domingo, 29 de junio de 2014

Ateísmo esencial total

         
Señala el filósofo Gustavo Bueno en su obra La Fe del Ateo[1] (cuya lectura humildemente se recomienda a quien esté interesado en estos temas) que los términos “fe” y “ateísmo” no son conceptos unívocos, claramente determinados, a pesar de que ordinariamente se emplean como si su significado fuera nítido, sin ambages ni despistes. Este uso coloquial es el que provoca que expresiones como «la fe del ateo», a la que se refiere el título del libro, se contemplen como paradojas graciosas, ingeniosas, como juegos de palabras sutiles y perspicaces; «la fe de los ateos es el ateísmo», y todos a reír con la frase chistosa, supuestamente cargada de originalidad. Para nada es ésa la situación. Así, el creador del materialismo filosófico expone que a la hora de hablar de “fe” como confianza en alguien o algo[2], podemos realizar esta clasificación: por un lado, la fe personal o en sentido estricto, que a su vez se puede subdividir en fe natural o humana (esto es, confianza en personas humanas) y fe religiosa o sobrenatural (que es la que se da con personas divinas o no humanas); por otro, la fe impersonal o en sentido amplio, como, por ejemplo, la fe en las leyes de la dinámica de Isaac Newton o la fe en que mi casa va a resistir los embates del paso del tiempo. Parece obvio que el ateo lo que niega con rotundidad, lo que no posee, es fe religiosa, fe en los dioses o en algún dios de una religión monoteísta; pero muy bien puede tener, y de hecho tiene (como todas las personas), fe natural o humana, y también fe impersonal. El ateo puede tener fe en sus amigos, en sus padres, en su médico, en su grupo de música favorito, en los descubrimientos de las ciencias, en los avances tecnológicos, en unos principios éticos, en unas instituciones políticas, etc. De ahí la crítica que Fernando Savater hace a libros como ¿En qué creen los que no creen?[3], de Umberto Eco y el cardenal Martini, en los que se sobreentiende que tener fe o confianza siempre va relacionado o asociado a algún contenido o creencia estrictamente religioso, cuando eso no tiene por qué ser así[4].

Openclips. Zeus. Dominio Público.

Pero es que, como se apunto más arriba, el término ateísmo tampoco es pacífico y asume diversas acepciones. El profesor Gustavo Bueno indica que no es lo mismo negar la existencia de un dios del panteón griego o egipcio (lo que sería ateísmo politeísta) que negar la existencia del dios de una religión monoteísta (ateísmo monoteísta), que es como hoy en día se entiende el ateísmo. En este sentido, los primeros cristianos fueron llamados ateos, puesto que negaban la existencia de los dioses paganos en nombre del dios que ellos consideraban verdadero, único[5]. Otra distinción que muestra este notable filósofo es la que depende de cada religión; de modo que no es lo mismo ser ateo católico que ateo judío o ateo musulmán. No se parte del mismo marco. No es lo mismo, por ejemplo, el dios trinitario del catolicismo que el unitario (aristotélico) del islamismo.

jueves, 19 de junio de 2014

24D

24D


Geralt. Arbolnavidad. Dominio Público


Nuestro hombre salió de su acogedora casa a eso de las nueve de la noche, perfectamente abrigado y peripuesto para dar un largo paseo por la Avenida Principal. Había estado nevando casi todo el día y, en consecuencia, la calle ofrecía un aspecto inocentemente blanco, que de forma grosera era alterado por las pisadas de los transeúntes y las huellas de los neumáticos. La temperatura estaba varios grados bajo cero, a pesar de que apenas corría el aire. Lo que no dejaba de ser normal por aquellas fechas. Como normal era la apariencia, propia de una postal turística, de la gran avenida: nervudos abetos cuyas empolvadas ramas se hallaban aderezadas de multitud de adornos, desde manzanas, campanas, estrellas, figuras de niños, hasta luces de todos los colores y formas; casas y edificios de fachadas engalanadas con rollizos muñecos de vestimenta carmesí, que simulaban ascender a las ventanas; orondas esculturas realizadas con nieve, posiblemente por manos infantiles, provistas de probóscides que eran simples zanahorias; y la costosa y radiante iluminación, colocada por los operarios municipales, que enarbolaba sus mensajes de felicitación y alegría. Además, cada veinte o treinta metros se habían dispuesto, en farolas y árboles, unos rudimentarios altavoces que no paraban de aullar, atronadoramente, unas melodías repetitivas que versaban sobre el amor, la concordia y la paz. Era, por tanto, un ambiente que hacía las delicias de las numerosas personas que, como nuestro hombre, recorrían el blanquecino pavimento, atestando la vía; no todos los días había una fiesta que celebrar.

No obstante, a nuestro hombre todas estas cosas, aun agradándole la vista en un primer momento, terminaron a la postre por agobiarle; toda esa amalgama de sonidos, luces, gente hablando sin parar y lechigadas de niños correteando de aquí para allá, le produjo una sensación de hastío, de disgusto. Decidió, entonces, apartarse un tanto de todos los demás, buscando algo de soledad en la multitud. Se acercó con paso decidido al escaparate de un comercio de aparatos electrónicos, muy luminoso, y observó atentamente un televisor, situado en la parte externa de la tienda, fuera del alcance de la mano. En su interior aparecía un individuo circunspecto, de tupido y negro mostacho y pobladas cejas. Vestía con pulcritud e iba peinado a raya. Con rostro riguroso, inflexible, pétreo, miraba de frente, como tratando de atisbar todo lo que había fuera de la tienda; se parecía al vigilante hermano del que nos hablara Orwell en su maravillosa novela. El individuo pronunció unas palabras, claramente comprensibles para nuestro hombre: «We´re working over: yesterday, today and tomorrow. Buy your life». Asustado, nuestro hombre desvió la mirada hacia los otros televisores del escaparate y, para despecho suyo, aparecía el mismo rostro inexorable repitiendo la misma frase. Algo martilleaba en la mente de nuestro hombre cada vez que esas insidiosas palabras irrumpían en sus oídos. No era ese el tipo de descanso que buscaba.

