domingo, 30 de marzo de 2014

Videovigilancia: comentario de dos sentencias del Tribunal Constitucional

En esta entrada presento un comentario a dos sentencias del Tribunal Constitucional sobre un asunto siempre polémico en el ámbito laboral: la videovigilancia. O, lo que es lo mismo, al conflicto que genera el respeto, dentro de la empresa, al derecho que todo trabajador tiene a la intimidad. Este trabajo tuvo su origen en el curso "La vigencia de los derechos fundamentales en la empresa", dirigido por el catedrático de Derecho del Trabajo Antonio Baylos, gran profesor. Por supuesto, todos los errores que estén presentes en el comentario únicamente se deben a mi persona. 


Openclips. Videocámara. Dominio Público.



VIDEOVIGILANCIA. COMENTARIO DE LAS SENTENCIAS DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL 98/2000 Y 186/2000.

Mi comentario se va a circunscribir, como el propio título del trabajo indica, a dos sentencias, ambas del año 2000, la 98/2000 y la 186/2000, en las que fue ponente el magistrado Fernando Garrido Falla. El tema que se discutió en sendas resoluciones del Tribunal Constitucional fue la videovigilancia, haciendo especial hincapié, como es lógico,  en el derecho a la intimidad de los trabajadores en el ámbito de las relaciones laborales. Y es que en todo este asunto siempre van a entrar en colisión dos derechos: por un lado, el derecho a la intimidad del trabajador, consagrado en el artículo 18 de la Constitución Española (CE), y por tanto, un derecho fundamental; y por otro, el poder de dirección y control del empresario, regulado en artículo 20.3 del Estatuto de los Trabajadores (LET), que encuentra su sede constitucional en los artículos 33, relativo al derecho a la propiedad, y 38, que ampara la libertad de empresa. En las siguientes líneas se van a examinar una serie de cuestiones relacionadas con esta confrontación, a propósito de dos sentencias en las que se debatió si el empresario, en uso de esa facultad de vigilancia y control, irrumpió o no en la esfera privada del trabajador, y, en definitiva, vulneró o no ese derecho fundamental.

Resumen de los antecedentes fácticos de las dos sentencias

Primeramente, comenzaré haciendo un somero resumen de los antecedentes fácticos de las dos sentencias en cuestión. La primera de ellas, la 98/2000, de 10 de abril, se dirigía contra la Sentencia de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Galicia de 25 de enero de 1995, dictada en suplicación. Esta sentencia revocó la anterior del Juzgado de lo Social de Pontevedra, que había considerado que la instalación de unos aparatos de escucha y grabación de sonido en las dependencias de caja y sala de juegos por parte de la empresa Casino de La Toja, S.A, durante el verano de 1995 y sin mediar comunicación al Comité de empresa, atentaba contra el derecho a la intimidad de los trabajadores del casino, habida cuenta de que éste ya disponía de un circuito cerrado de televisión que funcionaba correctamente. El Juzgado de lo Social entiende, por ello, que la instalación de esos aparatos de escucha no está suficientemente justificada y excede del poder de control del empresario, permitiéndole conocer todo tipo de conversaciones que tengan lugar en el casino, incluso las de corte privado. Por el contrario, la sentencia del TSJ parte de una tesis distinta, sosteniendo que el centro de trabajo no es un lugar donde el trabajador haga empleo de su derecho a la intimidad,  y justificando las medidas tomadas por la empresa porque suponían un «plus de seguridad»[1] añadido al sistema ya presente en el centro de trabajo. En definitiva, según este Tribunal, la empresa está totalmente capacitada para conocer el contenido de las conversaciones de los trabajadores, tanto de éstos entre sí como con los clientes. Finalmente, el actor, trabajador del casino, presentó recurso de casación para la unificación de doctrina ante el Tribunal Supremo, recurso que fue inadmitido.

viernes, 21 de marzo de 2014

Magistraturas romanas: el dictador

En esta entrada presento parte de un trabajo que elaboré para el curso de doctorado "Derecho y sociedad en Roma: una visión a través de sus clásicos", gracias al valiosísimo magisterio de la profesora Alicia Valmaña. Versa sobre una de las magistraturas romanas, la dictadura, durante los primeros siglos de la República. Por supuesto, no es igual a lo que hoy se entiende por dictadura.

MAGISTRATURAS ROMANAS: EL DICTADOR.    


