la constitución republicana, si bien los conflictos entre patricios y plebeyos a propósito del consulado continuaron hasta el año 342, en el que un plebiscito del tribuno Lucio Genucio permitió que los dos cónsules fueran plebeyos[vii].

Según Cicerón, los cónsules asumían la suprema autoridad sobre el ejército y no obedecían a nadie, siendo su finalidad primordial la seguridad del pueblo romano[viii]. Esto quiere decir, en primer lugar, que, en caso de guerra, los cónsules se ponían al frente de las legiones, acometiendo la leva de las tropas y su dirección, en virtud de la cual podía conceder distinciones a los soldados más valerosos[ix], o sancionar a los más indisciplinados[x]. Asimismo, el cónsul tenía derecho a tomar los auspicios antes de trabar combate[xi], y al triunfo si salía victorioso[xii]. Respecto a los otros magistrados, excepto los tribunos de la plebe[xiii], los demás debían prestar obediencia al cónsul. Por tanto, los cónsules eran los jefes supremos del Estado, los que recibían el imperium, tanto civil como militar.

Además, los cónsules tenían el derecho de convocar al pueblo y al Senado, presidiendo sus sesiones, y, en el caso de los comicios centuriados, pudiendo presentar proyectos legislativos. Varrón nos muestra, en De Lingua Latina VI, 88, un fragmento en el que se detalla cómo se realizaba la convocatoria de los comicios centuriados. Precisamente, los cónsules eran elegidos en estos comicios, bajo la presidencia del cónsul saliente. Ya se dio cuenta más arriba de las dificultades que se presentaron para convocar estos comicios después de la ley Licinia, que en algunos casos desembocaron en interregnos. Según la obra de Tito Livio, esto obedecía a que a los patricios les desagradaba sobremanera ver a un plebeyo celebrar estos comicios, ya que suponía tener derecho a tomar los auspicios, algo que consideraban sacrílego[xiv].

El poder supremo del cónsul estaba sujeto a una serie de límites. El más firme de ellos era el que ejercía el tribuno de la plebe mediante su veto (intercessio); no en vano, este fue el motivo por el que apareció esta magistratura plebeya[xv]. También la potestad del cónsul se veía constreñida por la autoridad y dirección del Senado y, dentro de la ciudad, por la provocatio ad populum, según se desprende de varios pasajes de la obra de Cicerón[xvi].




[i] Cic. De Rep, II, XXXII, 56. Marco Tulio CICERÓN, La República y Las Leyes, Akal, Madrid, 1989, Edición de Juan María Núñez González.
[ii] Cic. De Rep, I, XL, 62; II, XXXI, 53; II, XXXV, 60. También Liv. IV, 3, 9-10 y 4, 3.
[iii] Cic. De Rep, II, XXXI, 55.
[iv] Liv. VIII, 7, 20. Se narra la historia de Tito Manlio, cónsul, que ordena a un lictor decapitar a su hijo, que había desobedecido una orden de su padre, quebrantando la disciplina militar. TITO LIVIO, Historia de Roma desde su Fundación, tomo II libros IV-VII y tomo III libros VIII-X, Gredos, Madrid, 1990, Edición de José Antonio Villar Vidal.
[v] Cic. De Leg, III, III, 8. Etimológicamente, pretor (praetor) viene de prae-ire ( “ir por delante”, “preceder”), juez (iudex) de iudicare (“juzgar”), y cónsul de consulere (“consultar”). Varrón, en De Lingua Latina V, 80, denomina cónsul a aquella «persona que tiene potestad para consultar (consulere) al pueblo y al Senado», y pretor al que «está al frente (praeiret) de la justicia y del derecho». Marco Terencio VARRÓN, De Lingua Latina, Anthropos, Barcelona, 1990, Edición bilingüe a cargo de Manuel Antonio Marcos Casquero.
[vi] Los “pretores, jueces y cónsules” eran siempre patricios. Livio nos muestra como este hecho molestaba enormemente a la plebe, dando origen a grandes revueltas en la ciudad, que propiciaron la elección de esos tribuni militum consulari potestate (aunque hasta el año 410 hubo muchos años en los que se siguieron eligiendo cónsules).  Los plebeyos podían acceder a este tribunado, aunque no lo hicieron hasta el año 400 (Livio V, 12, 9).
[vii] Lo que según Armando Torrent es una prueba evidente de esa nueva clase dirigente que surgió después de las luchas patricio-plebeyas: la nobilitas.
[viii] Cic. De Leg, III, III, 8.
[ix] Liv. VII, 26, 10 y 37, 1-2.
[x] Kunkel, “Historia del Derecho Romano”, Ariel, Barcelona, 1982, traducción de Juan Miquel, pág. 24.
[xi] Liv. VIII, 9, 1; IX, 14, 3-4.
[xii] Liv.  IX, 40, 20.
[xiii] Cic, De Leg, III, VII, 16; De Rep, XXXIII, 58.
[xiv] En Livio, VII, 6, 7-12. Lucio Genucio es el primer cónsul plebeyo que se encarga de una guerra, tras su aprobación por el  pueblo. Este cónsul acabó pereciendo en una emboscada. El texto dice que partió con sus propios auspicios, y que su muerte significaba haber llevado los auspicios «donde la piedad no lo permite», razón por la cual los plebeyos no tenían ni derecho humano ni divino a ello. El derecho a tomar auspicios era propiedad exclusiva de los patricios (Livio, VI, 41, 4-5).
[xv] Cic. De Rep, II, XXXIII, 58, y De Leg, III, VII, 16.
[xvi] En particular, De Rep, II, XXXI, 53, y De Leg, III, III, 6. En este último pasaje se excluye el derecho de apelación en el ejército contra el que ejerce el mando.

jueves, 10 de julio de 2014

Un eslabón más en la cadena



UN ESLABÓN MÁS EN LA CADENA.