Reinició la marcha por la Avenida Principal, entre los codazos y los tropiezos con el resto de viandantes, y se detuvo en la primera bocacalle que encontró. Una imagen llamó su atención. De una oscura puerta, embellecida con tubos de neón, salieron unos extraños individuos de ojos opacos, que portaban unos alargados vasos de cristal y unas botellas de whisky. Cantaban, con voz aguardentosa, unas letras espantosas que sonaban a metal rechinando, al tiempo que rellenaban sus vasos y brindaban con alborozo. A duras penas podían mantener el equilibrio, ya que a su avanzado estado de embriaguez y sus continuos hipos había que añadir las irregularidades de la calzada; bien lo comprobó uno de ellos, que mientras hipaba y se tambaleaba como un descosido resbaló con un trozo de papel, aterrizando ridículamente en el untuoso suelo. Los otros se mofaron de forma cruel del damnificado, y siguieron con sus cantes y sus brindis. Nada cambiaba para ellos. Nuestro hombre quedó desconcertado por lo que había visto: otro escenario que era mejor olvidar. Miró hacia el otro lado de la calle, anhelante; ahí divisó un ingente edificio de verdosas paredes, forradas de carteles que mostraban bellas mujeres y grandes números. Sin dudarlo un instante, dirigió sus pasos hacia ese edificio.

Entró por una puerta de cristal, que se abrió automáticamente cuando estaba a un par de metros de la misma, y pudo contemplar una espaciosa sala alumbrada con minuciosidad y detalle. Filas y filas de estanterías y mostradores estaban preparados en el interior de la sala, exhibiendo prendas de todos los tipos: vestidos, chaquetas, camisas, pantalones, calcetines; ropa deportiva, ropa de niño, ropa de señora; ropa de verano, ropa de invierno; etc, etc. Para completar un tanto el ambiente, se había equipado a la sala de un equipo de megafonía. Esta instalación reproducía, entre otras cosas, canciones machaconas, semejantes a las que se oían en la calle, pero, sobre todo, una serie de taimados mensajes. «La felicidad está al alcance de su mano: adquiera dos prendas a un precio inmejorable y llévese tres», escuchó nuestro hombre con atención; «Gánese el aprecio y cariño de los suyos comprando nuestros productos. Usted no lo lamentará y ellos se lo agradecerán». El ritmo era constante: una canción y después un mensaje. Embotado por los mensajes, nuestro hombre deambuló, perdido y desorientado, por los pasillos, examinando las prendas con una mirada vacía. Entonces se dio de bruces con un mostrador azulado, situado en el centro del pasillo, sobre el que había un monitor; la pantalla mostraba una familiar imagen: el individuo bigotudo, el vigilante de pérfidas intenciones, y su consabida frase: «We´re working over… Buy your life». Nuestro hombre emitió un gruñido de desagrado e hizo un llamativo mohín, huyendo de la sala. Tomó unas escaleras mecánicas, accediendo a la planta superior. Allí se topó con más hileras de estanterías, que, esta vez, albergaban una mercancía diferente: juguetes de todas las clases. Había barcos, aviones, coches, robots, muñecos, juegos de mesa, consolas, bicicletas, y un sinfín de cachivaches y artilugios de lo más variado; la mayor parte de esos aparatos emitían unos ruidos espeluznantes, atroces. Y también había mensajes por megafonía: «Niño, esta es tu oportunidad. Pide al Hombre de Blanca Barba tus regalos, que te lo has ganado. En estas fechas tan señaladas puedes ser feliz». Era lo mismo que en la anterior planta. Nuestro hombre no podía aguantar más en ese edificio; su resistencia disminuía paulatinamente. Se marchó lo más rápido que pudo, no sin chocar antes con un rubio niño lloroso que estaba enfurruñado con su cachazudo padre.

Nuevamente en la calle, nuestro hombre se sumergió entre la multitud; esperaba que el aire fresco de finales de diciembre le aclarara un poco el cerebro. Durante un momento así fue, aunque las imágenes que le fueron saliendo al paso le volvieron a turbar. A medida que avanzaba por la Avenida Principal, nuestro hombre comprobó como aumentaba el número de individuos harapientos, astrosos, de rostro amoratado y barba rala. Hombres derrengados, segregados del resto de la sociedad, que pasaba al lado de ellos sin percatarse de su existencia; habían sido expulsados del paraíso porque no eran compradores. La mayoría de ellos estaban recostados sobre cartones, lo que les servía para librarse del gélido contacto con el suelo espolvoreado de nieve. En esa pose, se les podía ver extraer de sus raídos abrigos botellas de licor, que se llevaban a la boca con gran avidez. Cuando nuestro hombre se aproximó, curioso, a uno de ellos, rozando con sus limpios zapatos su asiento de cartones, fue abordado por otro colega, que insistentemente le pedía dinero para un trago. Estupefacto, nuestro hombre sacó la cartera con la intención de atender esa demanda, pero fue frenado en su intento. Unos fornidos policías irrumpieron en la calle desde un furgón, deteniendo al instante a todos los individuos harapientos, que casi no ofrecieron oposición. Minutos después, los policías introdujeron a los desaliñados hombres en el interior del furgón policial, entre increpaciones y empujones; los demás viandantes aplaudieron la heroica acción. Nuestro hombre no comprendió del todo la escena, y con gran esfuerzo consiguió hacerse paso entre la muchedumbre entusiasta, para poder continuar su camino.

Tras comprar unas castañas asadas a una lenguaraz vendedora de moño empingorotado y cabellos azafranados, nuestro hombre vagó unos minutos por la calle, cerrando los ojos muy de vez en cuando. De repente, de un antiguo edificio de marmóreos muros salió una extraña comitiva compuesta por elegantes y altaneros hombres, a cuya cabeza se situaba un individuo vestido con ropajes estrafalarios. En un tono atiplado, ese individuo proclamaba que el ser humano era el principal problema, que todo lo estropeaba con sus viles acciones, que la culpa era suya. Afirmaba, con su voz aguda pero firme, que si todo dependía del hombre, entonces todo era relativo; y si todo era relativo, entonces nada era seguro. «El yugo de la razón ha convertido al hombre en un pigmeo, y todo es vanidad», concluyó ese melifluo individuo, impetrando el perdón. Sus fieles seguidores acompañaban cada frase con un gesto de asentimiento, mientras lanzaban acusadoras miradas al resto de personas que pasaban por ahí. En un primer momento, nuestro hombre se mostró azorado ante esas misteriosas palabras; pero, posteriormente, empezó a sentirse mal, con un malestar desagradable que le encogía el corazón. Se sentía culpable. Prácticamente todo lo que había presenciado le había dejado un regusto amargo, y pensaba que algo tenía él que ver en ello. Ya no quedaba otra opción: debía volver a casa, a descansar.