Una vez más, y como es habitual en todo lo relacionado con las magistraturas, es de obligado cumplimiento citar a Cicerón. Este autor, en Las Leyes, nos ofrece una descripción completa de lo que era la dictadura, escribiendo que «más cuando haya una guerra importante o luchas civiles, que uno solo, por un período no superior a seis meses, si el Senado lo decretare, asuma las mismas facultades legales que los dos cónsules; y que éste sea nombrado con los auspicios favorables jefe del pueblo[i]; y tenga uno que mande la caballería con igual rango y facultades que el administrador de justicia cualquiera que fuere»[ii]. Estas mismas ideas se reiteran en algunos pasajes de La Republica[iii], destacando su cualidad de magistrado sin colega sobre el que recae el poder absoluto en situaciones de extrema gravedad, preferentemente guerras.

Tanto su falta de colegialidad como la duración del cargo, que a diferencia de las otras magistraturas era, a lo sumo, de seis meses, nos revelan en la dictadura una magistratura extraordinaria. Por ello, su nombramiento no se ceñía a los mismos requisitos que los otros cargos, que consistía en que «el cónsul, levantándose de noche nombraba al dictador en silencio»[iv]. En virtud de este nombramiento el dictador recibía las competencias de los cónsules[v] (imperium militar y civil), pudiendo adoptar medidas severas, como el reclutamiento exhaustivo de tropas[vi] o la suspensión de los asuntos públicos[vii] (iustitium), en caso de guerra. Además, todos los demás magistrados, incluidos los cónsules, estaban subordinados al dictador y debían obedecerle[viii]. Por consiguiente, la dictadura era una «suspensión del régimen normal constitucional»[ix], que pretendía, en casos de extremo peligro para la República, eliminar los problemas consustanciales a la colegialidad consular[x], concentrando todo el poder y todas las decisiones en una sola persona.

sábado, 15 de marzo de 2014

Takeshi Kitano: talento para lo trágico y lo bufonesco

En esta ocasión presento otro artículo recogido en la revista Zona libre. Fue en el número 7, de mayo de 2005, en cuya portada aparece un cuadro atribuido a Luis Tritán, discípulo del Greco, sobre el martirio de San Sebastián (portada que incluyo a continuación). Este artículo es un breve repaso por la vida y obra de Takeshi Kitano, polifacético personaje que en España empezó a conocerse a través del programa Humor amarillo, a principios de los noventa con la televisión privada (en Japón se conocía como Takeshi´s Castle). A este artículo le iban a seguir otros (desde la sección Culturiza.T) sobre distintas películas de Kitano, pero lamentablemente el número 7 de Zona libre fue el canto del cisne de esta revista, que no se volvió a publicar más.




TAKESHI KITANO, TALENTO PARA LO TRÁGICO Y LO BUFONESCO.

Si hay un artista que, en la actualidad, da siempre que hablar, y bastante, ese no puede ser otro que Takeshi Kitano. Aunque en nuestro país es recordado casi exclusivamente por el alocado programa Humor amarillo, que Tele 5 emitió a principios de los noventa (¿quién no recuerda los trompazos que esos insensatos orientales se pegaban con las zamburguesas?), este japonés que ronda los 58 años ha hecho algo más que entretenimiento televisivo; así lo prueban los innumerables oficios que ha desempeñado, donde, de una forma u otra, ha desarrollado siempre una vena artística muy personal, a saber: periodista deportivo, columnista en diarios nipones, novelista, poeta, moderador de debates, actor de cine y televisión, cineasta y, por encima de todo, cómico. Porque, a pesar de que ahora está mucho más interesado por el cine, su gran aspiración fue, desde el principio, el mundo de lo risible.

Ciertamente, este estudiante de ingeniería rompió el corazón a sus padres cuando fue expulsado de la facultad y decidió que su fin en la vida (imperdonable fin) era convertirse en cómico. Para ello, no dudó en aceptar cualquier tipo de trabajo que lo mantuviera cerca de los escenarios, ya fuera de camarero o ascensorista. Precisamente en el ascensor conoció al director del teatro que, sabedor de sus intenciones, una noche le dio la oportunidad de “estrenarse” cuando el cómico que debía actuar se ausentó. La cosa no salió mal, ya que no trabajó más en el elevador; es decir, continuó con sus actuaciones, depurando su estilo. De este modo conoció a Kioshi Kaneko, con el que formó el transgresor dúo “The Two Beats”, pareja artística del manzaï (estilo cómico parecido al Club de la comedia) que obtuvo gran aceptación en teatros y locales, lo que les catapultó directamente a la televisión y radio niponas. Gracias a la pequeña pantalla, Takeshi Kitano (que entonces se hacía llamar Beat Takeshi, sobrenombre que después ha mantenido cuando se acredita como actor) se encumbró a lo alto de la popularidad, siendo un rostro muy reconocible en su país durante la década de los setenta.