        Yarald, Alto Príncipe de Trapadocia, no podía ocultar la tempestuosa cólera que afluía a su mente, y que externamente afeaba, todavía más, su rostro simiesco de ojos diminutos, apenas perceptibles, y nariz un tanto aguileña. La causa de tan amargo momento no era otra que el vil ataque perpetrado contra su castillo en Larinia, la noble capital del reino. Mientras cazaba el jabalí el día anterior, por invitación del Duque Arne, una banda de malhechores y desaprensivos, bien organizados, asaltó el vetusto castillo con dardos incendiarios; el edificio ardió como una tea. Su fiel esposa y sus hijas pudieron salvar la vida, al contrario que el resto de su familia, invitados y personal de servicio, que, con tamaña acción, entraron de forma inesperada en el Hades. La burda añagaza había dado resultado, y le infectaba de un dolor que invadía su alma con insidiosa tenacidad, haciéndole fruncir el ceño y apretar los dientes en una mueca horrible, tenebrosa.

        ¡Este ultraje no puede quedar impune! ¡Esta fechoría debe ser castigada! – Bramó fuertemente entre los restos calcinados, ante las atónitas miradas de sus legados y soldados. – Mi justicia sin límites caerá como una pesada losa sobre los culpables, que desearán no haber nacido. ¡Los patriotas me seguirán en esa cruzada contra esas hienas traidoras!


Hans. Fortaleza de Hohensalzburg. Dominio Público.


        La leva de tropas se acometió inmediatamente. Había que responder, fuera como fuera; no se podía permitir que esos rufianes camparan a sus anchas por el reino, preparando, seguramente, nuevas trapacerías que sufrirían los angustiados inocentes. Y, sobre todo, había que buscar un responsable, un cabeza de turco. No tardó mucho tiempo en dilucidar tan acuciante cuestión; las profundas elucubraciones no eran precisamente de su agrado. Incluso rechazó el dictamen del Consejo de Ancianos, que preceptivamente había solicitado, porque le sugerían que indagara algo más, que mejorara las pesquisas antes de tomar una decisión. Pero no; no podía ser. Las pruebas que tenía eran suficientes, determinantes. Y cada segundo de duda, de retraso, horadaba su corazón, que le traía a colación los rostros desesperados y agonizantes de sus familiares. La reflexión es buena para los filósofos, no para los hombres de acción, se decía continuamente.

        ¡Ha sido Arne! – concluyó en un arrebato de ira en presencia de sus sumisos generales. Un rato después, mientras pasaba la mano siniestra por su puntiaguda oreja derecha y la comisura de su boca vagamente trazada, continuó: – Quiero que las tropas estén preparadas y equipadas en dos días. Llamad a todos los nobles. Espero que me proporcionen ayuda en esta lucha contra el mal.

        El Duque Arne, Jefe de la montañosa región de Capatinia, no se sorprendió cuando le comunicaron la acusación. Desde hacia tiempo conocía el malestar que la política de Yarald, que detraía a los ciudadanos de Capatinia el triple de tributos por el simple motivo de ser de distinto credo, suscitaba entre sus paisanos. Además, sabía que las leyes prescribían sanciones más duras a los capatinios, e impedían que pudieran comerciar con otras regiones en igualdad de condiciones. Y tampoco ignoraba los continuos actos vandálicos que, en los últimos años, sus conciudadanos cometían en Capatinia y en otras regiones del reino. Por ello, estuvo secretamente involucrado en el ataque contra el castillo de Yarald, suministrando armas y entrenamiento a sus castigados paisanos, junto con la oportunidad propicia para ejecutar el golpe mortal. Yarald debía aprender que también él era débil.

        Tal y como Yarald ordenó, el ejército estuvo preparado a tiempo. Los principales esbirros del Príncipe no se demoraron, y enseguida pusieron sus huestes al servicio de Yarald. Conocían de sobra el carácter arriscado, algo temerario, de Yarald, y no querían correr riesgos. La partida, tras los auspicios y una frugal comida, fue inminente.

        Las copiosas legiones de Yarald se dedicaron, durante un mes entero, a devastar los productivos campos de cultivo de Capatinia, tras hacer acopio de provisiones en unos saqueos inhumanos, crueles. Multitud de familias desconsoladas vieron como sus casas eran incendiadas, sus mujeres mancilladas y sus hijos esclavizados. Una ola de terror, llegada de más allá de las abruptas montañas, se apoderó furiosamente de la región. La capital, Trasinia, no tardaría en verse sitiada. Las tropas invasoras avanzaban sin arredrarse lo más mínimo.

        Trasinia, la ciudad más grande de la región, no era una urbe esplendorosa, pero estaba fortificada con murallas y empalizada. Abundaban en su interior muchas casas bajas, de construcción sencilla, propias de agricultores y pequeños comerciantes. Desde luego, no eran gentes aptas para el manejo de armas, aunque, dado el caso, podían organizarse para plantar, por lo menos, una trémula defensa. En consecuencia, no es de extrañar el gran desasosiego que provocó en la población el anuncio del advenimiento de las legiones de Yarald. Todos lo sabían: sólo se contaba con los efectivos del Duque Arne, y esto no bastaba para contener durante mucho tiempo el asedio de un ejército cuyas enseñas militares se divisaban por millares. Los vigías describían continuamente los ejercicios de entrenamiento efectuados por el poderoso ejército, apostado no muy lejos de ellos. La tensión de los habitantes era palpable; su desesperanza, indescriptible.