Con gran pesadumbre, retomó su marcha al hogar, pululando como un fantasma entre la gran multitud que abarrotaba la calle. Todo el mundo le veía, pero nadie se fijaba en él, en su cara triste y pesarosa. Fue un consuelo para nuestro hombre abrir la puerta de su casa y experimentar la calidez entrañable de su personal interior. Regresaban la paz y la tranquilidad a su estado de ánimo. Una vez dentro del hogar, nuestro hombre pensó en recuperar las energías perdidas en el paseo; un humeante vaso de leche y unas galletas se encargarían de ello. Lo dejó todo preparado en una bandeja, al lado de su sillón predilecto, mas no pudo reprimir echar un último vistazo a la Avenida Principal. Acercó la frente al cristal de la ventana: algo había cambiado, porque ya no estaba él ahí, pero todo seguía igual. Quizá eso no tenía remedio. Se sentó en su sillón y se bebió su leche. Gradualmente, de forma placentera, fue cerrando los ojos, hasta quedarse dormido.

Y soñó, soñó…
                   
  


miércoles, 4 de junio de 2014

Los comicios por centurias

Una nueva entrega del trabajo "Derecho y sociedad en Roma: una visión a través de sus clásicos", bajo la dirección de la Doctora Alicia Valmaña, gran docente y mejor persona.

LOS COMICIOS POR CENTURIAS (COMITIA CENTURIATA).


Durante el reinado de Servio Tulio el pueblo romano experimentó una nueva distribución, esta vez en centurias y en clases. Tal división pretendía superar el antiguo sistema en tribus y curias en aras a la obtención de una nueva organización militar capaz de responder a las nuevas necesidades, guiándose por la aplicación de un parámetro timocrático (basado en la riqueza) a la hora de situar a cada ciudadano dentro de la clase y centuria correspondiente. Todo esto redundaría en la creación de un ejército de hoplitas, de inspiración etrusca, en el que los ciudadanos más enriquecidos asumían un papel central.


Daba. Foro Romano. Dominio Público.


Naturalmente, esta distribución en clases y centurias según la riqueza sirvió para fortalecer los intereses de los ricos propietarios, puesto que de las 193 centurias constituidas sólo la primera clase y los equites sumaban un total de 98. El resto de la población, aun siendo mucho mayor en número, paradójicamente quedaba en minoría, por lo que las votaciones en los comicios por centurias, en las que se llamaba a las centurias según el orden de las clases, siempre estaban en manos de un pequeño grupo de ciudadanos privilegiados. Esto hoy en día puede parecer escandaloso y antidemocrático, pero no hay que olvidar que para muchos pensadores de la antigüedad todo aquello que sonara a democracia, a exceso de libertad para el pueblo, para la masa, era sinónimo de desgracia, de consecuencias funestas para todo Estado que se precie de serlo. Cicerón llega a decir que «no hay bestia más monstruosa que la que toma la apariencia y el nombre del pueblo»[i], motivo por el cual en La República, cuando se explaya sobre la “constitución serviana” se muestra completamente conforme con ella, añadiendo que se procuró «algo que siempre se ha de tener presente en política: que la mayoría no disponga del mayor poder»[ii].

Los comicios centuriados consistieron, desde sus orígenes, en una asamblea del pueblo en armas, subrayando sus funciones militares. Varrón, al escribir sobre los precitados “Registros de los censores”, describe una convocatoria de la asamblea del pueblo, en la que se llamaba «a todos los ciudadanos, de caballería, de infantería, pertrechados con sus armas»[iii], asamblea que tenía lugar fueran de la ciudad[iv]. Además, este autor, al referirse a los comicios centuriados, lo hace en términos de “ejército ciudadano” (exercitum urbanum). Consecuentemente, como asamblea militar al comicio por centurias le correspondía realizar formalmente la declaración de guerra[v], a través de la lex de bello iudicendo.

martes, 27 de mayo de 2014

El vigía luminoso

EL VIGÍA LUMINOSO.


Skimejon0717. Faro. Dominio Público.


NOTA PREVIA. El manuscrito que tengo el honor de presentar a continuación fue hallado por la expedición Quinlan-Caydan el pasado 22 de agosto de 2003. Durante el transcurso de sus investigaciones a lo largo de la costa norte de Egipto estos oceanógrafos, entre los que orgullosamente me incluía, descubrimos, casi por casualidad, una vieja arca en el fondo marino, a unos veinte metros de profundidad. Sus dimensiones eran regulares, aproximadamente un metro tanto de ancho, largo y alto. El material del que estaba compuesta era una extraña mezcolanza de diversos metales, nunca vista hasta entonces, que le daban un peso extraordinario. Decidimos, ante la imposibilidad de acceder a sus prístinos secretos, trasladar la caja inmediatamente a la ciudad de Marsa-Matruh, donde, por mediación de nuestro colega egipcio y codirector, Hosni Caydan, expertos en cerrajería nos revelarían su preciado contenido.

Así se hizo, y lo que encontramos fue una serie de pergaminos, algunos de ellos muy deteriorados y estropeados, escritos en griego clásico. Como ninguno de nosotros sabíamos hablar tan antigua e ilustre lengua, nuevamente nos tuvimos que poner en marcha, esta vez rumbo a la Universidad de El Cairo, en busca del inestimable magisterio del Catedrático en Filología Griega Robert Chester. Desgraciadamente, perdimos la caja durante el viaje; unos desarrapados de la zona tuvieron la perspicacia de creer que el llamativo objeto albergaba en su interior un legendario tesoro, y, sin ningún ápice de duda, nos sustrajeron el arca. Aunque, afortunadamente, no se llevaron los escritos, ya que no cometimos la imprudencia de dejarlos dentro de su milenario receptáculo.