martes, 4 de marzo de 2014

Los excesos de una ética animal

A primera vista, la expresión “ética animal” puede parecer un oxímoron; esto es, una contradicción en los términos. Si se considera que la ética es un asunto típicamente humano, o más bien exclusivamente humano, hablar de ética animal como algo propio de los animales, propio de su condición, se antoja como una floritura poética, un préstamo que los humanos hacemos al resto de los animales para que se nos parezcan más. Sin embargo, la propagación que la ideología animalista, o movimiento animalista, ha vivido en los últimos años está haciendo más frecuente escuchar cosas como “derechos de los animales” o “ética animal”; en su terminología, una ética más allá de la humanidad, más allá de la especie (se entiende, humana). No en vano este movimiento ha constituido asociaciones y partidos políticos que llevan la defensa de los derechos de los animales como programa político a aplicar desde las instituciones.

¿Qué implica aceptar que realmente existe la “ética animal”, la ética propia de animales? Indudablemente, que se considere que los animales no humanos son sujetos morales del mismo modo que los animales humanos. Sujetos, y por tanto no objetos, capaces de ser portadores de derechos en un plano de igualdad respecto a los demás sujetos. Junto a esto, sería obligado reconocer que estos sujetos morales, los animales no humanos, también son aptos para sostener intereses fundamentales como, por ejemplo, no ser privados de sus vidas, de su libertad o de su integridad. ¿En qué se apoya la ideología animalista para defender esta postura? De forma prioritaria, y siguiendo a Peter Singer y su Liberación Animal, en la capacidad de sufrir y disfrutar de los animales no humanos. Este filósofo utilitarista, partiendo de la obra de Jeremy Bentham, estableció que a la hora de considerar a los animales no humanos lo relevante no era si podían pensar o hablar, sino si podían sufrir. Por consiguiente, es esta capacidad de sufrir (más desarrollada en aquellos animales con sistema nervioso central), y ninguna otra, la que determina que los animales no humanos deban tener derechos, puesto que en el plano del sufrimiento padecen como los animales humanos; al mismo tiempo, debido a su capacidad de sufrimiento y disfrute, los animales no humanos van a ser sujetos aptos para tener preferencias, deseos y, claro está, intereses como los anteriormente indicados (o incluso más). En definitiva, todos los animales nos igualamos en el sufrimiento; «todos los animales son iguales», que diría Singer.

martes, 25 de febrero de 2014

Cultura basura en la televisión: libertad a pesar de todo

Este artículo fue recogido en el número 6, de mayo de 2004, de la ya desaparecida revista Zona libre, una revista juvenil editada por la Concejalía de Cultura y Juventud del Ayuntamiento de Yepes. Hay algunas cosas que me corregiría hoy, pero en líneas generales mantengo lo escrito entonces.

CULTURA BASURA EN LA TELEVISIÓN: LIBERTAD A PESAR DE TODO.

    Desde hace un tiempo existe en la televisión concretamente, en La 2 un programa de debates que aborda temas de candente actualidad y llamativo interés. En este artículo voy a  centrar la atención en un debate que tuvo como cuestión a discutir la fama, tal y como hoy es entendida; fue, todo hay que reconocerlo, una de las pocas ocasiones en las que el medio televisivo se torna reflexivo y crítico consigo mismo y con los demás medios. A grandes rasgos, el punto principal del coloquio giró en torno a los famosillos de medio pelo, esos personajillos que, sin destacar a ningún nivel ni profesional, ni artístico, ni humano siquiera pueblan o copan de forma insidiosa la mayor parte de los contenidos en televisión y prensa. Se afirmó, o se reconoció, por algún contertulio, que antes, hace unas décadas, la gente se formaba un nombre en la sociedad por sobresalir en algo (música, cine, literatura...), mientras que ahora, para ser famoso, tan sólo basta alimentar la frivolidad o el morbo del respetable; en otras palabras, que ahora perfectamente se puede sostener aquello de que «la fama es fácil conseguirla; lo difícil es merecerla».