        Durante dos semanas el suministro de víveres quedó cortado en una ciudad ya de por si escasa de alimentos; los estragos a niños y enfermos minaban el ánimo  renqueante de unos hombres desechos. Por culpa de unos pocos, los asaltantes, estaba siendo torturado todo un pueblo. La indignación crecía paulatinamente, y Arne se percató de ello. Para eludir posibles represalias contra su persona, no dudó un instante en pedir una audiencia con Yarald, con el fin de parlamentar sobre una posible solución.

        El encuentro con Yarald no fue fructífero. Ya desde el momento en que Arne reconoció el gesto adusto y la cabellera corta de color ceniciento de Yarald comenzó a sospechar el desenlace. El arrogante Príncipe presionó a Arne para que entregara, sin condiciones, la ciudad, cosa que éste no quiso conceder. En su lugar, un torticero Arne sugirió, algo nervioso, la entrega de los culpables, que se encontraban en los calabozos de Trasinia, a cambio de que Yarald levantara el sitio y dejara de zaherir a su pueblo. Yarald lanzó una mirada hosca a Arne y sentenció el asunto: él se encargaría de descubrir a los culpables, incluido el mismo, y de ajusticiarlos en consecuencia por su felonías; si Arne se oponía, lo haría de igual modo. El medroso Arne respondió que su ciudad no estaba dispuesta a soportar esa humillación, y se marchó. Poco después, Yarald acicateaba a sus soldados para que emprendieran el ataque. Esa caterva de rebeldes sería hostigada hasta la extenuación. Su suerte estaba echada.

        Obviamente, la ciudad no resistió el envite; las legiones de Yarald penetraron en su interior con suma facilidad, luchando con un pueblo en un estado de ánimo deleznable, con hombres repantigados en las calles y mujeres suplicantes. Cuando la cacería cesó, Yarald instaló su Alto Tribunal en el centro de la plaza; él era el único magistrado y el único acusador. Condenó a los que se hallaban encarcelados, según la costumbre de los antepasados, a la pena de azotamiento y decapitación. Los jefes de las principales familias fueron fustigados con inquina, y, entre otras cosas, sufrieron la confiscación de dos tercios de sus fortunas; el resto de varones mayores de veinte años fueron condenados a la esclavitud en las minas. El Duque Arne, máximo promotor del ataque origen de este desastre, se escabulló cobardemente junto con sus sicarios; otros habían recibido el castigo por él.

        Al terminar los procesos, Yarald ordenó limpiar la pestífera plaza. Después de esto elevó una plegaria a los dioses, celebró un opíparo banquete y salió de la ciudad en dirección a su nuevo castillo. El viento sibilante se escurría tenuemente por unas calles desiertas. Todo había acabado.

        Como curiosidad, unos días antes del ataque al castillo de Yarald un sabio griego visitó Larinia, convidado por el Consejo de Ancianos. Habló, ante estos egregios hombres, sobre la justicia, sosteniendo que «es peor cometer una injusticia que recibirla», y, en el caso de cometer una injusticia, lo mejor es ser castigado correctamente, puesto que «el fin de todo el que se encuentra castigado, al ser castigado correctamente por otro, es volverse mejor». Y añadió: «nadie castiga a los injustos teniendo en mente que cometieron injusticia. El que se dispone a castigar con razón no toma venganza por la injusticia pasada, puesto que no desharía lo hecho». Tal vez estas opiniones no bastan para la vida práctica, para resolver los problemas cruciales, al no decirnos nada en concreto. Por supuesto, es difícil saber si se está plenamente en la verdad. Pero no estaría de más tenerlas en cuenta, sobre todo para no entablar competiciones por la mayor barbaridad, como la protagonizada por Yarald y los capatinios. En caso contrario, acciones como éstas tan sólo son eslabones en una larga, larga, cadena de injusticias.



domingo, 29 de junio de 2014

Ateísmo esencial total

         
Señala el filósofo Gustavo Bueno en su obra La Fe del Ateo[1] (cuya lectura humildemente se recomienda a quien esté interesado en estos temas) que los términos “fe” y “ateísmo” no son conceptos unívocos, claramente determinados, a pesar de que ordinariamente se emplean como si su significado fuera nítido, sin ambages ni despistes. Este uso coloquial es el que provoca que expresiones como «la fe del ateo», a la que se refiere el título del libro, se contemplen como paradojas graciosas, ingeniosas, como juegos de palabras sutiles y perspicaces; «la fe de los ateos es el ateísmo», y todos a reír con la frase chistosa, supuestamente cargada de originalidad. Para nada es ésa la situación. Así, el creador del materialismo filosófico expone que a la hora de hablar de “fe” como confianza en alguien o algo[2], podemos realizar esta clasificación: por un lado, la fe personal o en sentido estricto, que a su vez se puede subdividir en fe natural o humana (esto es, confianza en personas humanas) y fe religiosa o sobrenatural (que es la que se da con personas divinas o no humanas); por otro, la fe impersonal o en sentido amplio, como, por ejemplo, la fe en las leyes de la dinámica de Isaac Newton o la fe en que mi casa va a resistir los embates del paso del tiempo. Parece obvio que el ateo lo que niega con rotundidad, lo que no posee, es fe religiosa, fe en los dioses o en algún dios de una religión monoteísta; pero muy bien puede tener, y de hecho tiene (como todas las personas), fe natural o humana, y también fe impersonal. El ateo puede tener fe en sus amigos, en sus padres, en su médico, en su grupo de música favorito, en los descubrimientos de las ciencias, en los avances tecnológicos, en unos principios éticos, en unas instituciones políticas, etc. De ahí la crítica que Fernando Savater hace a libros como ¿En qué creen los que no creen?[3], de Umberto Eco y el cardenal Martini, en los que se sobreentiende que tener fe o confianza siempre va relacionado o asociado a algún contenido o creencia estrictamente religioso, cuando eso no tiene por qué ser así[4].