El profesor Chester tradujo en total diez pergaminos, y no sin grandes dificultades, puesto que el griego que había en ellos escrito, a pesar de datar del siglo I antes de Cristo, era prolijo en arcaísmos. En su mayoría, estas pieles eran anotaciones de lo que parecía ser el registro de una biblioteca; sólo un escrito, el que aquí nos ocupa, despertó la curiosidad entre todos nosotros. Este pergamino en cuestión, el menos malogrado de todos, recogía, en unos caracteres trazados de forma frenética y precipitada, una especie de breve relato donde se describían las últimas peripecias de su protagonista. No pretendo desvelar su insólito argumento, que a todos nos dejó boquiabiertos, pero sí diré, como dato curioso, que la isla a la que alude debió guardar una simetría de distancias respecto a los puntos terrestres más cercanos. En efecto, a juzgar por los escasos datos que aporta el manuscrito, distaba unos 220 kilómetros (118 millas náuticas, más o menos) tanto de Creta, en dirección sureste, como de Cárpatos y Rodas, en dirección sur-sureste; no siendo menos sorprendente los aproximadamente 300 kilómetros que la separaban tanto de Finike, en la costa turca (en su momento la región de Licia), como de la costa egipcia. Los cartógrafos a los que consultamos reseñaron, con tenaz insistencia, esta noticia típica de novelas de misterio. Ignoramos, eso sí, la relevancia que, más allá de la mera curiosidad, pueda despertar esta constatación.

Y, sin nada más que añadir, dejo paso a la lectura del manuscrito, esperando, con furtiva ansiedad, que quien lo lea pueda arrojar algo de luz sobre su inquietante misterio. Doy sinceramente las gracias al profesor Chester por su adecuada traducción. 

EL MANUSCRITO. «Cuando el gélido invierno deposite su tupida siembra en la tierra, sabrás, con certeza, que los dioses han salido de su inmemorial letargo. Entonces ellos te mostrarán un albino sendero que conduce a la morada ancestral donde no existe la fatiga ni el trabajo, y donde la felicidad y el regocijo son eternos. Síguelo sin titubear, pobre mortal. Que tus piernas sean robustas y tu voluntad pétrea, o la silenciosa tierra de Ádelos verá satisfecha su ansia de saber con el mérito de su nombre.» Así rezaba uno de los múltiples oráculos que versaban sobre la oculta isla de Ádelos, mi patria, que yo, con la insensata torpeza del infame Epimeteo, azote para los hombres que se alimentan de pan, no fui capaz de comprender. Lastimosa e invisible Ádelos, ya nadie te podrá socorrer; aparte de tus condenados hijos, pocos hombres te han contemplado en plenitud. Y si lo han hecho, no podrán venir a tiempo: ni los valientes cretenses, puesto que el estéril ponto interpone más de mil doscientos estadios entre nuestras islas, en la dirección que sopla Argestes; ni los fatuos rodenses, que nos congratulan con sus cereales y frutas, ya que Bóreas debe recorrer la misma distancia sobre el azulado mar para viajar desde esa isla a la nuestra. Pero sólo pierdo el tiempo lamentándome vanamente por lo que vendrá, que ya no me concierne. No obstante, y ya que la cólera divina me lo permite, escribiré como pueda el trágico itinerario que mi desdichada alma recorrió en esta última jornada, para que sirva de advertencia y escarnio al resto de mortales.

Me encontraba esta mañana, como es habitual en mi, trabajando en la suntuosa biblioteca de la pólis, tesoro del saber y único orgullo de la diminuta Ádelos. Estaba organizando y colocando los valiosos escritos que había traído de mi último viaje a Atenas, a esa Atenas dominada y sojuzgada por el bárbaro poder de los ausonios del Lacio. Llevaría, poco más o menos, unas tres horas trabajando con los volúmenes cuando, impetuosamente, mi vista empezó a nublarse. Atolondrado como estaba, decidí que lo mejor era salir a dar una vuelta por el ágora, en busca de alguna distracción o compañía. No hallé ni lo uno ni lo otro; el glacial frío que anidaba en cada recoveco invitaba a todos los habitantes a permanecer en algún sitio cerrado, a buen cobijo. Agarrando firmemente mi manto, para cubrir herméticamente el cuerpo, dirigí mis pasos a una pequeña casita a las afueras de la ciudad, donde solía ir para relajarme y apartarme de los pensamientos tempestuosos. Pensé que esto sería lo mejor; no deseaba, para nada, recibir la diatriba de insulsas pláticas que, provenientes tanto de mujer como de esclavos, me aguardaban en mi casa de la pólis. Además, había cumplido con los sacrificios y demás ritos religiosos, por lo que no había nada, a excepción del trabajo en la biblioteca, bastante avanzado, que me obligaba a permanecer en ese lugar.

Salí por la puerta oriental, custodiada por dos fornidos guardianes, no sin antes admirar la desafiante y enorme torre que regía la pólis, desde la que se podía escrutar todo el mar circundante. Esta arcaica construcción, de casi doscientos pies, había sido erigida en un atávico pasado donde apenas alcanza la memoria; varios libros de la biblioteca, como la recopilación de nuestro sabio local Menígenes, afirmaban que fue obra de los conspicuos vecinos del sur, los egipcios. A medida que, con invariable resolución, me alejaba de la pólis, podía comprobar como los remolinos y turbulencias que se estaban formando en lo alto del cielo ocultaban lentamente el alto torreón. Asombrado, empecé a sospechar que se avecinaba una nevada, espectáculo novedoso en una isla que se caracterizaba por la bonanza de sus temperaturas. En toda mi vida, que no ha sido precisamente corta, jamás había visto algo igual y, por lo que puedo recordar, tampoco había leído en la biblioteca alguna información que corroborara lo contrario.

Tras recorrer unos trescientos pies desde la muralla, el camino comenzaba a descender. Rodeado de espesos arbustos y algún que otro olivo, el camino serpenteaba graciosamente por la ladera que descendía hasta terminar en el amplio valle donde se ubicaba mi casa de recreo. Un furibundo viento soplaba de frente, acompañado por el tétrico roce de las ramas. No me amilané y seguí caminando. Cuando percibí los gañidos de los perros de las casas colindantes a la mía, comprendí que el trayecto estaba llegando a su final. Enseguida, pensé, la hierática estatua de Palas Atenea, de ojos glaucos, aparecerá en todo su esplendor. Y así fue. Situada en la encrucijada inmediatamente anterior al conjunto de casas campestres, la diosa hija del Tonante levantaba, con gesto adusto, su mano izquierda, apuntando directamente en dirección a la torre que presidía la silenciosa ciudad de Ádelos. Pasé respetuosamente, sin detenerme, y en poco tiempo divisé mi humilde casa.

Una vez dentro del hogar, encendí un fuego y preparé una frugal comida; con tanta sobriedad, cualquier conciudadano me podría haber dicho que parecía uno de esos incultos romanos comedores de gachas. Terminé rápidamente el refrigerio y me dispuse a leer varios libros de filosofía. Me recosté en un confortable lecho y, de forma gradual, fui cayendo en una dulce ensoñación; podía sentir unos extraños ruidos, como de proyectiles que golpearan vivamente el techo. Me dormí profundamente.