     Sin embargo, no es mi intención dilucidar si esta última aseveración es solo aplicable a nuestro tiempo algo dudoso, por supuesto, sino, más bien, apuntar qué origina este tipo de fama, esta clase de famoso-casposo, para entendernos mejor. Y, sin pretender ser dogmático, estimo que la respuesta se encamina hacia lo que ahora se conoce como cultura basura, una cultura muy ligada al consumismo y al neoliberalismo imperantes en la actualidad. De sobra es conocida la cantidad de veces que aparece esta palabra en diversos aspectos de lo que, podríamos denominar, es nuestra realidad cotidiana: contratos basura, comida basura, telebasura, etc; en consecuencia, todas estas manifestaciones, relativas a costumbres, leyes y hábitos, conforman, a mi juicio, una cultura. Y una cultura no es algo que hagan unos cuantos señores con mucho poder e influencia desde sus despachos, sino que es algo mucho más complejo, algo que, desde luego, requiere la participación de los demás miembros (o de un buen número de ellos) de una sociedad. Así, y teniendo en cuenta únicamente la vertiente mediático-social, estos señores pueden, y están en su derecho, idear ciertos programas y ciertos contenidos, que luego calificamos de basura por su vulgaridad y pobreza, pero esto no basta para que estos programas, y los famosetes que los protagonizan, se consagren automáticamente; es necesario, cómo no, la aceptación del público, que es quién verdaderamente los aupa al estrellato, los convierte en parte de su vida, una parte, las más de las veces, muy importante. Sociedad y cultura van unidas, aunque no sean exactamente lo mismo. Ahí tenemos los datos, en millones de espectadores, de programas tan deleznables como Gran Hermano o la Selva de los Famosos, o las cifras, en millones de ejemplares, de las revistas del corazón que se venden semanalmente. En este sentido, tiene toda la razón del mundo el filósofo Gustavo Bueno que, por cierto, participó en el programa de La 2, cuando dice que «cada sociedad tiene los famosos que se merece»; es decir, cada sociedad comparte una cultura, y producto de esa cultura en este caso, cultura basura es el tipo de famoso al que se quiere seguir y emular. En nuestro afán de consumir, invadidos por la publicidad, consumimos de todo, y las vidas de los demás no van a ser una excepción que nos detenga. Por eso, guiados por este consumismo y por una alarmante falta de valores, no tenemos ningún reparo en compartir y consagrar esta cultura, peyorativamente llamada cultura basura, y todas sus consecuencias.

     No obstante, una cultura no es algo que permanezca inalterable por el resto de los tiempos. Aunque para muchas personas la cultura es algo parecido a lo inevitable, a lo que es así porque así es, lo cierto es que nada ha cambiado, ha variado, tanto en este mundo como la sociedad y la cultura. No hay más que ver el profundo cambio que ha dado nuestro país en los últimos veinticinco años para darse cuenta de lo que estoy hablando. Como bien dice otro filósofo español, «lo “natural” entre los humanos es producir cultura»; el hombre, en contacto libre con otros hombres, genera cultura. Por eso hay que admitir que somos responsables del tipo de cultura que predomina en nuestra sociedad; es decir, no es algo que nos venga impuesto desde arriba, por narices, sino que, como ya dije antes, requiere nuestra aceptación, nuestro consentimiento (a nadie se le obliga por ley a ver la tele o a comprar una revista), de modo que yo no considero inevitable que millones de personas vean cierto programilla. En efecto, en el uso de nuestra libertad de elegir, nosotros decidimos si vemos o no un programa en cuestión (y ahí están la gran cantidad de programas y series que no duran más de una semana porque la gente, sencillamente, no los ve), con lo que la famosa excusa «es que no hay otra cosa en la tele» no tiene validez alguna. Así, en vez de quejarse amargamente sobre nuestra televisión y nuestra prensa (echándole la culpa a las cadenas o a quien sea), lo que debemos hacer, si queremos desterrar la basura, es reclamar, con el uso de nuestra libertad, otro tipo de televisión, otro tipo de contenidos; esto es, otro tipo de cultura. Tenemos otras muchas opciones para dedicar nuestro tiempo; en caso contrario, parecería que, tras siglos de civilización, la única alternativa del hombre actual es telebasura o telebasura. Esto es una simpleza intolerable. Yo, personalmente, no creo que nuestra libertad esté en tan paupérrimo estado.

Nace un nuevo blog...

En Una noche en la ópera (A night at the opera), sexta película de los Hermanos Marx, primera en la Metro, podemos disfrutar de una de las escenas legendarias en la historia del cine: la escena del camarote. El caradura de Otis B. Driftwood (Groucho Marx) queda en su camarote con la señora Claypool (Margaret Dumont), para renegociar (una vez más) los términos de su contrato, sin saber que la soledad del "amor" (a la señora Claypool, a la vida cómoda...) va a ser imposible. Al final el camarote, poco más que una jaula de pájaro, se llena de los más variopintos personajes, hasta que finalmente llega la señora Claypool y se produce una especie de avalancha humana. En toda situación apretujada no falta quien diga "esto parece el camarote de los hermanos Marx".
Pues bien, este blog, recuperando un poco la capacidad de almacenamiento del camarote de los hermanos Marx, va a contener en su interior artículos de lo más variado: sobre ética, religión, literatura, cine, temas educativos, filosofía política... Todo un tótum revolútum (o eso se pretende).
A continuación, homenaje al camarote: la escena. "Y dos huevos duros".