Openclips. Zeus. Dominio Público.

Pero es que, como se apunto más arriba, el término ateísmo tampoco es pacífico y asume diversas acepciones. El profesor Gustavo Bueno indica que no es lo mismo negar la existencia de un dios del panteón griego o egipcio (lo que sería ateísmo politeísta) que negar la existencia del dios de una religión monoteísta (ateísmo monoteísta), que es como hoy en día se entiende el ateísmo. En este sentido, los primeros cristianos fueron llamados ateos, puesto que negaban la existencia de los dioses paganos en nombre del dios que ellos consideraban verdadero, único[5]. Otra distinción que muestra este notable filósofo es la que depende de cada religión; de modo que no es lo mismo ser ateo católico que ateo judío o ateo musulmán. No se parte del mismo marco. No es lo mismo, por ejemplo, el dios trinitario del catolicismo que el unitario (aristotélico) del islamismo.

jueves, 19 de junio de 2014

24D

24D


Geralt. Arbolnavidad. Dominio Público


Nuestro hombre salió de su acogedora casa a eso de las nueve de la noche, perfectamente abrigado y peripuesto para dar un largo paseo por la Avenida Principal. Había estado nevando casi todo el día y, en consecuencia, la calle ofrecía un aspecto inocentemente blanco, que de forma grosera era alterado por las pisadas de los transeúntes y las huellas de los neumáticos. La temperatura estaba varios grados bajo cero, a pesar de que apenas corría el aire. Lo que no dejaba de ser normal por aquellas fechas. Como normal era la apariencia, propia de una postal turística, de la gran avenida: nervudos abetos cuyas empolvadas ramas se hallaban aderezadas de multitud de adornos, desde manzanas, campanas, estrellas, figuras de niños, hasta luces de todos los colores y formas; casas y edificios de fachadas engalanadas con rollizos muñecos de vestimenta carmesí, que simulaban ascender a las ventanas; orondas esculturas realizadas con nieve, posiblemente por manos infantiles, provistas de probóscides que eran simples zanahorias; y la costosa y radiante iluminación, colocada por los operarios municipales, que enarbolaba sus mensajes de felicitación y alegría. Además, cada veinte o treinta metros se habían dispuesto, en farolas y árboles, unos rudimentarios altavoces que no paraban de aullar, atronadoramente, unas melodías repetitivas que versaban sobre el amor, la concordia y la paz. Era, por tanto, un ambiente que hacía las delicias de las numerosas personas que, como nuestro hombre, recorrían el blanquecino pavimento, atestando la vía; no todos los días había una fiesta que celebrar.

No obstante, a nuestro hombre todas estas cosas, aun agradándole la vista en un primer momento, terminaron a la postre por agobiarle; toda esa amalgama de sonidos, luces, gente hablando sin parar y lechigadas de niños correteando de aquí para allá, le produjo una sensación de hastío, de disgusto. Decidió, entonces, apartarse un tanto de todos los demás, buscando algo de soledad en la multitud. Se acercó con paso decidido al escaparate de un comercio de aparatos electrónicos, muy luminoso, y observó atentamente un televisor, situado en la parte externa de la tienda, fuera del alcance de la mano. En su interior aparecía un individuo circunspecto, de tupido y negro mostacho y pobladas cejas. Vestía con pulcritud e iba peinado a raya. Con rostro riguroso, inflexible, pétreo, miraba de frente, como tratando de atisbar todo lo que había fuera de la tienda; se parecía al vigilante hermano del que nos hablara Orwell en su maravillosa novela. El individuo pronunció unas palabras, claramente comprensibles para nuestro hombre: «We´re working over: yesterday, today and tomorrow. Buy your life». Asustado, nuestro hombre desvió la mirada hacia los otros televisores del escaparate y, para despecho suyo, aparecía el mismo rostro inexorable repitiendo la misma frase. Algo martilleaba en la mente de nuestro hombre cada vez que esas insidiosas palabras irrumpían en sus oídos. No era ese el tipo de descanso que buscaba.

Reinició la marcha por la Avenida Principal, entre los codazos y los tropiezos con el resto de viandantes, y se detuvo en la primera bocacalle que encontró. Una imagen llamó su atención. De una oscura puerta, embellecida con tubos de neón, salieron unos extraños individuos de ojos opacos, que portaban unos alargados vasos de cristal y unas botellas de whisky. Cantaban, con voz aguardentosa, unas letras espantosas que sonaban a metal rechinando, al tiempo que rellenaban sus vasos y brindaban con alborozo. A duras penas podían mantener el equilibrio, ya que a su avanzado estado de embriaguez y sus continuos hipos había que añadir las irregularidades de la calzada; bien lo comprobó uno de ellos, que mientras hipaba y se tambaleaba como un descosido resbaló con un trozo de papel, aterrizando ridículamente en el untuoso suelo. Los otros se mofaron de forma cruel del damnificado, y siguieron con sus cantes y sus brindis. Nada cambiaba para ellos. Nuestro hombre quedó desconcertado por lo que había visto: otro escenario que era mejor olvidar. Miró hacia el otro lado de la calle, anhelante; ahí divisó un ingente edificio de verdosas paredes, forradas de carteles que mostraban bellas mujeres y grandes números. Sin dudarlo un instante, dirigió sus pasos hacia ese edificio.