Un terrorífico estruendo me devolvió, sobresaltado, a la vigilia. Torpemente, con vacilación, logré salir de mi habitáculo y, con el vello erizado, pude contemplar el níveo manto que el cielo, ahora calmado, había arrojado sobre nuestra isla. Todo era tan extraño... No se oía nada, ni tan siquiera el balido del ganado. Parecía como si el blancuzco paisaje se lo hubiera tragado todo. Llamé excitadamente a algunas casas, pero no obtuve ninguna respuesta. Con los miembros ateridos por el inusual frió, inicié una tortuosa marcha hacia la ciudad, introduciendo pesadamente los pies en la nieve.

Al volver a cruzarme con la rutilante figura de Atenea observé como, con ojos inyectados, la belicosa diosa me seguía indicando la posición de la torre. Entonces, oteando hacia lo alto de la ladera, contemplé, absorto, una flamígera fortificación. Apesadumbrado, estimé que se trataba de la insigne torre, que había sido incendiada. Sin embargo, ardía con un fuego pálido, casi tan blanquecino como la nieve que cubría la muralla y las casas. Armándome de valor, continué reptando, como pude, por el ascendente camino, sin importarme mi integridad física. En mi hipnótico caminar, me desplomé multitud de veces sobre el congelado elemento, que me provocó, al contactar con mis manos, una agobiante quemazón en ambas palmas.

Unos oscuros pájaros comenzaron a surcar el grisáceo cielo mientras, a mi espalda, el ensordecedor murmullo de lo que parecía ser una gigantesca ola se extendía por todas partes. Me sentí azorado, aturdido; mi ingenua mente no podía dosificar todo este cúmulo de experiencias. Y así ocurrió lo inevitable, ya que, picado por una insana curiosidad, me di la vuelta para observar ese magno acontecimiento, al tiempo que un trueno en forma de lamento restalló desde la llameante torre. No vi ninguna ola, pero sí agua, mucho agua. Todo el valle estaba inundado por un líquido verdoso, putrefacto, del que emergieron, ante mis desorbitados ojos, los tres hijos de Gea y Urano «cuyo nombre no debe pronunciarse», esos tres «monstruosos engendros» de los que nos hablara Hesíodo en su Teogonía, cuyas palabras reproduzco. Cada una de estas criaturas infernales, poderosa arma del Tonante, emprendió, con su centenar de brazos, la destrucción de la isla; su implacable proceder era mimético y calculado, dirigido, sin duda, por el padre de dioses y hombres. Entonces, ¡oh, divina providencia!, el enigma se aclaró. De forma diáfana el viejo oráculo se apareció en mi mente, tan sencillo como una adivinanza infantil. Pero ya nada podía hacer, porque, con mi ruinosa constatación, comprendía las señales divinas cuando éstas ya se habían producido y no antes, como es propio de los seres inteligentes y astutos. Desolado, retomé mi camino ante la vorágine destructiva de los uránidas. Mi tiempo se acababa.

Entré en la desértica polis; la antigua torre, antes llameante como un faro, ahora era tan solo un montón de escombros. Me dirigí a la biblioteca donde, en estos momentos, termino de escribir, tembloroso, estas líneas. Espero tener tiempo suficiente para guardar este escrito en el arca, a salvo, quiéralo Zeus, de la destrucción y del olvido.… Porque, ¿quién conoce la voluntad divina?… No hemos superado la prueba de los dioses, y, por eso, ellos castigan nuestra vanidad: primero, el Tonante con la destrucción; y, después, Mnemósine con el olvido, enemigo de toda certeza. Nuestra única riqueza y motivo de arrogancia, la biblioteca, se perderá para siempre; los poemas del divino Homero, los diálogos de Platón, las obras del estagirita, las tragedias de Esquilo, las comedias de Aristófanes, la Historia de Heródoto, los tratados del recientemente fallecido Cicerón.…  El oráculo se ha cumplido, ingrata isla. Pronto te ocultarás entre las viscosas aguas, invisible para los mortales, como presagiara tu calamitoso nombre…

(fin del manuscrito)


viernes, 16 de mayo de 2014

Objeción democrática a la justicia constitucional

En esta entrada presento la segunda objeción democrática hacia el neoconstitucionalismo, que forma parte de un trabajo de doctorado elaborado para el área de Filosofía del Derecho de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo, del que ya publiqué una parte hace un mes. Ahora los dardos se dirigen hacia una institución que siempre da que hablar en la arena política: el Tribunal Constitucional. Para mi siempre será incalculable el valor de las clases de mis maestros: Luis Prieto y Santiago Sastre. A ellos les debo el interés en estas cuestiones.


Openclips. Justicia. Dominio Público.


SEGUNDA OBJECIÓN DEMOCRÁTICA: CONTRA EL CARÁCTER CONTRAMAYORITARIO DE LA JUSTICIA CONSTITUCIONAL.


Esta segunda objeción, o “versión de la objeción”, dirige sus fuerzas hacia uno de los rasgos característicos del constitucionalismo moderno: la presencia en los sistemas jurídicos de unos órganos, de corte judicial, encargados de preservar la Constitución y su contenido. Estos órganos, ya sean los tribunales ordinarios o un tribunal constitucional, realizan, en su defensa de la Constitución, una función de depuración del ordenamiento jurídico que choca irremediablemente con el producto del poder legislativo, la ley[1]. Es decir, los jueces constitucionales tienen como misión principal expulsar del ordenamiento aquellas leyes que infrinjan o violen la Constitución, que es una norma jerárquicamente superior a la ley. Y, si bien puede admitirse sin problemas que la Constitución sea un texto superior a la ley, lo que esta segunda objeción no acepta de buen grado es que se confíe en un órgano judicial (esos jueces ordinarios o ese tribunal constitucional) tan tamaña labor (la expulsión de una ley), principalmente porque, por lo general, este órgano no es elegido democráticamente, al contrario de lo que sucede con el órgano que aprueba la ley; resumiendo, como dice el profesor Laporta: «lo que nos demanda esta segunda pregunta o segunda versión de la objeción democrática son las razones que abonan que sea un grupo de jueces no elegido democráticamente, un grupo de sabios, el que imponga sobre el órgano legislativo una decisión»[2].

En principio, cabría preguntarse por qué las constituciones actuales pergeñan una justicia constitucional con tan amplio poder[3]. Sin duda, podría pensarse que esto es una consecuencia natural del carácter supremo que ostenta la Constitución; pero, como bien apunta Luis Prieto, «esta no es una opinión pacífica»[4]. Así, Francisco Laporta entiende que la presencia de un procedimiento de control constitucional no se deduce “necesariamente” de la primacía de la Constitución[5]; es más, el propio Luis Prieto alude al hecho de que existen sistemas jurídicos donde la Constitución, sin perder su jerarquía, no se encuentra garantizada por una justicia constitucional, «bien porque se prescinda de todo sistema de control, bien porque éste se encomiende o articule a través de órganos políticos.»[6] Sin embargo, la rematerialización operada en la Constitución, la introducción en los textos constitucionales de un amplio catálogo de derechos (los derechos fundamentales), ha producido una “mutación” en la Constitución, cuya consecuencia inmediata ya fue anotada al principio de este trabajo, que no es otra que la contemplación de la misma como una norma jurídica más del sistema, aunque superior a las demás. Por ello, «si la Constitución es una norma jurídica que impone derechos y obligaciones, parece del todo indispensable un sistema efectivo de tutela jurisdiccional, de modo no muy distinto a como nos parece indispensable en relación con el resto de las leyes.»[7] En este sentido, podría dar la impresión de que, sin esta garantía jurisdiccional, todo el esquema trazado por la Constitución queda truncado, inacabado, como bien recuerda Luis Prieto.

lunes, 28 de abril de 2014

¿Placentera navidad?

Aquí presento una de mis incursiones en la literatura, en forma de relato breve. Lo presenté al concurso de cuentos del Ayuntamiento de Yepes, hace ya unos cuantos años (creo que fue en 2001), y el jurado tuvo la desfachatez de darme el primer premio. Por lo menos intenté que fuera divertido.


Falco. Santaclaus. Dominio Público.

¿PLACENTERA NAVIDAD?


            Papá Noel no podía imaginar, ni mucho menos, lo que le iba a ocurrir aquel día. Como cada navidad acometía con la más amplia de sus sonrisas su loable tarea; había estado todo un año preparando este momento concienzudamente. Los juguetes, los ansiados juguetes, ya se encontraban en las alforjas y sacas de su lujoso trineo. Los briosos renos estaban dispuestos a partir en aras de lograr la mayor felicidad del colectivo infantil. En sus casas, los bondadosos niños aguardaban con impaciencia el fruto de esta interminable labor. Todo tenía que salir bien, o desde arriba le podían echar una reprimenda.

            Después de que su esposa le despidiera con maternal cariño, partió, a las doce en punto. El cielo se hallaba calmado, despejado; ni una sola nube se interponía a su paso. Le embargaba la filantropía y, escrutando en lontananza, podía vislumbrar en su alma todo el amor y afecto que iba a despertar en los efebos corazones de toda la chiquillería mundial. No se podía pedir más. ¡Qué agradable resultaba todo!

            El reparto se estaba llevando a cabo según lo planeado, conforme a una tradición que abarcaba enormes siglos: primero, Asia; después África – se tardaba poco – y América, donde había más necesitados que en ningún otro sitio; más tarde, Oceanía, el continente de las islas; y, por último, los privilegiados niños de Europa, la cumbre de la civilización. ¡Hay tantos niños lastimosos y menesterosos a quienes ayudar en su anodina vida! ¡Y tanta la diversión y cariño que hay que proporcionarles!

            Al arribar España hizo una pequeña pausa; también Papá Noel tiene derecho a un pequeño, aunque muy pequeño, descanso. Eran las tres y cuarto de la noche, y la distribución de juguetes no había sufrido ningún retraso; todo iba perfecto. Otros años, recordaba con nostalgia, alguna torcedura de pata de los renos le había hecho temer por su justa misión. Pero esta vez no ocurriría nada de eso, ya que los renos se habían nutrido magníficamente e irradiaban una gallardía inusual. Miró otra vez su antiquísimo reloj: las tres y treinta y cinco minutos. ¡Había que retomar la tarea nuevamente, y con la misma ilusión de siempre!

            Cuando repiquetearon la cuatro Papá Noel aterrizó en un pueblecito de la geografía castellana – no es el que pensáis – y comenzaba a notar algo de agotamiento. Un incómodo sudorcillo le recorría la espalda. Algunas casas de otros pueblos le habían reportado un trabajo colosal, con docenas y docenas de juguetes, y de ello se resentía agudamente su tremendo corpachón. Pero una costumbre es una costumbre, y ya sabemos lo poderosas que son las costumbres. No cesó de pensar en la posible idea de perder algo de peso para los próximos años; había que digerir menos carne y hacer algo de ejercicio.

            Aparcó el trineo en la plaza del pueblo, dejando a los renos beber algo de fresca y cristalina agua de la fuente. Sacó su libreta de pedidos y comprobó una serie de datos: Calle Capullada, número trece; un móvil, un juego de combates para la consola y un Action Man; Enrique Navarro Díaz, diez años, he sido muy bueno y te quiero mucho, Papá Noel.

            ─ ¡Jou, jou, jou, jou! – exclamó Santa, bonachón. Y añadió: – ¡Hay que ver cómo son estos querubines! ¿Calle Capullada? ¡Qué cosa más rara!¡Menos mal que estoy cerca de ese sitio¡ ¡Allá voy¡ – y se lanzó en pos de la felicidad de otro niño más, extrayendo previamente de una saca los regalos solicitados por el muchachillo, e introduciéndolos en un saquito rojo.

            Recorrió en tiempo record la distancia que separaba el trineo de la casa, que no tardó en reconocer. No era una casa ostentosa, pero en ella había algo de postín y de grandeza: su fachada era lisa y de un color beige; las ventanas, grandes y muy sofisticadas, con unos bordes plateados y doble cristal; y el tejado era de una teja muy oscura, robusta, con una chimenea alta y magnificente. Una vez delante de la casa, ascendió acrobáticamente en dos minutos hasta el tejado, y en tres ya se hallaba junto a la vetusta chimenea, ayudándose de unos escalones que deberían comunicar, pensó Santa, alguna terraza o balcón con la chimenea. Se introdujo en el interior de la misma y, ¡zas!, quedó atrapado cual alimaña, cual presa indefensa. No lo podía creer, pero era cierto: se había quedado encajado en mitad de la chimenea, inmóvil, y no podía pedir socorro, ya que sería descubierto. Con desesperación intentó zafarse de esa “encerrona”, mas en vano. Su anciano cuerpo le traicionaba y, con el contoneo, no pudo evitar producir una serie de ruidos, algunos muy estridentes.