Entró por una puerta de cristal, que se abrió automáticamente cuando estaba a un par de metros de la misma, y pudo contemplar una espaciosa sala alumbrada con minuciosidad y detalle. Filas y filas de estanterías y mostradores estaban preparados en el interior de la sala, exhibiendo prendas de todos los tipos: vestidos, chaquetas, camisas, pantalones, calcetines; ropa deportiva, ropa de niño, ropa de señora; ropa de verano, ropa de invierno; etc, etc. Para completar un tanto el ambiente, se había equipado a la sala de un equipo de megafonía. Esta instalación reproducía, entre otras cosas, canciones machaconas, semejantes a las que se oían en la calle, pero, sobre todo, una serie de taimados mensajes. «La felicidad está al alcance de su mano: adquiera dos prendas a un precio inmejorable y llévese tres», escuchó nuestro hombre con atención; «Gánese el aprecio y cariño de los suyos comprando nuestros productos. Usted no lo lamentará y ellos se lo agradecerán». El ritmo era constante: una canción y después un mensaje. Embotado por los mensajes, nuestro hombre deambuló, perdido y desorientado, por los pasillos, examinando las prendas con una mirada vacía. Entonces se dio de bruces con un mostrador azulado, situado en el centro del pasillo, sobre el que había un monitor; la pantalla mostraba una familiar imagen: el individuo bigotudo, el vigilante de pérfidas intenciones, y su consabida frase: «We´re working over… Buy your life». Nuestro hombre emitió un gruñido de desagrado e hizo un llamativo mohín, huyendo de la sala. Tomó unas escaleras mecánicas, accediendo a la planta superior. Allí se topó con más hileras de estanterías, que, esta vez, albergaban una mercancía diferente: juguetes de todas las clases. Había barcos, aviones, coches, robots, muñecos, juegos de mesa, consolas, bicicletas, y un sinfín de cachivaches y artilugios de lo más variado; la mayor parte de esos aparatos emitían unos ruidos espeluznantes, atroces. Y también había mensajes por megafonía: «Niño, esta es tu oportunidad. Pide al Hombre de Blanca Barba tus regalos, que te lo has ganado. En estas fechas tan señaladas puedes ser feliz». Era lo mismo que en la anterior planta. Nuestro hombre no podía aguantar más en ese edificio; su resistencia disminuía paulatinamente. Se marchó lo más rápido que pudo, no sin chocar antes con un rubio niño lloroso que estaba enfurruñado con su cachazudo padre.

Nuevamente en la calle, nuestro hombre se sumergió entre la multitud; esperaba que el aire fresco de finales de diciembre le aclarara un poco el cerebro. Durante un momento así fue, aunque las imágenes que le fueron saliendo al paso le volvieron a turbar. A medida que avanzaba por la Avenida Principal, nuestro hombre comprobó como aumentaba el número de individuos harapientos, astrosos, de rostro amoratado y barba rala. Hombres derrengados, segregados del resto de la sociedad, que pasaba al lado de ellos sin percatarse de su existencia; habían sido expulsados del paraíso porque no eran compradores. La mayoría de ellos estaban recostados sobre cartones, lo que les servía para librarse del gélido contacto con el suelo espolvoreado de nieve. En esa pose, se les podía ver extraer de sus raídos abrigos botellas de licor, que se llevaban a la boca con gran avidez. Cuando nuestro hombre se aproximó, curioso, a uno de ellos, rozando con sus limpios zapatos su asiento de cartones, fue abordado por otro colega, que insistentemente le pedía dinero para un trago. Estupefacto, nuestro hombre sacó la cartera con la intención de atender esa demanda, pero fue frenado en su intento. Unos fornidos policías irrumpieron en la calle desde un furgón, deteniendo al instante a todos los individuos harapientos, que casi no ofrecieron oposición. Minutos después, los policías introdujeron a los desaliñados hombres en el interior del furgón policial, entre increpaciones y empujones; los demás viandantes aplaudieron la heroica acción. Nuestro hombre no comprendió del todo la escena, y con gran esfuerzo consiguió hacerse paso entre la muchedumbre entusiasta, para poder continuar su camino.

Tras comprar unas castañas asadas a una lenguaraz vendedora de moño empingorotado y cabellos azafranados, nuestro hombre vagó unos minutos por la calle, cerrando los ojos muy de vez en cuando. De repente, de un antiguo edificio de marmóreos muros salió una extraña comitiva compuesta por elegantes y altaneros hombres, a cuya cabeza se situaba un individuo vestido con ropajes estrafalarios. En un tono atiplado, ese individuo proclamaba que el ser humano era el principal problema, que todo lo estropeaba con sus viles acciones, que la culpa era suya. Afirmaba, con su voz aguda pero firme, que si todo dependía del hombre, entonces todo era relativo; y si todo era relativo, entonces nada era seguro. «El yugo de la razón ha convertido al hombre en un pigmeo, y todo es vanidad», concluyó ese melifluo individuo, impetrando el perdón. Sus fieles seguidores acompañaban cada frase con un gesto de asentimiento, mientras lanzaban acusadoras miradas al resto de personas que pasaban por ahí. En un primer momento, nuestro hombre se mostró azorado ante esas misteriosas palabras; pero, posteriormente, empezó a sentirse mal, con un malestar desagradable que le encogía el corazón. Se sentía culpable. Prácticamente todo lo que había presenciado le había dejado un regusto amargo, y pensaba que algo tenía él que ver en ello. Ya no quedaba otra opción: debía volver a casa, a descansar.

Con gran pesadumbre, retomó su marcha al hogar, pululando como un fantasma entre la gran multitud que abarrotaba la calle. Todo el mundo le veía, pero nadie se fijaba en él, en su cara triste y pesarosa. Fue un consuelo para nuestro hombre abrir la puerta de su casa y experimentar la calidez entrañable de su personal interior. Regresaban la paz y la tranquilidad a su estado de ánimo. Una vez dentro del hogar, nuestro hombre pensó en recuperar las energías perdidas en el paseo; un humeante vaso de leche y unas galletas se encargarían de ello. Lo dejó todo preparado en una bandeja, al lado de su sillón predilecto, mas no pudo reprimir echar un último vistazo a la Avenida Principal. Acercó la frente al cristal de la ventana: algo había cambiado, porque ya no estaba él ahí, pero todo seguía igual. Quizá eso no tenía remedio. Se sentó en su sillón y se bebió su leche. Gradualmente, de forma placentera, fue cerrando los ojos, hasta quedarse dormido.

Y soñó, soñó…
                   
  


miércoles, 4 de junio de 2014

Los comicios por centurias

Una nueva entrega del trabajo "Derecho y sociedad en Roma: una visión a través de sus clásicos", bajo la dirección de la Doctora Alicia Valmaña, gran docente y mejor persona.

LOS COMICIOS POR CENTURIAS (COMITIA CENTURIATA).


Durante el reinado de Servio Tulio el pueblo romano experimentó una nueva distribución, esta vez en centurias y en clases. Tal división pretendía superar el antiguo sistema en tribus y curias en aras a la obtención de una nueva organización militar capaz de responder a las nuevas necesidades, guiándose por la aplicación de un parámetro timocrático (basado en la riqueza) a la hora de situar a cada ciudadano dentro de la clase y centuria correspondiente. Todo esto redundaría en la creación de un ejército de hoplitas, de inspiración etrusca, en el que los ciudadanos más enriquecidos asumían un papel central.


Daba. Foro Romano. Dominio Público.


Naturalmente, esta distribución en clases y centurias según la riqueza sirvió para fortalecer los intereses de los ricos propietarios, puesto que de las 193 centurias constituidas sólo la primera clase y los equites sumaban un total de 98. El resto de la población, aun siendo mucho mayor en número, paradójicamente quedaba en minoría, por lo que las votaciones en los comicios por centurias, en las que se llamaba a las centurias según el orden de las clases, siempre estaban en manos de un pequeño grupo de ciudadanos privilegiados. Esto hoy en día puede parecer escandaloso y antidemocrático, pero no hay que olvidar que para muchos pensadores de la antigüedad todo aquello que sonara a democracia, a exceso de libertad para el pueblo, para la masa, era sinónimo de desgracia, de consecuencias funestas para todo Estado que se precie de serlo. Cicerón llega a decir que «no hay bestia más monstruosa que la que toma la apariencia y el nombre del pueblo»[i], motivo por el cual en La República, cuando se explaya sobre la “constitución serviana” se muestra completamente conforme con ella, añadiendo que se procuró «algo que siempre se ha de tener presente en política: que la mayoría no disponga del mayor poder»[ii].

Los comicios centuriados consistieron, desde sus orígenes, en una asamblea del pueblo en armas, subrayando sus funciones militares. Varrón, al escribir sobre los precitados “Registros de los censores”, describe una convocatoria de la asamblea del pueblo, en la que se llamaba «a todos los ciudadanos, de caballería, de infantería, pertrechados con sus armas»[iii], asamblea que tenía lugar fueran de la ciudad[iv]. Además, este autor, al referirse a los comicios centuriados, lo hace en términos de “ejército ciudadano” (exercitum urbanum). Consecuentemente, como asamblea militar al comicio por centurias le correspondía realizar formalmente la declaración de guerra[v], a través de la lex de bello iudicendo.

martes, 27 de mayo de 2014

El vigía luminoso

EL VIGÍA LUMINOSO.


Skimejon0717. Faro. Dominio Público.


NOTA PREVIA. El manuscrito que tengo el honor de presentar a continuación fue hallado por la expedición Quinlan-Caydan el pasado 22 de agosto de 2003. Durante el transcurso de sus investigaciones a lo largo de la costa norte de Egipto estos oceanógrafos, entre los que orgullosamente me incluía, descubrimos, casi por casualidad, una vieja arca en el fondo marino, a unos veinte metros de profundidad. Sus dimensiones eran regulares, aproximadamente un metro tanto de ancho, largo y alto. El material del que estaba compuesta era una extraña mezcolanza de diversos metales, nunca vista hasta entonces, que le daban un peso extraordinario. Decidimos, ante la imposibilidad de acceder a sus prístinos secretos, trasladar la caja inmediatamente a la ciudad de Marsa-Matruh, donde, por mediación de nuestro colega egipcio y codirector, Hosni Caydan, expertos en cerrajería nos revelarían su preciado contenido.

Así se hizo, y lo que encontramos fue una serie de pergaminos, algunos de ellos muy deteriorados y estropeados, escritos en griego clásico. Como ninguno de nosotros sabíamos hablar tan antigua e ilustre lengua, nuevamente nos tuvimos que poner en marcha, esta vez rumbo a la Universidad de El Cairo, en busca del inestimable magisterio del Catedrático en Filología Griega Robert Chester. Desgraciadamente, perdimos la caja durante el viaje; unos desarrapados de la zona tuvieron la perspicacia de creer que el llamativo objeto albergaba en su interior un legendario tesoro, y, sin ningún ápice de duda, nos sustrajeron el arca. Aunque, afortunadamente, no se llevaron los escritos, ya que no cometimos la imprudencia de dejarlos dentro de su milenario receptáculo.