            Con tanto ajetreo Enriquito acabó por desvelarse. Los rumores que lo sacaron de la cama despertaron su punzante curiosidad, por lo que puso rumbo hacia el salón de la casa, decorado con su típico árbol de navidad, su portal de Belén, sus lucecitas y adornos y, por supuesto, sus calcetines. ¡Había que averiguar que estaba ocurriendo!

            ─ ¿Quién anda ahí? – preguntó el niño, al tiempo que escudriñaba con cautela la estancia.

            ─ Soy Papá Noel, niño. Lo lamento en el corazón, pero me he atascado en tu chimenea.

            ─ ¡Sí, hombre, vas a ser tú Papá Noel! ¡Tú eres un ladrón!

          ─ ¡Qué no, querubín! ¡Nada más lejos de mi intención! No te miento: soy Papá Noel. Ayúdame a salir de aquí, por favor, y te daré tus juguetes, más unos dulces si te portas bien conmigo.

       ─ ¡No digas chorradas, mentiroso secuestrador de niños! Papá Noel no es más que una escaramuza de las tiendas y los centros comerciales para poder vender más, que es de lo que se trata. Y tú, so capullo, te aprovechas de ese mito para robar en las casas, pensando que la gente no te hará nada, porque eres un ser caritativo. ¡Y un cuerno! – y, tras unos segundos de meditación, añadió el receptivo niño: – Pero, respecto a la ayuda, sí que voy a hacer algo por ti – y se marchó.

            Cuando Enriquito regresó, a los cinco minutos, portaba una cazoleta de medio litro repleta de agua hirviendo, y los bolsillos a punto de reventar de unos objetos misteriosos. Se equipó con guantes, gorro, orejeras y un buen abrigo, abrió la puerta de la terraza y tomó por una escalera que daba con el negruzco tejado. Caminó acompasadamente por los escalones, sin ninguna impaciencia y con un gran dominio de sí mismo. Al llegar al borde de la chimenea llamó al ladrón, digo, a Papá Noel, que estaba nerviosamente excitado, y lanzó, paulatinamente, unas bombas fétidas. Santa aclamó al cielo, pero éste no atendió sus peticiones; tenían mucho trabajo en la empresa. Por si fuera poco, extrajo Enrique de sus bolsillos unos botes de mermelada, tomate y otras porquerías, vertiendo el pringoso contenido en la cabeza de Papá Noel.

            ─ ¿Qué guarrería es esto? ¡Qué asco! – se quejó Santa, indignado.

            ─ No te gusta la suciedad, ¿eh? ¿Quieres lavarte? ¡Pues toma! – y agarró la cazoleta de agua caliente, derramando el fulgente líquido. Papá Noel aguantó con dignidad la tortura.

        ─ Pero, ¿qué te he hecho yo, que todos los años vengo a traerte tus juguetes? – Intentó convencer al niño. – Yo soy tu amigo, angelito.

            ─ ¡Qué vas a ser tú mi amigo, ladrón! Yo no tengo amigos. ¿Para qué quiero amigos aburridos y tristones, si tengo mi consola y mi ordenador, que me proporcionan mucha más diversión, y sin objetar nada? ¿Para qué quiero conocer gente, si en la tele aparece todo el mundo? ¿Para qué quiero a un fofo, torpe y viejo Papá Noel, que no eres tú, si mi padre me compra lo que yo quiero cuando quiero? Con todo lo que quiero se puede ser feliz.

            ─ Enriquito, eso no es cierto, tesoro. Las personas, los seres humanos, son los únicos que te pueden dar la verdadera felicidad, y no ninguna cosa. Y todos tus juguetes, tus diversiones, te deben servir para acercarte a los demás, no para alejarte de ellos. Los móviles, las consolas, los muñecos, todas las cosas, no pueden darte cariño, comprensión y amistad; una persona, un amigo, sí.

          ─ No te rindes, ¿eh? – y descendió al salón, desde donde se encaminó a su habitación, tomando una escopeta que le regaló, precisamente, Papá Noel el año anterior.

            Lo que siguió en las siguientes horas fue tremendo. Enriquito, que había visto en la tele mucha gente perversa, algunos disfrazados de personas entrañables, dio su merecido a tan ilustre sinvergüenza. Con la furibunda escopeta se dedicó a agujerear el trasero de Santa, donde penetraba el humeante plomo. ¡Todo era como un juego de consola, a los que Enriquito estaba tan acostumbrado!

            El alba despuntaba en el horizonte, y Papá Noel continuaba sufriendo las aberraciones del maquiavélico muchacho: golpes con un cepillo, pelotazos… Incluso llegó el niño a encender la chimenea; eso sí, con unos pocos papeles nada más. Es increíble lo que puede pergeñar una mente infantil de estos tiempos tan desconfiados, mancillando el honor de quien se interponga a su paso.

            El padre de Enriquito se despertó muy temprano. No pudo reprimir una sonrisa al descubrir a su hijo de esa guisa.

            ─ ¿Qué haces, hijo? – le inquirió, frunciendo el ceño de forma cómica.

            ─ Pues que he pillado a un ladrón, de esos que secuestran y torturan, en la chimenea. Le he tenido en jaque toda la noche. No os he querido despertar por esta tontería- argumentó Enriquito, colocando la escopeta en el suelo. – Me quería engañar diciéndome que era Papá Noel. ¡Cómo si yo fuera idiota!

            ─ ¡Muy bien, chico! – bostezó el padre. – Voy a llamar a la policía.

            La autoridad se presentó en quince minutos. Lograron, con titánico esfuerzo, desatascar a Papá Noel, el cual, para ser sinceros, estaba hecho un asco: su cara estaba cubierta de quemaduras; su piel y su barba eran multicolores; su traje estaba ensuciado por unas sustancias viscosas. En fin, un desastre.

            Papá Noel fue condenado por allanamiento de morada a un año y medio de prisión (artículo 202 del Código Penal). Se le decomisó el trineo, los renos y los juguetes. Además, carecía de documentación y, entre otras cosas, se probó que no cumplía con el fisco, por lo que tiene pendientes otros procesos. Por supuesto, Papá Noel negó todas estas acusaciones.