El profesor Chester tradujo en total diez pergaminos, y no sin grandes dificultades, puesto que el griego que había en ellos escrito, a pesar de datar del siglo I antes de Cristo, era prolijo en arcaísmos. En su mayoría, estas pieles eran anotaciones de lo que parecía ser el registro de una biblioteca; sólo un escrito, el que aquí nos ocupa, despertó la curiosidad entre todos nosotros. Este pergamino en cuestión, el menos malogrado de todos, recogía, en unos caracteres trazados de forma frenética y precipitada, una especie de breve relato donde se describían las últimas peripecias de su protagonista. No pretendo desvelar su insólito argumento, que a todos nos dejó boquiabiertos, pero sí diré, como dato curioso, que la isla a la que alude debió guardar una simetría de distancias respecto a los puntos terrestres más cercanos. En efecto, a juzgar por los escasos datos que aporta el manuscrito, distaba unos 220 kilómetros (118 millas náuticas, más o menos) tanto de Creta, en dirección sureste, como de Cárpatos y Rodas, en dirección sur-sureste; no siendo menos sorprendente los aproximadamente 300 kilómetros que la separaban tanto de Finike, en la costa turca (en su momento la región de Licia), como de la costa egipcia. Los cartógrafos a los que consultamos reseñaron, con tenaz insistencia, esta noticia típica de novelas de misterio. Ignoramos, eso sí, la relevancia que, más allá de la mera curiosidad, pueda despertar esta constatación.

Y, sin nada más que añadir, dejo paso a la lectura del manuscrito, esperando, con furtiva ansiedad, que quien lo lea pueda arrojar algo de luz sobre su inquietante misterio. Doy sinceramente las gracias al profesor Chester por su adecuada traducción. 

EL MANUSCRITO. «Cuando el gélido invierno deposite su tupida siembra en la tierra, sabrás, con certeza, que los dioses han salido de su inmemorial letargo. Entonces ellos te mostrarán un albino sendero que conduce a la morada ancestral donde no existe la fatiga ni el trabajo, y donde la felicidad y el regocijo son eternos. Síguelo sin titubear, pobre mortal. Que tus piernas sean robustas y tu voluntad pétrea, o la silenciosa tierra de Ádelos verá satisfecha su ansia de saber con el mérito de su nombre.» Así rezaba uno de los múltiples oráculos que versaban sobre la oculta isla de Ádelos, mi patria, que yo, con la insensata torpeza del infame Epimeteo, azote para los hombres que se alimentan de pan, no fui capaz de comprender. Lastimosa e invisible Ádelos, ya nadie te podrá socorrer; aparte de tus condenados hijos, pocos hombres te han contemplado en plenitud. Y si lo han hecho, no podrán venir a tiempo: ni los valientes cretenses, puesto que el estéril ponto interpone más de mil doscientos estadios entre nuestras islas, en la dirección que sopla Argestes; ni los fatuos rodenses, que nos congratulan con sus cereales y frutas, ya que Bóreas debe recorrer la misma distancia sobre el azulado mar para viajar desde esa isla a la nuestra. Pero sólo pierdo el tiempo lamentándome vanamente por lo que vendrá, que ya no me concierne. No obstante, y ya que la cólera divina me lo permite, escribiré como pueda el trágico itinerario que mi desdichada alma recorrió en esta última jornada, para que sirva de advertencia y escarnio al resto de mortales.

Me encontraba esta mañana, como es habitual en mi, trabajando en la suntuosa biblioteca de la pólis, tesoro del saber y único orgullo de la diminuta Ádelos. Estaba organizando y colocando los valiosos escritos que había traído de mi último viaje a Atenas, a esa Atenas dominada y sojuzgada por el bárbaro poder de los ausonios del Lacio. Llevaría, poco más o menos, unas tres horas trabajando con los volúmenes cuando, impetuosamente, mi vista empezó a nublarse. Atolondrado como estaba, decidí que lo mejor era salir a dar una vuelta por el ágora, en busca de alguna distracción o compañía. No hallé ni lo uno ni lo otro; el glacial frío que anidaba en cada recoveco invitaba a todos los habitantes a permanecer en algún sitio cerrado, a buen cobijo. Agarrando firmemente mi manto, para cubrir herméticamente el cuerpo, dirigí mis pasos a una pequeña casita a las afueras de la ciudad, donde solía ir para relajarme y apartarme de los pensamientos tempestuosos. Pensé que esto sería lo mejor; no deseaba, para nada, recibir la diatriba de insulsas pláticas que, provenientes tanto de mujer como de esclavos, me aguardaban en mi casa de la pólis. Además, había cumplido con los sacrificios y demás ritos religiosos, por lo que no había nada, a excepción del trabajo en la biblioteca, bastante avanzado, que me obligaba a permanecer en ese lugar.

Salí por la puerta oriental, custodiada por dos fornidos guardianes, no sin antes admirar la desafiante y enorme torre que regía la pólis, desde la que se podía escrutar todo el mar circundante. Esta arcaica construcción, de casi doscientos pies, había sido erigida en un atávico pasado donde apenas alcanza la memoria; varios libros de la biblioteca, como la recopilación de nuestro sabio local Menígenes, afirmaban que fue obra de los conspicuos vecinos del sur, los egipcios. A medida que, con invariable resolución, me alejaba de la pólis, podía comprobar como los remolinos y turbulencias que se estaban formando en lo alto del cielo ocultaban lentamente el alto torreón. Asombrado, empecé a sospechar que se avecinaba una nevada, espectáculo novedoso en una isla que se caracterizaba por la bonanza de sus temperaturas. En toda mi vida, que no ha sido precisamente corta, jamás había visto algo igual y, por lo que puedo recordar, tampoco había leído en la biblioteca alguna información que corroborara lo contrario.

Tras recorrer unos trescientos pies desde la muralla, el camino comenzaba a descender. Rodeado de espesos arbustos y algún que otro olivo, el camino serpenteaba graciosamente por la ladera que descendía hasta terminar en el amplio valle donde se ubicaba mi casa de recreo. Un furibundo viento soplaba de frente, acompañado por el tétrico roce de las ramas. No me amilané y seguí caminando. Cuando percibí los gañidos de los perros de las casas colindantes a la mía, comprendí que el trayecto estaba llegando a su final. Enseguida, pensé, la hierática estatua de Palas Atenea, de ojos glaucos, aparecerá en todo su esplendor. Y así fue. Situada en la encrucijada inmediatamente anterior al conjunto de casas campestres, la diosa hija del Tonante levantaba, con gesto adusto, su mano izquierda, apuntando directamente en dirección a la torre que presidía la silenciosa ciudad de Ádelos. Pasé respetuosamente, sin detenerme, y en poco tiempo divisé mi humilde casa.

Una vez dentro del hogar, encendí un fuego y preparé una frugal comida; con tanta sobriedad, cualquier conciudadano me podría haber dicho que parecía uno de esos incultos romanos comedores de gachas. Terminé rápidamente el refrigerio y me dispuse a leer varios libros de filosofía. Me recosté en un confortable lecho y, de forma gradual, fui cayendo en una dulce ensoñación; podía sentir unos extraños ruidos, como de proyectiles que golpearan vivamente el techo. Me dormí profundamente.

Un terrorífico estruendo me devolvió, sobresaltado, a la vigilia. Torpemente, con vacilación, logré salir de mi habitáculo y, con el vello erizado, pude contemplar el níveo manto que el cielo, ahora calmado, había arrojado sobre nuestra isla. Todo era tan extraño... No se oía nada, ni tan siquiera el balido del ganado. Parecía como si el blancuzco paisaje se lo hubiera tragado todo. Llamé excitadamente a algunas casas, pero no obtuve ninguna respuesta. Con los miembros ateridos por el inusual frió, inicié una tortuosa marcha hacia la ciudad, introduciendo pesadamente los pies en la nieve.

Al volver a cruzarme con la rutilante figura de Atenea observé como, con ojos inyectados, la belicosa diosa me seguía indicando la posición de la torre. Entonces, oteando hacia lo alto de la ladera, contemplé, absorto, una flamígera fortificación. Apesadumbrado, estimé que se trataba de la insigne torre, que había sido incendiada. Sin embargo, ardía con un fuego pálido, casi tan blanquecino como la nieve que cubría la muralla y las casas. Armándome de valor, continué reptando, como pude, por el ascendente camino, sin importarme mi integridad física. En mi hipnótico caminar, me desplomé multitud de veces sobre el congelado elemento, que me provocó, al contactar con mis manos, una agobiante quemazón en ambas palmas.

Unos oscuros pájaros comenzaron a surcar el grisáceo cielo mientras, a mi espalda, el ensordecedor murmullo de lo que parecía ser una gigantesca ola se extendía por todas partes. Me sentí azorado, aturdido; mi ingenua mente no podía dosificar todo este cúmulo de experiencias. Y así ocurrió lo inevitable, ya que, picado por una insana curiosidad, me di la vuelta para observar ese magno acontecimiento, al tiempo que un trueno en forma de lamento restalló desde la llameante torre. No vi ninguna ola, pero sí agua, mucho agua. Todo el valle estaba inundado por un líquido verdoso, putrefacto, del que emergieron, ante mis desorbitados ojos, los tres hijos de Gea y Urano «cuyo nombre no debe pronunciarse», esos tres «monstruosos engendros» de los que nos hablara Hesíodo en su Teogonía, cuyas palabras reproduzco. Cada una de estas criaturas infernales, poderosa arma del Tonante, emprendió, con su centenar de brazos, la destrucción de la isla; su implacable proceder era mimético y calculado, dirigido, sin duda, por el padre de dioses y hombres. Entonces, ¡oh, divina providencia!, el enigma se aclaró. De forma diáfana el viejo oráculo se apareció en mi mente, tan sencillo como una adivinanza infantil. Pero ya nada podía hacer, porque, con mi ruinosa constatación, comprendía las señales divinas cuando éstas ya se habían producido y no antes, como es propio de los seres inteligentes y astutos. Desolado, retomé mi camino ante la vorágine destructiva de los uránidas. Mi tiempo se acababa.

Entré en la desértica polis; la antigua torre, antes llameante como un faro, ahora era tan solo un montón de escombros. Me dirigí a la biblioteca donde, en estos momentos, termino de escribir, tembloroso, estas líneas. Espero tener tiempo suficiente para guardar este escrito en el arca, a salvo, quiéralo Zeus, de la destrucción y del olvido.… Porque, ¿quién conoce la voluntad divina?… No hemos superado la prueba de los dioses, y, por eso, ellos castigan nuestra vanidad: primero, el Tonante con la destrucción; y, después, Mnemósine con el olvido, enemigo de toda certeza. Nuestra única riqueza y motivo de arrogancia, la biblioteca, se perderá para siempre; los poemas del divino Homero, los diálogos de Platón, las obras del estagirita, las tragedias de Esquilo, las comedias de Aristófanes, la Historia de Heródoto, los tratados del recientemente fallecido Cicerón.…  El oráculo se ha cumplido, ingrata isla. Pronto te ocultarás entre las viscosas aguas, invisible para los mortales, como presagiara tu calamitoso nombre…

(fin del manuscrito)