           La moraleja de esta historia, si es que existe, es que, en un mundo sin valores, sin sentimientos, adornado simplemente de materialismo, donde poseer es lo principal, ¿qué futuro tienen las personas de buena fe? Deleznable porvenir en una sociedad cada vez más implacable, más competitiva. Yo me solidarizo con Papá Noel y con todos los que, como él, hacen que pervivan los buenos sentimientos.

viernes, 18 de abril de 2014

Constitución y democracia: una armonía aparente

Esta nueva entrada es parte de un trabajo que presenté para el curso "Teoría del Derecho y Estado Constitucional. La Teoría de la Interpretación y los Derechos Fundamentales", bajo el enriquecedor y valioso magisterio de mi profesor Luis Prieto Sanchís, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Castilla-La Mancha. Trata sobre las relaciones, a veces tensas y no percibidas, entre constitución y democracia. En su texto expongo y me apoyo, principalmente, en las tesis de dos trabajos de dos "pesos pesados" (dicho sin ningún tipo de ironía) de la filosofía del derecho: Francisco Laporta y Luis Prieto. Como en otras ocasiones, los fallos que se puedan detectar en la argumentación sólo son responsabilidad mía. Por supuesto, recomiendo a quien esté interesado en el tema la lectura de los mencionados trabajos (debidamente citados en mi texto), que es muy ilustrativa. 

CONSTITUCIÓN Y DEMOCRACIA: UNA ARMONÍA APARENTE.

PRIMERA OBJECIÓN DEMOCRÁTICA: ¿CONTRA LA SUPREMACÍA DE LA CONSTITUCIÓN O CONTRA SU RIGIDEZ?    


Dicho rápidamente, esta primera objeción cuestiona la capacidad de la Constitución para imponer limitaciones o restricciones a la agenda de los poderes públicos, en especial del poder que representa la voluntad general. Si la democracia es un procedimiento político con el que la voluntad del pueblo suele hallar su mejor expresión, mediante la regla de la mayoría, no se entiende muy bien por qué un determinado texto, la Constitución, se empeña en poner tantos obstáculos a la libre formulación de esa voluntad sobre ciertas materias. Ni siquiera contando con una Constitución votada democráticamente, con un gran consenso, se soluciona el contraste, puesto que, como apunta Francisco Laporta, con el paso del tiempo el documento constitucional se convertiría en una «imposición externa»[1], en algo ajeno a las personas que tienen que “sufrir” las imposiciones de la norma suprema. Es decir, si asumiéramos que la Constitución se justifica por su origen democrático estaríamos dando preferencia a la voluntad de una generación, la constituyente, frente a las demás; parecería que esa generación, inspirada por un poder divino o por el interés general, estuvo tan acertada y fue tan lúcida y altruista que su voluntad no puede ser menos que sagrada. Como se dice normalmente, se estaría dando preferencia a los muertos frente a los vivos, cuando, sencillamente, el mundo pertenece a los vivos[2]. Desde luego, esto no se corresponde con la igualdad que predica el procedimiento democrático. En este sentido, José Juan Moreso resalta el fenómeno conocido como “paradoja de la democracia”, en razón de la cual «Cada generación desea ser libre de atar a su sucesora, sin estar atada a sus predecesoras»[3], lo que promueve la incompatibilidad entre democracia y primacía de la Constitución. A mayor abundamiento, el profesor Laporta agrega que la expresión “democracia constitucional” puede ser un oxímoron[4], lo que hace a ambas palabras mutuamente excluyentes.



Nemo. Grupopersonas. Dominio Público.


     De este modo, en un primer momento parece que el irresoluble divorcio entre estos dos conflictos sólo puede salvarse a favor de uno de ellos. Así, desde las filas de los partidarios de la Constitución se recurre a la teoría de los “mecanismos de precompromiso”, en razón de la cual la Constitución supone un gran pacto objetivo entre todas las fuerzas sociales, cuya misión es evitar que, en un futuro, algunas decisiones irracionales (principalmente democráticas) puedan acabar con todo el proyecto político, haciendo peligrar gravemente la convivencia[5]. En particular, se suele comparar este precompromiso que es la Constitución con el acto de Ulises ante las sirenas que, como es bien sabido, decide encadenarse para no sucumbir a los seductores cantos de estos seres mitológicos. José Juan Moreso define este mecanismo como “atarse a sí mismo”, recalcando que estos mecanismos de precompromiso son usados por las personas en “momentos de debilidad”: «atarse a sí mismo en estas situaciones consiste en excluir determinadas decisiones del futuro, para preservar una decisión del pasado que se valora positivamente»[6]. Este precompromiso, añade Moreso, es una idea «adecuadamente expresada en el ideal de la democracia constitucional»[7], que da pie a la distinción entre poder constituyente y poderes constituidos y que explica por sí mismo que determinadas materias, como los derechos fundamentales, estén “atrincheradas”[8], sobreprotegidas frente a ulteriores decisiones. Sin embargo, Francisco Laporta ha demostrado que el precompromiso tipo Ulises es difícilmente trasladable al terreno de la Constitución, siendo un argumento pobre en la justificación de esas restricciones constitucionales. Ulises muestra un tipo de racionalidad que, aunque imperfecta[9], es válida y útil para el individuo en sí mismo considerado, pero que en el aspecto colectivo no funciona correctamente. Como escribe Francisco Laporta, Ulises es, tanto antes como después de escuchar a las sirenas, la misma persona, mientras que, con el paso del tiempo, las personas que deberán obedecer la Constitución no serán las mismas que la aprobaron; y, en segundo lugar, Ulises toma esa decisión porque sabe con toda certeza que al oír la sensual voz de las sirenas dejará de ser un hombre racional, caerá en un total atolondramiento, algo que, referido a las generaciones futuras que sucederán a la constituyente, sólo puede calificarse como «un gigantesco acto de paternalismo»[10] absolutamente injustificado[11]. Es más, esta fórmula de precompromiso solo ofrece una “explicación contextual” de la primacía constitucional, y no conceptual, como dice José Juan Moreso; esto es, «pertenece a las circunstancias en que es posible referirse a la primacía de la Constitución», por lo que «estas circunstancias no forman parte de una explicación conceptual»[12] de lo que es esa primacía. Por ello, una vez que esas circunstancias cambian o evolucionan, es lógico preguntarse por qué ese documento, la Constitución, ostenta esa primacía y, en definitiva, por qué impone esos límites a las mayorías del futuro.